Doce citas para no enamorarnos en Navidad
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La fiesta de jerséis
El jersey tiene tres renos, una bola de nieve que, en teoría, hace ruido si le aprietas el botón de la manga —no lo hace, lo comprobé cuatro veces—, y una frase bordada en hilo dorado que dice “FELIZ NAVIDAD A TODOS MENOS AL GRINCH”.
Me lo pongo por encima de la cabeza delante del espejo del recibidor.
Tras cepillarme el cabello rubio y aplicar maquillaje para iluminar mi pálido rostro, me veo ridícula.
Luego, me veo feliz. Las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo, esa es una de las primeras cosas que aprendí sobre la Navidad, que puedes estar ridícula y feliz.
Es la combinación que mejor le sienta a esta época del año.
Mi teléfono vibra sobre la cómoda. He recibido un mensaje de mi amiga Helen: ¿Dónde estás? La gente ya está llegando y necesito que alguien me ayude a fingir que sé dónde he puesto el ponche.
Escribo: Voy en diez minutos, y sí sabes dónde está el ponche. ¡Lo hiciste tú!
Me responde: Eso no significa que sepa dónde lo puse después. Tras beber… se me olvida.
Sonrío al teléfono como una idiota, cojo el abrigo verde botella, el único que combina medianamente con un jersey que tiene luces de verdad cosidas en el cuello, y salgo al rellano.
Hace ese frío seco de de diciembre que te entra por la nariz y te sale por los ojos.
Cuando era pequeña, mi madre decía que el frío de este mes olía distinto al de febrero.
Yo nunca supe explicar la diferencia hasta que fui mayor y entendí que no era el aire lo que cambiaba, era yo.
En diciembre yo cambio. Me vuelvo blanda, sentimental y dispuesta a creer en cualquier cosa que lleve luces parpadeando.
Helen vive a siete manzanas en un piso que hereda cada año la responsabilidad de ser el escenario de la fiesta de los jerséis feos, una tradición que empezamos hace cuatro navidades como broma y que ahora tiene lista de espera.
Mientras camino, voy calculando quién estará esta noche: los de siempre, los amigos de los amigos; algún ex incómodo que Helen siempre jura que no ha invitado y que siempre aparece de todos modos; y, probablemente Nico, el compañero de piso de Helen, que cada año trae a alguien nuevo con la excusa de “hacer más grande el grupo” y que, en realidad, solo quiere presumir de su amplia variedad de contactos.
No pienso en el amor mientras camino. Bueno, miento.
Pienso en el amor todo el rato, es una especie de ruido de fondo permanente en mi cabeza, como esas canciones navideñas que suenan en los centros comerciales desde noviembre y que ya no sabes si odias o si en realidad las echarías de menos si dejaran de sonar.
Mis amigas dicen que soy una romántica empedernida.
Lo dicen con cariño, aunque a veces detecto un toque de “pobrecita” en el tono, como si crecer significara necesariamente dejar de creer en las cosas bonitas.
Yo no estoy de acuerdo. Creo que crecer significa aprender a creer en las cosas bonitas a pesar de saber cómo funciona el mundo, no gracias a ignorarlo.
Y si eso me convierte en una ingenua que se emociona con anuncios de perfume en Navidad, que suele decorar la casa el primero de diciembre y que llora, todos los años, sin excepción, con la escena del aeropuerto de Love Actually , pues muy bien. Lo asumo con orgullo.
El portal de Helen huele a canela y a demasiada gente en un espacio pequeño.
Subo los tres pisos porque el ascensor de este edificio es una leyenda urbana más que un electrodoméstico, y cuando llego arriba, la puerta ya está entreabierta y de dentro sale una mezcla de villancicos remezclados con ritmo de baile, risas y el tintineo específico de vasos de plástico chocando entre sí.
—¡Ha llegado! —grita alguien en cuanto cruzo el umbral. De repente, hay como doce personas mirándome con jerséis igual de absurdos que el mío.
La casa de Helen está irreconocible. Ha colgado guirnaldas en cada marco de puerta, ha metido tantas luces en el salón que el termostato probablemente está sufriendo una crisis existencial, y en una esquina hay un árbol de plástico decorado con un criterio tan caótico que roza el arte contemporáneo: bolas rojas, un adorno de un dinosaurio con gorro de Papá Noel, y lo que juraría que es una patata frita real, laminada, colgando de una rama.
—Es simbólica —me explica Helen cuando le pregunto, apareciendo de la nada con dos vasos de ponche humeante y el jersey más horrible que he visto en mi vida: parece que tiene un Papá Noel vomitando confeti—. Representa la comida basura que vamos a comer durante las próximas dos semanas.
—Muy profundo.
—Lo sé. Debería dar charlas TED.
Brindamos con los vasos de plástico. El ponche está demasiado dulce, pero es perfecto porque el ponche de Helen siempre sabe así y sería raro que un año supiera bien. Algunas tradiciones se sostienen precisamente porque nunca mejoran.
—¿Alguna novedad? —le pregunto, aunque en realidad es una pregunta retórica porque hablamos todos los días.
—Nico ha traído gente nueva. Otra vez.
—¿Cuánta gente nueva?
