39 —Las huellas dactilares del acusado estaban en el frasco—
—LAS HUELLAS DACTILARES DEL ACUSADO ESTABAN EN EL FRASCO—
La siguiente testigo de Erickson se sentó en el estrado, porte profesional, expresión impasible. —Me llamo teniente Kathleen Jacobsen. He sido técnica de evidencias del Departamento de Policía de San Francisco durante treinta y seis años—.
Erickson se dirigió a ella desde el atril. —Me alegra verla de nuevo, teniente—.
—Gracias, señor Erickson. A mí también me alegra verle—.
De inmediato acepté su condición de experta.
Jacobsen era una profesional sin rodeos de unos sesenta y tantos, la experta en evidencias más respetada del SFPD.
Llevaba la placa en el bolsillo del pecho de la chaqueta de su traje pantalón gris.
El maquillaje, discreto; el pelo, entrecano, cortado en capas de fácil mantenimiento.
Hija de un ingeniero de IBM, se había criado en Atherton y pasaba los veranos en la piscina del Burlingame Country Club.
Rechazó una beca de tenis de Stanford para jugar waterpolo y estudiar justicia penal en la USC, donde se graduó summa cum laude.
Obtuvo un máster en Cal en ciencia forense y luego ingresó en el SFPD.
Fue de las primeras lesbianas en ascender en el cuerpo y tenía una reputación impecable en materia de pruebas forenses, con especialidad en huellas dactilares y patrones de salpicaduras de sangre.
Su esposa, Jill, era una bombera jubilada de San Francisco.
La voz de Erickson sonó ejecutiva. —El veintiuno de enero del año pasado, ¿la llamaron a la escena de un posible homicidio en la U.N. Plaza?—
—Sí. La fallecida era una joven llamada Annie Parker—. Dijo que había llegado a las 10:47 de la mañana.
—¿Quién más estaba allí?—
Señaló la mesa de la acusación. —El inspector Kenneth Lee había asumido el mando. El primer agente en llegar fue el sargento A. C. Brown. Habían acordonado la escena conforme al protocolo policial estándar. Nos ofrecieron una sesión informativa a mí y a mi equipo—.
Erickson encendió la pantalla plana y mostró una foto de la tienda de campaña de Annie Parker. Pidió a Jacobsen que describiera la escena.
Ella se acercó al televisor. —Era una escena compleja porque estaba en medio de un asentamiento de personas sin hogar en un lugar público. El cuerpo de la fallecida estaba dentro de esta tienda, de modo que el entorno inmediato era bastante estrecho—.
Erickson presentó una foto del interior de la tienda. —¿Podría describir lo que encontró dentro?—
—Los sanitarios habían sacado el cuerpo de la víctima, así que había un colchón vacío.
Algunas de sus pertenencias estaban por aquí.
Las cosas estaban un poco revueltas porque la policía y los sanitarios habían entrado y le habían administrado primeros auxilios.
Se certificó su fallecimiento en el lugar—.
Erickson señaló un marcador de evidencia amarillo junto al colchón. —¿Podría decirnos qué representa el marcador número siete?—
—Un frasco de pastillas—.
Erickson se acercó al carro de pruebas, cogió el frasco y se lo entregó a Jacobsen. —¿Es este?—
—Sí—. Jacobsen confirmó que tenía una etiqueta del V.A. Hospital con una receta de OxyContin para Lenny. —También contenía seis pastillas adulteradas con una cantidad mortal de fentanilo—.
Intervine con tono uniforme. —Solicito que se suprima. Con el debido respeto, la especialidad de la teniente Jacobsen es la recogida y el análisis de evidencias, no los compuestos químicos—.
La respuesta del juez Powell fue tibia. —El jurado hará caso omiso de la afirmación de la teniente Jacobsen de que las pastillas contenían una dosis letal de fentanilo—.
Ya, claro. En realidad, daba igual. La doctora Siu ya había declarado que las pastillas estaban adulteradas y que la dosis era mortal.
Erickson señaló el frasco. —¿Encontró alguna huella dactilar en este frasco?—
—Sí—.
