Doble incriminación (Los casos de Mike Daley y Rosie Fernández 14) 25 Las circunstancias no son ideales
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25 Las circunstancias no son ideales

LAS CIRCUNSTANCIAS NO SON IDEALES

El Honorable Gordon J. Powell IV se recostó en su sillón de cuero, ajustó el nudo Windsor perfecto de su corbata de cachemira de Haws and Curtis hecha de seda de alta gama, apoyó las manos sobre su escritorio de caoba y habló con una voz que tenía la entonación propia de un Brahmán de Boston, pese a que era nativo de San Francisco de quinta generación. —Señores —dijo.

Erickson y yo respondimos a la vez con tono deferente. —Su Señoría.

El pálido rostro del juez se transformó en una sonrisa querúbica, ensayada. —Me alegra verles.

Andy fue el primero en hacer la pelota. —Igualmente, Su Señoría.

Le dediqué mi mejor sonrisa de pega. —Sí, Su Señoría.

Ya en la setentena, Gordy Powell era heredero de una fortuna de minería y explotación maderera.

Antiguo alumno del exclusivo Drew High School, Harvard y la Facultad de Derecho de Stanford, llegó a dirigir el departamento de competencia en uno de los despachos de élite del centro.

Republicano bien conectado en una ciudad liberal, fue nombrado para la judicatura por Arnold Schwarzenegger, el último gobernador republicano de California.

El juez Powell era inteligente, meticuloso y concienzudo.

Esperaba que los letrados que comparecían ante él vinieran preparados y fueran concisos, y llevaba su sala con la puntualidad de un ferrocarril suizo.

Me tomé un momento para mirar su despacho, amueblado a medida.

Sus estanterías estaban llenas de polvorientos repertorios jurisprudenciales que no abría desde hacía años.

En la pared sobre su mesa colgaban reconocimientos cívicos, fotos del juez con dignatarios de San Francisco y títulos enmarcados de Harvard y Stanford.

En el aparador había una foto ampliada en color del juez junto a su esposa (la presidenta del patronato de la sinfónica), sus tres hijos (dos abogados y un médico) y sus siete nietos.

Me miró. —Señor Daley, tengo entendido que la señora Nikonova ha tenido que ausentarse para atender una urgencia sanitaria familiar.

—Sí, Su Señoría. Su madre ha contraído el coronavirus. Está en el hospital en Los Ángeles.

Se subió las gafas de lectura a lo alto de su redonda calva. —Lamento oírlo. Por favor, haga llegar a la señora Nikonova y a su madre mis mejores deseos de una recuperación total y rápida.

Su preocupación era sincera. —Gracias, Su Señoría.

—¿Ha hablado con su cliente de la posibilidad de un aplazamiento?

—Sí, Su Señoría. Quiere seguir adelante el lunes.

Frunció el ceño. —A pesar de que ya he concedido dos prórrogas, dadas las circunstancias actuales, este tribunal estaría dispuesto a considerar otra más.

—Gracias, Su Señoría. Mi cliente desea continuar.

—Muy bien. —Entornó sus pequeños ojos—. Confío en que un letrado de su acreditada talla y con décadas de experiencia no interpondrá un recurso alegando que no dispuso de tiempo suficiente para preparar el juicio, ¿verdad?

—En absoluto, Su Señoría. Bueno, quizá.

—Bien. —Dirigió la mirada a Erickson—. Confío en que usted también estará listo para empezar el lunes.

—Sí, Su Señoría.

—¿Hay alguna posibilidad de que usted y el señor Daley logren resolver este asunto antes de constituir el jurado?

—A día de hoy no hay ninguna propuesta sobre la mesa.

—¿Quizá puedan reunirse y darle otra vuelta?

—Así lo haremos, Su Señoría.

—Gracias. Quiero recordarles que resolvimos todas las mociones previas al juicio la semana pasada.

Se denegó la solicitud de la defensa de excluir el frasco de pastillas.

El informe del médico forense jefe es admisible y la doctora Siu podrá declarar acerca de sus conclusiones.

Los peritos de la acusación y la defensa sobre envenenamiento por fentanilo y pruebas de ADN podrán declarar.

También podrá hacerlo el perito de la defensa sobre la cardiopatía de la señora Parker.

La orden de silencio para todas las partes sigue en vigor.

Las vistas no se televisarán. —Alzó la vista—. ¿Alguna otra cuestión pendiente?

