Doble incriminación (Los casos de Mike Daley y Rosie Fernández 14) 24 —Si me ayudas, yo te ayudo⁠—
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24 —Si me ayudas, yo te ayudo⁠—

—SI ME AYUDAS, YO TE AYUDO⁠—

—¿Dónde se está alojando? —pregunté.

Patty Dawson dio un mordisco a un burrito de carne asada y lo bajó con una Coca-Cola Light. —Aquí y allá.

—¿Dentro o fuera? —pregunté.

—Depende de la noche.

—¿Cuándo fue la última vez que durmió bajo techo?

—Hace un par de semanas.

—Mi oficina puede ayudarla a buscar un sitio donde vivir.

Su voz se llenó de escepticismo. —Sí, claro.

Estábamos sentados a una mesa en El Farolito, una taquería estrecha junto a la plaza donde había encontrado a Dawson.

El local no llamaba mucho la atención: una barra de estilo cadena frente a una plancha industrial y un par de frigoríficos.

Media docena de mesas desparejadas ocupaban la pared opuesta a la barra, y había un patio al fondo.

Aunque carecía de ambiente, el super burrito de carne asada era una combinación casi perfecta de bistec, arroz, frijoles, salsa y lonchas de aguacate en lugar de guacamole.

La comida estaba a la altura de clásicos de la Misión como Pancho Villa, La Cumbre, La Taqueria, El Faro y Taqueria San Jose.

Solo en efectivo, y normalmente había cola hasta la hora de cierre, a la una y cuarenta y cinco a. m.

—¿Dónde va a dormir esta noche? —pregunté.

—No lo sé.

—Si le consigo una habitación, ¿la cogerá?

—¿La pagará usted?

—Sí.

—Demuéstrelo.

Saqué el móvil, marqué la línea directa de Terrence y le pedí que reservase una habitación en un hotel donde alojábamos testigos dentro de un programa que Rosie y yo habíamos puesto en marcha. Prometió devolverme la llamada de inmediato.

Miré al otro lado de la mesa. —Tenemos un acuerdo con el Golden Gate Hotel, cerca del Hall of Justice. No es el Ritz, pero es limpio y seguro. La llevaré cuando terminemos de comer.

Asintió, agradecida.

Terminé mi burrito y hice una bola con el papel de aluminio en el puño. —¿Es usted de la Ciudad?

—De Salinas. —Dijo que tenía veintidós años.

Su madre era camarera y tuvo tres hijos con dos hombres distintos cuando aún era adolescente.

— Nunca conocí a mi padre biológico. Mi primer padrastro pegaba a mi madre.

Luego empezó a pegarme a mí. Mi madre entraba y salía de rehabilitación. Me fui de casa a los dieciocho.

—Tengo entendido que su madre contrató a un detective privado para encontrarla.

—Lo hizo. —Bajó la mirada.— Le dije a mi madre que no quería verla hasta que se pusiera en orden.

Qué triste.

Escuché con atención mientras me detallaba una existencia difícil.

Se abrió camino hasta San Francisco con la esperanza de encontrar trabajo y piso.

Enseguida cayó con malas compañías y conoció a Marcus Strong, que la conquistó con atención, dinero y drogas.

No tardó en convertirse en una trabajadora sexual mal pagada viviendo en un SRO del TL.

Respiró hondo. —Marcus me dio metanfetamina. Me enganché.

—¿Le pegaba?

—Sí.

—¿Le pegaba a Annie Parker?

—Sí. También le daba drogas. Era un controlador total que nos usaba para ganar dinero. —Describe cómo Strong manipulaba a jóvenes hasta meterlas en una especie de servidumbre por deudas.

Mantube la voz neutra. —Entiendo que no está usted destrozada porque Strong ya no esté entre nosotros.

—Eso es quedarse corto.

—¿Alguna idea de quién lo apuñaló?

—No. —Añadió—: A mucha gente no le caía bien.

—¿Cómo acabó por aquí, en la Misión?

—Me quedé sin dinero cuando Marcus murió, así que encontré trabajo en los Mitchell Brothers. No me gustó y necesitaba salir del TL. Una conocida me dejó quedarme con ella un par de meses, luego se mudó fuera de la ciudad. Me gasté el dinero en meta y acabé en la calle.

—Y aquí está.

Su voz fue melancólica. —Y aquí estoy.

—¿Cuánto tiempo vivió en el mismo hotel que Annie Parker?

—Fuimos vecinas en el El Camino unos meses.

—¿Le caía bien?

—Estaba bien. No la conocía mucho.

—¿También trabajaba para Strong?

—Sí.

—La policía tiene motivos para creer que mantuvo relaciones la noche en que murió.

—Lo hizo muchas noches.

—¿Trabajaba para Strong por la época en que murió?

—Dijo que Marcus quería que volviera a trabajar para él.

—¿Sabe si alguno de sus clientes le suministraba Oxy?

—No me sorprendería. Siempre andaba buscando calmantes para el hombro. Los conseguía sobre todo de Marcus.

—¿Alguna vez conseguía medicación en la calle?

—En alguna ocasión.

—¿Tiene idea de quién le suministraba las pastillas?

—A veces hacía negocios con un tipo llamado Joe Davis que tenía buenos precios. Le llaman «Go-To» Joe.

—Le conozco. ¿Alguien más?

—Creo que pudo conseguir algo de un tipo llamado Brian Holton.

—He hablado con él también. Me ha dicho que está limpio.

Negó con la cabeza. —No es quien dice ser. Le he visto vender cosas: drogas, alcohol, tabaco, teléfonos, iPads, tarjetas de MUNI.

Interesante. —¿Cabe la posibilidad de que le vendiera a Annie pastillas adulteradas?

—No me sorprendería, pero no tengo forma de demostrarlo.

Ya me lo imaginaba. Bebí un sorbo de mi agua fresca de fresa y me incliné hacia delante. —Necesito que declare en un juicio la semana que viene.

—No.

—Por favor.

—No.

—Me aseguraré de que tenga un lugar donde quedarse hasta el juicio. Organizaré sus comidas y su transporte de ida y vuelta al Hall of Justice. Necesito su ayuda, Patty.

Sopesó sus opciones. —¿Qué quiere que diga?

—Que Strong era un mal tipo que le daba drogas a Annie Parker. —Reconocí el miedo en sus ojos.— No puede hacerle daño.

—Tenía amigos.

—No tienen motivos para hacerle daño. Strong ya no puede hacer nada por ellos. Y necesito que declare que Brian Holton y Joe Davis vendían drogas en U. N. Plaza.

—De ninguna manera. Siguen vivos y son peligrosos.

Cierto. Eché un vistazo al abarrotado restaurante. —¿Declarará sobre Strong?

Respiró hondo. —Quizá.

—Si usted me ayuda, yo la ayudaré.

—Eso ya lo he oído.

—Soy el codirector de la división de delitos graves de la Oficina del Defensor Público. Mi exmujer es la Defensora Pública. Tenemos acceso a personas y programas a los que otros no. Por favor, Patty.

—Necesito pensarlo unos días.

No parecía el mejor momento para amenazarla con una citación judicial. —Por supuesto.

—¿Puedo igualmente quedarme en el hotel esta noche?

—Por supuesto.