Erickson la condujo por un interrogatorio directo ensayado en el que comparó fotos ampliadas de las huellas del frasco con las huellas tomadas cuando ficharon a Lenny. Un momento después, Erickson le lanzó la pregunta de rigor. —¿A qué conclusión llegó?—
—Las huellas dactilares del acusado estaban en el frasco—.
Asintió hacia los jurados. —No hay más preguntas—.
—¿Contrainterrogatorio, señor Daley?—
—Sí, señoría—. Me adelanté hasta el frente del estrado. —¿Encontró huellas en el frasco aparte de las de mi cliente?—
—Las de la víctima—.
—¿De alguien más?—
—Había una huella parcial que no pudimos identificar y una huella emborronada demasiado distorsionada para permitirnos hallar una coincidencia—.
—No pudieron cotejar la parcial con Lenny Garcia, ¿verdad?—
—No—.
—Entonces, alguien más debió de manipular este frasco, ¿no?—
—Es posible—.
—Y es posible que la huella parcial y la emborronada las hicieran personas distintas, lo que significa que dos personas, además de mi cliente, pudieron haber manipulado este frasco—.
—Es posible—.
—Y es posible que la persona o personas cuyas huellas no pudo identificar le dieran a Annie Parker las pastillas adulteradas, ¿cierto?—
—Objeción. Invita a la conjetura—.
—Denegada—.
No pensaba que el juez Powell me fuera a conceder esa.
Inspiró hondo. —Es posible, señor Daley—.
A veces es mejor parar cuando vas ganando. —No hay más preguntas—.
El hombre enjuto, de tez pálida, entradas marcadas, gafas sin montura y gesto adusto, se inclinó hacia delante en el estrado.
—Me llamo George Romero. Soy técnico de laboratorio supervisor en la División de Servicios Forenses del Laboratorio de Criminalística del SFPD.
Ocupo ese puesto desde hace dieciocho años—.
Erickson estaba de pie frente al estrado. —¿A qué se dedicaba antes de eso?—
—Fui técnico de laboratorio adjunto durante doce años—.
—¿Cuál es su área de especialización?—
—Pruebas de ADN—.
Romero era un hombrecillo gris pero competente que llevaba tres décadas trabajando en un búnker sin ventanas en el sótano del Hall of Justice.
Natural de Bernal Heights, tenía una licenciatura en química por la San Francisco State University, un modo de trabajar meticuloso y una mente inquisitiva.
No era carismático ni especialmente ameno, pero tenía facilidad para explicar conceptos científicos complejos en píldoras fáciles de entender.
Era el hombre de confianza del fiscal para todo lo relacionado con las pruebas de ADN.
Erickson lo condujo por su currículum. Luego alzó el frasco de pastillas como si fuera el Santo Grial. —¿Le resulta familiar este frasco, señor Romero?
—Sí. Se encontró en la escena del asesinato de una joven llamada Annie Parker.
Venga ya. —Solicito que se elimine el término «asesinato» —dije.
El juez Powell puso los ojos en blanco. —El jurado hará caso omiso.
Erickson fingió no haber oído el intercambio. —Señor Romero, ¿analizó este frasco en busca de ADN?
—Sí.
Erickson guió a Romero por una explicación concisa de la naturaleza y el alcance de las pruebas que había realizado.
La presentación, bien ensayada, de Romero incluía la jerga técnica justa para aportar gravedad, pero era lo bastante accesible como para mantener el interés de los jurados.
Lo más importante: fue misericordiosamente breve.
Erickson le preguntó a Romero si había obtenido una muestra de ADN de Annie Parker.
—Sí. Teníamos muestras de su pelo, uñas y piel de su autopsia.
—¿Encontró ADN de la señorita Parker en este frasco?
Romero esperó un instante en un torpe intento de crear suspense. —Sí.
No me pilló por sorpresa.
Erickson asintió triunfal. —La policía también obtuvo una muestra del ADN del acusado, ¿verdad?
—Sí. Encontraron un peine en su tienda con un cabello suyo.
Erickson fingió sorpresa. —¿Se puede obtener una buena muestra de ADN de un solo pelo?
—Si se sabe lo que se hace.
