Doble incriminación (Los casos de Mike Daley y Rosie Fernández 14) 34 Los hechos no están en disputa
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34 Los hechos no están en disputa

LOS HECHOS NO ESTÁN EN DISPUTA

A las nueve y diez de un lluvioso lunes por la mañana, subí a pulso por la escalinata del Hall con el portátil, el maletín y las pruebas, pasando junto al puñado de reporteros de Bryant Street que entraban en calor a base de gritar preguntas.

—¿Señor Daley? ¿Tiene su cliente pensado aceptar un acuerdo?

—¿Señor Daley? ¿Le dio su cliente a la víctima las pastillas que la mataron?

—¿Señor Daley? ¿Es cierto que su cliente ha contraído el coronavirus?

Me detuve, me di la vuelta, encaré las cámaras, me quité la mascarilla y recité la cantinela que todo abogado defensor suelta antes de cada juicio. —Me complace tener la oportunidad de defender a mi cliente en los tribunales. Estoy convencido de que será exonerado.

Vi a la alcaldesa Nicole Ward subiendo los escalones acompañada por Andy Erickson, Kyle Adams y el séquito habitual de asesores, satélites y aduladores.

Su Señoría y yo habíamos estado en bandos contrarios en varios casos durante su etapa como fiscal del distrito.

La fotogénica fanática del orden y la ley y aspirante a estrella de las tertulias televisivas era una abogada mediocre, pero una política de primera.

Incluso en el liberal San Francisco, era la gran favorita para ganar un segundo mandato.

Se quitó la mascarilla, localizó la cámara más cercana, esbozó una sonrisa de mil vatios de política profesional y habló para la ristra de micrófonos.

—Estamos aquí para apoyar a Andrew Erickson, de nuestra Fiscalía, que está a punto de iniciar la acusación contra Leonard Garcia, quien mató a una joven llamada Annie Parker dándole pastillas adulteradas con fentanilo.

La distribución descontrolada de drogas ilegales es una tragedia para nuestra ciudad y tiene que acabar—especialmente en el Tenderloin.

Felicitamos al señor Erickson por presentar un cargo de asesinato.

Creemos que esto envía un mensaje importante a los traficantes de nuestra comunidad de que serán castigados.

Se jactó de su supuesto éxito como fiscal y como alcaldesa a la hora de librar las calles de San Francisco de drogas.

En realidad, las cosas habían empeorado tanto bajo su mandato que había declarado el estado de emergencia en el TL.

Para los que habíamos vivido aquí toda la vida y visto cómo partes de nuestra ciudad eran desbordadas por el tráfico de drogas y la indigencia, sus palabras sonaban a hueco.

Ward seguía hablando. —Me gustaría pedir al señor Erickson que dijera unas palabras.

Erickson sabía que lo estaba usando de figurante. —No haré comentarios por el momento.

Ward señaló a Adams. —También me gustaría pedir a nuestro dedicado responsable de asistencia a personas sin hogar, Kyle Adams, que haga un comentario.

Adams fingió reparos mientras se plantaba ante los micrófonos. —Annie Parker murió trágicamente de una sobredosis de fentanilo. Intentaremos aliviar el dolor de su familia y amigos llevando a su asesino ante la justicia.

Mientras Adams y Ward se pavoneaban ante las cámaras, me deslicé al interior del Hall.

Dos alguaciles escoltaron a Lenny a la sala, donde se sentó en el banco de la defensa a mi lado. Recién afeitado y con el traje antracita y la corbata de rayas que yo le había elegido, estaba nervioso.

Le susurré: —Mantente tranquilo y mira a los ojos al juez y a los miembros del jurado.

—Vale.

Me volví y señalé a su hermana, que estaba sentada en la última fila de la galería, casi vacía. Ella se bajó la mascarilla y dijo: —Suerte, Lenny.

Él articuló: —Gracias por venir.

Erickson estaba sentado en la mesa de la acusación junto con el inspector Lee.

Como inspector jefe de homicidios, Lee era el único testigo autorizado a estar en la sala antes de declarar.

En un gesto de apoyo institucional, DeSean Harper se sentó detrás de ellos en la galería.

Jerry Edwards estaba dos filas por detrás de Harper, garabateando en su cuaderno.

Una reportera del Canal Dos era la única representante adicional de los medios.

El habitual batiburrillo de adictos a las salas, jubilados, estudiantes de Derecho y personas sin hogar había sido relegado a otra sala al fondo del pasillo, donde los procedimientos se emitían por circuito cerrado.

En su descargo, el juez Powell nunca permitía que se televisaran sus juicios.

Sentí una descarga de adrenalina cuando el alguacil entonó la fórmula de apertura. —Todos en pie.

Vamos allá.

Un ventilador de pie removía el aire denso. Aunque no me gustaba llevar mascarilla, tenía una ventaja inesperada: no olía el moho que impregnaba la sala.

El juez Powell salió de su despacho, pasó revista a su dominio y se dejó caer con pesadez en su alto sillón de cuero. Encendió el ordenador, se puso las gafas de lectura, echó un vistazo a su lista de asuntos y se quitó las gafas. —Pueden sentarse.

