50 Necesitaba despejarme la cabeza
NECESITABA DESPEJARME LA CABEZA
Los ojos azules de Joey chispearon mientras se echaba un paño de cocina al hombro, exactamente como solía hacerlo su abuelo. Su falso acento irlandés también sonó igual que el de Big John cuando preguntó—: ¿Qué va a ser, chaval?
—Solo café, Joe.
El acento desapareció.— Pareces que podrías usar una cerveza, Mike.
—Podría, pero esta noche no puedo.
Éramos los únicos en Dunleavy’s a las ocho y cuarenta y cinco de lo que, en circunstancias normales, habría sido un ajetreado viernes por la noche.
El partido de los Warriors estaba en la pantalla plana, con el sonido quitado.
Un cartel escrito a mano en la puerta indicaba que Dunleavy’s permanecería cerrado unos días.
Me sirvió una taza de Folgers, dio un sorbo a su agua con gas y se apoyó en la barra.— No esperaba verte esta noche. Pensé que estarías en el despacho preparando tu alegato final.
—Necesitaba despejarme la cabeza. He tenido un par de días largos en el juzgado.
—¿Entiendo que eso significa que las cosas no han salido exactamente como planeabas?
—Nunca lo hacen.
—Les vas a deslumbrar con tu alegato final. Rosie siempre dice que eres el maestro de la improvisación.
—Voy a tener que serlo.— Miré alrededor, hacia el bar vacío.— ¿Cuándo vas a reabrir?
—No lo sé.— Frunció el gesto.— A partir del lunes, solo haré para llevar.
—¿Crees que podrás sacar esto adelante?
—Claro que sí. Los de siempre son muy fieles.— Guiñó un ojo.— Si estás harto de ser defensor público, puedes venirte a ayudarme con el fish and chips.
—Será más divertido que llevar un juicio por asesinato.
—Contratado.
Sonreí.— La Alcaldía nos ha dicho que el cierre no durará más de unas pocas semanas.
—Ya veremos.
—Han dicho en las noticias que quizá pongan en marcha un programa de préstamos a pequeñas empresas para ayudarles a pagar a sus empleados durante el cierre.
—Una idea estupenda.— Su tono se llenó de sarcasmo.— Si no me equivoco, la mayor parte del dinero irá a las grandes empresas y a los ricachones. Además, no acepto limosnas.
—No será una limosna.
—Sí que lo es.— Señaló la foto de Big John encima de la barra.— ¿Llegaste a conocer a su padre?
—De crío. Llevaba una tiendecita en la Mission. Era buen tipo.
—Big John me contó que el bisabuelo Johnny se negó a cobrar la ayuda durante la Depresión, aunque tenía derecho y le habría venido bien. Cuestión de orgullo: la familia Dunleavy no vivía de las ayudas.— Me miró.— Yo siento lo mismo.
Me pregunté qué habría hecho yo si Rosie y yo siguiéramos llevando un bufete de dos personas en un antiguo estudio de artes marciales encima de un restaurante chino en la calle Mission.— Bien por ti, Joe.
La puerta trasera se abrió de golpe y Pete entró. Llevaba una pila de cajas vacías para comida para llevar que acarreó hasta la cocina.— He conseguido doce docenas —le dijo a Joey—. En Costco se habían agotado, así que he tirado de favores. Con esto debería bastarte para empezar.
—Gracias, Pete.
Mi hermano se quitó la cazadora de aviador y se deslizó en el taburete junto al mío. Sin decir palabra, Joey le sirvió una taza de café solo.
Pete nos dio a cada uno una bolsita con cremallera que contenía una docena de mascarillas quirúrgicas.— Os pueden hacer falta —dijo—. Eran las últimas que quedaban en CVS.
Asentí.— Gracias, Pete. Pensaba que Donna no te dejaba salir de casa.
—Ni siquiera puedo entrar en casa salvo para ducharme. Donna quiere que me quede en el garaje hasta que me hagan la prueba.
—¿Cómo te has escapado?
—Me ofrecí a ir a Costco a por suministros.— Puso los ojos en blanco.— No te creerías lo que está pasando. La gente acapara rollos de papel de cocina. Como si eso fuera a curar el virus.
—La gente está loca.
—Desde luego.— Se puso serio.— He oído que has tenido un par de días duros en el juzgado.
—Ha sido una semana complicada.— Le dije que los alegatos finales empezarían el lunes.
—¿El jurado no se traga tu historia de echarle la culpa a uno de los muertos?
—Es una apuesta arriesgada. Creo que les he convencido de que Marcus Strong era un tipo peligroso y Joe Davis, un camello.
He insinuado que Brian Holton pudo colarle a Annie las pastillas adulteradas.
Si soy justo, no le he dado al jurado ninguna prueba contundente de que ninguno de ellos tuviera una conexión directa con su muerte.
—Las pruebas son las pruebas, Mick.— Le tembló el bigote mientras miraba el partido de baloncesto.— Déjame hacer unas preguntas. Te debo una por no saber que Holton era un poli encubierto.
—No me debes nada.
—Tú no lo verás así, pero yo sí.
—¿Conoces a alguien que esté trabajando en el Tenderloin?
—Puede.
—¿Y qué hay de Nick ‘The Dick’ y su familia?
—Esta vez no. Sus hijos y sus nietos no le dejan salir de casa, y todo el mundo en la agencia se mantiene alejado del TL.— Terminó el café.— ¿Puedes ganar unos días si doy con algo?
—Probablemente.
—¿Tus peritos de huellas y ADN nos pueden dar resultados rápidos?
—Claro.
Pete se puso la cazadora de aviador.— Te llamaré.