Doble incriminación (Los casos de Mike Daley y Rosie Fernández 14) 30 Mi hermano es un buen tipo
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30 Mi hermano es un buen tipo

MI HERMANO ES UN BUEN TIPO

—Perlita Garcia.

—Soy Mike Daley.

Una vacilación. —Eh… hola.

—¿La pillo en mal momento?

—Estoy en el trabajo, señor Daley. No puedo hablar mucho rato.

—Sé que está liadísima, así que seré breve. Quería informarle de que el juicio de Lenny empieza el lunes a las diez de la mañana. Le haría mucha ilusión que pudiera pasarse un rato para darle un poco de apoyo moral.

Respiró hondo. —No creo que vaya a ser posible.

—Lo entiendo. Esperé un segundo. —Lenny quería que le dijera que le está muy agradecido por todo lo que ha hecho por él y que usted sigue siendo muy importante para él.

—Gracias. Pausa. —¿Algo más?

—Creo que eso es todo. La dejo volver al trabajo.

—Gracias. Estaba a punto de colgar cuando volvió a hablar. —¿Señor Daley?

—¿Sí?

—¿Cómo está Lenny?

—Se mantiene razonablemente bien dadas las circunstancias. Le preocupa contagiarse del virus —sobre todo teniendo en cuenta su, eh, situación de convivencia.

—¿Está comiendo?

—Creo que sí. Acabo de verle. Parece que ha perdido algo de peso. De fondo oí cómo anunciaban su nombre por la megafonía del hospital. —Parece que tiene que irse.

—Sí. Bajó la voz. —Mi hermano es un buen tipo, señor Daley. Ha pasado por mucho y ha tenido mala suerte. Se le quebró la voz. —Lenny no es un asesino.

El tráfico peatonal era escaso en Turk Street cuando alcancé a un Joe Davis con mascarilla mientras se dirigía a su bloque de apartamentos a las once y cuarenta del sábado por la mañana.

—¿Tienes un segundo? —le pregunté.

Siguió andando. —¿Ahora qué?

Levanté una bolsa con un par de bocadillos de pavo, ensalada de col, galletas con pepitas de chocolate y bebidas. —Te he comprado la comida.

—Ya he comido. ¿Qué quieres?

—He encontrado a Patty Dawson. He venido a darte las gracias.

—De nada. Abrió la puerta de su edificio y me cogió la bolsa. —Gracias por la comida.

Le seguí hasta el vestíbulo. —Necesito tu ayuda.

Se bajó la mascarilla. —La última vez ya te conté todo.

—El juicio de Lenny empieza el lunes. Necesito que declares que Marcus Strong era un tipo peligroso. Y un par de cosas más de las que no quiero hablar ahora.

—No tengo tiempo.

—Hablaré con tu jefe y conseguiré que te den horas libres en el trabajo.

—Es una mala idea.

—Te pagaré por tu tiempo.

Aquello le llamó la atención. —¿Cuánto?

—Cien dólares la hora —incluido el tiempo de desplazamiento y el taxi⁠—.

Se detuvo a sopesar sus opciones. —¿Cuándo me necesitas?

—A finales de esta semana. Probablemente el jueves o el viernes.

—¿Cómo sabré cuándo tengo que ir?

Le tendí un móvil de prepago desechable. —Te llamaré a este teléfono con uno o dos días de antelación. Tiene cien dólares de saldo. Puedes quedártelo.

—¿Cuánto crees que llevará?

—Calcula una hora por trayecto y unos veinte minutos en el juzgado.

—Efectivo por adelantado.

Saqué la cartera y le di cinco billetes de veinte. —Aquí tienes.

Se guardó los billetes en el bolsillo y me dedicó una sonrisa irónica. —¿Qué te hace pensar que de verdad voy a presentarme?

Le devolví la sonrisa. —Confío en ti.