—No, Su Señoría —dije.

—Bien. —Se volvió hacia Erickson—. ¿Alguna adición a su lista de testigos?

—No, Su Señoría.

—¿Cuánto durará su presentación?

—Confiamos en que la selección del jurado sea rápida. Nuestra presentación llevará solo unos días. Los hechos no están en disputa.

Los hechos siempre están en disputa, pero no voy a ganar nada corrigiéndole en su despacho.

El juez se volvió hacia mí. —¿Alguna adición a su lista de testigos?

—Varias —dije—. La primera es una mujer llamada Patty Dawson, que era amiga y exvecina de la fallecida.

Erickson fingió molestia. —Es demasiado tarde, Su Señoría. Acordamos intercambiar las listas definitivas de testigos la semana pasada.

—Acabamos de localizarla —dije—. Tiene información clave sobre personas que suministraban drogas ilegales a la fallecida.

El juez alzó la mano. —Lo permito, señor Daley, pero voy a conceder al señor Erickson cierto margen si, en efecto, la llama a declarar.

—Entendido. Además, pensamos llamar a dos personas que vivían en las inmediaciones de U.N. Plaza. El primero es Brian Holton, que ha vivido en la plaza varios años. El segundo es Joseph Davis, que posee un conocimiento considerable de las actividades de tráfico de drogas en la zona.

Erickson se puso tenso. —Nos oponemos, Su Señoría.

El juez escuchó mientras Erickson y yo hacíamos el baile de rigor cuando la defensa quiere presentar testigos nuevos a última hora.

Alegué que el valor probatorio de sus testimonios superaría la alegación de Erickson de que no tenía tiempo suficiente para interrogarlos.

El juez Powell falló a mi favor. Dijo que era en aras de la justicia, pero, en realidad, era un intento de mitigar una eventual alegación en apelación de que había excluido testigos importantes.

Hablamos de los cuestionarios que repartiríamos a los potenciales jurados, los detalles del proceso de voir dire, el número de recusaciones que tendría cada parte y cuánto durarían nuestras sesiones diarias de vista.

Erickson confirmó de nuevo que pensaba seguir adelante con el cargo de asesinato en primer grado.

No tenía intención de añadir una «circunstancia especial», que activaría la posibilidad de la pena de muerte.

—¿Algo más? —preguntó el juez.

—Su Señoría —dije—, ¿ha reflexionado algo más sobre si instruirá al jurado acerca del delito menor de homicidio?

—No lo he decidido, señor Daley.

En un caso de asesinato en primer grado, el juez está obligado a instruir al jurado de que puede declarar culpable al acusado del cargo inferior de segundo grado.

El juez también tiene la opción, pero no la obligación, de instruir al jurado de que puede declarar culpable al acusado de homicidio voluntario o involuntario.

Obviamente, una condena por homicidio es preferible a una por asesinato.

Por otro lado, facilita que el jurado llegue a un compromiso y condene por el cargo inferior.

—¿Cuándo piensa decidir? —pregunté.

—Después de que ambas partes hayan concluido sus exposiciones.

Era lo esperado. La mayoría de los jueces esperan para tomar esta decisión hasta que ambas partes han presentado sus casos.

El juez cruzó los brazos. —Señores, dado el coronavirus, tengo que fijar unas normas básicas. Las circunstancias no son ideales para celebrar un juicio. En consecuencia, pienso implantar los siguientes procedimientos en aras de la seguridad.

—Primero, no se permitirá al público sentarse en la sala, salvo a tres representantes de los medios elegidos por sorteo. Mi personal habilitará una retransmisión por circuito cerrado a una sala contigua para que otros puedan seguirla.

—Segundo, los posibles jurados se sentarán en la zona del público durante el voir dire y se les pedirá que dejen al menos un asiento entre ellos. Cuando hayamos seleccionado al jurado, haré que se sienten en la zona del público, con el distanciamiento adecuado.

—Tercero, todo el que esté en sala deberá llevar mascarilla. Los abogados, los testigos y yo podremos retirárnosla cuando hablemos.

—Cuarto, funcionaremos con personal presencial limitado, así que les pido paciencia dada la naturaleza excepcional de nuestra situación.

No es que tengamos opción. —Sí, Su Señoría —dije.

Erickson asintió. —Por supuesto, Su Señoría.

—Gracias, señores. Nos vemos a las diez en punto del lunes por la mañana.