Hoy en día, la mayoría de los jueces ni siquiera usan el mazo.

Activó el micrófono y se dirigió al alguacil con voz autoritaria. —Consta en acta. Proceda a llamar el asunto.

—El Pueblo contra Leonard Garcia.

—Que los letrados hagan constar sus nombres en acta.

—Andrew Erickson en representación del Pueblo.

—Michael Daley por la defensa.

—Dada la actual emergencia sanitaria, debo pedir a todos en mi sala que lleven una mascarilla salvo que estén hablando.

También les ruego que mantengan una distancia adecuada cuando sea posible.

Además, ubicaremos a los posibles jurados y, más tarde, a los jurados seleccionados en la galería, con separación para reducir el riesgo de exposición.

¿Alguien tiene alguna pregunta sobre estas normas?

Silencio.

—Vamos a seleccionar al jurado.

Bajo la hábil y constante supervisión del juez Powell, seleccionamos a doce miembros del jurado y cuatro suplentes para el final de la jornada del martes.

A las diez de la mañana del miércoles, quienes no se habían sacado de la manga una historia lacrimógena convincente ocupaban un asiento sí y otro no en la galería, fingiendo indiferencia, con los ojos delatando nerviosismo.

Jerry Edwards y un dibujante judicial eran los únicos no miembros del jurado en la galería.

Perlita había visto los primeros veinte minutos de la selección del jurado y no había vuelto.

La mayoría de los abogados de juicio (incluido un servidor) creemos que los casos se ganan y se pierden durante la selección del jurado.

Las cuestiones jurídicas de nuestro caso no eran complicadas, así que intenté escoger a personas que fueran propensas a prestar atención y susceptibles de ser persuadidas.

No sabría si había elegido bien hasta que terminara el juicio.

Nuestra composición incluía a ocho mujeres, seis de las cuales eran licenciadas universitarias, y cuatro eran personas de color.

Teníamos cinco madres (dos solteras), tres padres, dos afroamericanos, dos latinas y un filipino.

Tres trabajaban en empresas tecnológicas, dos trabajaban para la Ciudad, una era supervisora en PG&E, uno era abogado en un despacho de defensa de seguros y dos estaban jubilados.

Tenía el presentimiento de que la mujer que trabajaba en PG&E adoptaría un papel de liderazgo.

El juez Powell dio las gracias a los jurados por su servicio y les invitó a avisar al alguacil si tenían alguna preocupación.

Luego leyó las instrucciones de rigor. —No hablen de este caso con nadie ni entre ustedes hasta que comiencen las deliberaciones.

No hagan investigaciones por su cuenta ni en grupo.

Pueden tomar notas, pero no utilicen diccionarios ni otros materiales de consulta, no investiguen los hechos ni el derecho, no realicen experimentos ni visiten el lugar de los acontecimientos que se describirán en este juicio.

No miren nada relativo a este caso en la prensa, en la televisión ni en internet. —

Añadió la advertencia, ya habitual, que no hacía falta cuando empecé como defensor público adjunto hace casi tres décadas. —No publiquen nada en Facebook, Twitter, Instagram, Snapchat, WhatsApp u otras redes sociales. Si tuitean o mandan mensajes sobre este caso, les saldrá caro.—

Un par de jurados de rostro pétreo asintieron.

El juez miró a Erickson. —¿Desea presentar un alegato inicial?—

No estaba obligado a hacerlo, pero nunca había visto a un fiscal rechazar la invitación.

—Sí, señoría.— Se puso en pie, se abrochó la americana gris marengo, se dirigió al atril con paso decidido, colocó el portátil delante, se quitó la mascarilla y habló directamente al jurado.

—Me llamo Andrew Erickson. Soy el fiscal adjunto jefe del Fiscal del Distrito.

Les agradezco su servicio y valoro su tiempo y su atención. —

Lenny se tensó.

Erickson encendió el televisor de pantalla plana y mostró una foto de graduación de instituto de una sonriente Annie Parker.

—Annie Parker era una joven vital que fue una hija maravillosa, una bailarina con talento, una confidente valiosa y una amiga entrañable.

Solo tenía diecinueve años cuando murió por una sobredosis de fentanilo suministrado por el acusado.

— Dejó escapar un suspiro melodramático.

—Es una tragedia indescriptible.— Señaló a Lenny.

—Los hechos no están en disputa. Demostraremos más allá de toda duda razonable que el acusado le dio a Annie unas pastillas adulteradas con fentanilo en enero del año pasado. —

Erickson seguía el manual convencional. Lo primero que enseñan a todo fiscal adjunto es a señalar al acusado.

Lo segundo es referirse siempre a la fallecida por su nombre para humanizarla.

Lo tercero es no mencionar nunca el nombre del acusado para deshumanizarlo.

Esto no lo enseñan en la facultad de Derecho, pero deberían.

Bajó el brazo. —La familia y los amigos de Annie están destrozados. No podemos traerla de vuelta, pero sí podemos llevar a su asesino ante la justicia.—