—¿Tuvo ocasión de analizar el ADN?
—Sí.
Erickson se lo dejó en bandeja. —¿Pudo determinar si el ADN del pelo coincidía con el ADN que encontró en el frasco de pastillas?
—Sí. El ADN del frasco coincidía con el del pelo. Por tanto, concluí que el acusado manipuló el frasco.
—No hay más preguntas.
—¿Contrainterrogatorio, señor Daley?
—Sí, señoría. Caminé hasta la parte delantera del banquillo del jurado y le entregué el frasco de pastillas. —Señor Romero, dentro del frasco había seis pastillas, ¿verdad?
—Exacto. Estaban contaminadas con fentanilo.
—¿Analizó esas pastillas en busca de ADN?
—Protesto —dijo Erickson—. El señor Daley está planteando una cuestión que no se abordó en el interrogatorio directo.
Era una objeción legítima. Técnicamente, no se me permitía interrogar a Romero sobre asuntos que no se hubieran tratado en el directo. Podía, sin embargo, plantearlos si llamaba a Romero durante el caso de la defensa.
Allá vamos. —Señoría, el señor Erickson pidió al señor Romero que tratara cuestiones relativas a las pruebas de ADN realizadas sobre evidencias recogidas en la escena de la muerte de la señorita Parker.
Ha abierto la puerta. Debería permitírseme explorar el alcance y la amplitud de la investigación del señor Romero.
Erickson contraatacó. —El señor Daley puede abordar estas cuestiones durante el caso de la defensa.
El juez optó por la vía práctica. —Voy a desestimar la objeción y darle un poco de margen, señor Daley. Si empieza a apartarse demasiado de los asuntos que nos ocupan, dictaminaré que deberá tratar esas cuestiones durante su turno.
De acuerdo. —Gracias, señoría. Me giré hacia Romero. —¿Encontró algún ADN en las pastillas?
—No.
—¿Pudo determinar en qué momento el ADN de mi cliente llegó a este frasco de pastillas?
—No.
—¿Encontró en este frasco algún ADN que no fuera el de la señorita Parker o el del señor Garcia?
Los finos labios de Romero se torcieron hacia abajo. —Trazas.
—Que no coincidían ni con la señorita Parker ni con el señor Garcia, ¿verdad?
—Era una muestra muy pequeña.
—Lo que significa que la respuesta a mi pregunta es que esas trazas no coincidían, ¿cierto?
—Técnicamente es cierto.
Con eso me basta. —Analizó otros objetos de la tienda de la señorita Parker en busca de ADN, ¿no es así?
—Sí.
—Y no encontró ADN de mi cliente en ningún otro objeto, ¿verdad?
—No.
—También analizó la ropa de la señorita Parker, ¿no?
—Sí.
—Encontró semen seco en sus bragas, ¿verdad?
—Protesto —dijo Erickson—. El señor Daley vuelve a preguntar por asuntos que no se abordaron en el directo.
Levanté una mano. —Iré al grano de inmediato, señoría, y prometo que esta será mi última línea de preguntas por ahora. Bueno, quizá.
—Se desestima.
Romero frunció el ceño. —Es cierto que encontramos restos de semen en las bragas de la señorita Parker.
—¿Realizó pruebas de ADN sobre esas bragas?
—Sí.
—Y el ADN del semen no coincidía con el de mi cliente, ¿verdad?
—No.
Bien. —¿Comprobó ese ADN en las bases de datos de ADN locales, estatales y federales, incluida la base de datos penal nacional conocida como «CODIS»?
—Sí. No encontramos coincidencias.
—Entonces, ¿encontraron en las bragas de la señorita Parker ADN de una persona desconocida?
—Sí.
—Y mantuvo relaciones sexuales con esa persona, ¿no es así?
—Eso parece.
—¿Consideró la posibilidad de que esa persona desconocida le diera a la señorita Parker pastillas adulteradas?
—Protesto. Invita a la especulación.
Desde luego.
—Se admite.
Ya había dejado clara la idea. —No hay más preguntas, señoría.
—¿Reexamen, señor Erickson?
—No, señoría. La acusación llama al inspector Kenneth Lee.