—No sé, un par de amigos del trabajo. Uno de ellos ya lleva media hora contándole a mi tía Rosario por qué el impuesto de sociedades es un timo, así que empiezo a preocuparme por la salud mental de mi tía.
En ese instante, suena el timbre y Helen me agarra del brazo con esa urgencia particular que solo puede significar cotilleo inminente.
—Vale, no mires ahora —dice ella—, pero mira dentro de tres segundos, disimuladamente, hacia la puerta.
—Es imposible de hacer con disimulo si me lo explicas así.
—Diana.
—Vale, vale.
Cuento hasta tres en mi cabeza y giro la vista, con toda la sutileza de un faro. En la puerta, quitándose una bufanda que cuesta más que mi jersey, está Nico, hablando animadamente, y detrás de él, un chico que no reconozco.
No es que sea guapo de una manera que te deje sin aliento en plan anuncio de colonia.
Es guapo de una manera más real: alto, pelo oscuro un poco revuelto por el gorro que se acaba de quitar, una sonrisa medio torcida que le marca hoyuelos y parece que está a punto de decir algo gracioso o algo cruel y todavía no ha decidido cuál, y —esto es lo que de verdad me llama la atención—, el peor jersey navideño que he visto en mi vida, ¡y eso que llevo cuatro años organizando un concurso informal de peores jerséis navideños!
Es gris, básico, sin ningún adorno festivo, con una única frase estampada al frente en letras negras: “BAH, PAPARRUCHAS”. Podría ganar el premio al peor jersey.
—Ese es Asher —me cuenta Helen—. Trabaja con Nico. Por lo visto, acaba de mudarse a la ciudad hace un par de meses y Nico lo ha estado arrastrando a todos los planes sociales posibles porque, cito textualmente, “el pobre necesita amigos que no hablen de hojas de cálculo”.
—¿El jersey es una declaración de principios o es que no tenía nada mejor?
—Ni idea, pregúntaselo tú. Yo tengo que ir a rescatar a mi tía.
Helen desaparece entre la gente con la agilidad de quien lleva toda la vida organizando fiestas en un piso pequeño, y me quedo ahí, con mi vaso de ponche demasiado dulce, mirando de reojo a Asher mientras él se ríe de algo que dice Nico.
La fiesta sigue su curso a mi alrededor.
Bailo un rato con un grupo de amigas cantando mal una canción de Mariah Carey que todo el mundo sabe que va a sonar en algún momento de la noche porque es ley no escrita, no podía faltar All I Want for Christmas Is You .
Si faltara, no sería una fiesta navideña.
Ayudo a Helen a rescatar a su tía de una conversación sobre fiscalidad, me como tres galletas de jengibre seguidas fingiendo que solo voy a comer una, y en algún momento, sin que yo lo busque exactamente, termino sola junto a la mesa de las bebidas, sirviéndome más ponche que probablemente no necesito, cuando una voz a mi lado dice:
—¿Tú también has venido a comprobar si esto lleva alcohol de verdad o es puro azúcar disfrazado?
Me giro. Es Asher. De cerca, el jersey gris es todavía peor —o mejor, dependiendo de cómo se mire—, y tiene los ojos de un color que no consigo decidir si es marrón oscuro o directamente negro, según cómo le da la luz de las guirnaldas.
—Lleva alcohol —le digo—. Lo sé porque lo he probado cuatro veces solo para asegurarme.
—Impresionante nivel de compromiso científico.
—Soy muy rigurosa con mis investigaciones sobre el ponche.
Asher se sirve un vaso y da un sorbo. Hace una mueca sutil, del tipo que intenta disimular, pero que yo pillo perfectamente, y dice:
—Sabe a naranja que se ha arrepentido de existir.
Me río, más fuerte de lo que pretendía, y algo en su expresión cambia, como si mi risa le hubiera sorprendido gratamente y su broma funcionara tan bien.
—Diana —le digo, tendiéndole la mano.
—Asher —dice, estrechándomela. Tiene la mano fría—. Y antes de que lo preguntes, sí, sé que mi jersey rompe todas las normas de esta fiesta tan peculiar.
—No rompe las normas, es una interpretación radical de las normas. Aquí amamos la Navidad, esa frase supone lo contrario.
—Por lo menos el jersey es una referencia navideña, no está tan fuera de lugar.
—Lo sé, leí Cuento de Navidad de Charles Dickens. Conozco que la frase procede del personaje Ebenezer Scrooge.
Asher sonríe porque he captado la referencia y me aplaude.
—¿Y tú qué? —me pregunta, señalando con la barbilla mi jersey—. Renos con bola de nieve sonora. Aunque, por el silencio, deduzco que la bola de nieve no suena.
—No suena, lo he intentado. Es una tragedia personal que llevo con dignidad.
—Un jersey que promete algo que no cumple. Muy propio de esta época del año, si lo piensas.
Arqueo una ceja.
—Eso ha sido innecesariamente cínico para ser diciembre.
—Soy innecesariamente cínico todo el año, diciembre no me hace ninguna excepción especial.
—Eso suena a reto.
—No era un reto.
—Ya, pero ahora lo es, porque lo he decidido yo.
Se queda mirándome con una expresión que no consigo descifrar del todo —diversión, quizás, mezclada con algo parecido a la curiosidad— y niega con la cabeza, aunque la sonrisa no se le va.