Doble incriminación (Los casos de Mike Daley y Rosie Fernández 14) 22 —Desde luego que sí⁠—
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22 —Desde luego que sí⁠—

—DESDE LUEGO QUE SÍ⁠—

Una brisa fresca azotó Washington Square Park, en North Beach, cuando me senté en un banco al lado de un nonagenario diminuto. —Me alegro de verte, Nick —dije—. ¿Estás bien?

—Desde luego que sí—. Una mascarilla quirúrgica le cubría la cara y un elegante fedora reposaba sobre su tupé. Hablaba con voz melodiosa. —¿Cómo demonios estás, Mike?

—Bien.

—Me alegro de oírlo.

Con noventa y cinco años, aún enérgico y descomunalmente exitoso, Nick “The Dick” Hanson había abierto la Agencia de Investigación Hanson setenta y cinco años antes en una habitación encima del Condor Club, en Broadway.

Hijo de inmigrantes rusos, cuyo padre regentaba una tienda de magia junto al Tosca Café y frente a City Lights Bookstore, Nick jugaba al béisbol con Joe DiMaggio en el parque infantil de North Beach.

Durante la Gran Depresión ayudó a su padre a llegar a fin de mes barriendo en la funeraria Valente Marini Perata, en Green Street, repartiendo toallas en el Italian Athletic Club y estafando a turistas con el juego de las tres cartas.

Con metro y medio de estatura y unos fibrosos sesenta kilos, Nick seguía corriendo el Bay to Breakers cada año y se entrenaba en el exclusivo Bay Club, al pie de su mansión de la época del Terremoto, calle abajo desde Coit Tower.

Su agencia había evolucionado hasta convertirse en una operación de alta tecnología que empleaba a decenas de sus hijos, nietos y bisnietos.

Empresario sagaz e inversor perspicaz, Nick había acumulado una cartera de edificios de apartamentos en North Beach que, según los rumores, valía unos frescos cincuenta millones.

En su tiempo libre, escribía novelas de misterio que eran versiones apenas veladas —y bastante adornadas— de sus casos más pintorescos.

Danny DeVito interpretaba a Nick en una serie de Netflix de larga duración.

El viento golpeaba los árboles maduros del parque delimitado por Columbus Avenue y las calles Union, Stockton y Filbert.

Levanté la vista hacia las majestuosas torres gemelas de Sts.

Peter and Paul, la magnífica iglesia católica que originalmente atendía a la comunidad italiana.

Hoy en día se celebran misas en inglés, italiano, cantonés y latín.

Nick estuvo presente cuando Joe DiMaggio se casó con Dorothy Arnold en la iglesia, en 1939.

Hay fotos delante de Sts. Peter and Paul de Joltin’ Joe y Marilyn Monroe el día de su boda, pero en realidad se casaron en el City Hall.

A Joe y Marilyn no les permitieron casarse en la iglesia porque Joe obtuvo el divorcio civil de Dorothy, pero no la nulidad eclesiástica.

El funeral del Yankee Clipper se celebró en Sts.

Peter and Paul el 11 de marzo de 1999. Lo ofició el padre Armand Oliveri, amigo de la familia DiMaggio, nacido en Italia y afincado en North Beach desde 1929.

A sus noventa y nueve seguía en plena forma.

—¿Tienes calor suficiente? —pregunté.

—Desde luego que sí—. Se subió el cuello de su gabardina Burberry. —El aire fresco sienta bien.

—Podríamos picar algo dentro.

—Mis hijos y mis nietos no me dejan comer dentro de un restaurante, y tampoco me permiten recibir visitas en casa.

—Solo están siendo prudentes, Nick.

—Lo sé. No he llegado a los noventa y cinco por asumir riesgos innecesarios.

—¿Sigues trabajando? —pregunté. A lo largo de los años, Nick había intentado jubilarse una docena de veces.

—Un poco —dijo—, y solo desde casa. Preferiría estar en la calle.

Y zamparte almuerzos de tres horas en Fior d’Italia y Caffe Sport y regarlos con cantidades industriales de vino en Gino and Carlo’s. —Pronto —dije.

—Eso espero—. Se ajustó la mascarilla. —¿Tu hermano está bien?

—Bien, gracias—. Pete trabajó para Nick un corto tiempo antes de decidir que prefería ir por su cuenta. —Él también lo está haciendo todo desde casa.

—Dale recuerdos de mi parte—. Bajó la voz. —Siento lo de Big John. Era todo un caballero.

—Gracias.

Durante medio siglo, Nick había peregrinado con regularidad a Dunleavy’s para beber Guinness y jugar al mentiroso con su amigo Herb Caen, el célebre columnista de cotilleos del Chronicle.

Cuenta la leyenda que Nick le proporcionó a Caen muchas de sus exclusivas. Esa leyenda la inició el propio Nick.

Añadió: —Siento no haber podido ir al memorial. Tengo entendido que hablaste muy bien.

—Gracias, Nick.

Pasé los quince minutos siguientes escuchando a Nick explayarse sobre sus planes de expansión para la agencia, su cartera inmobiliaria, las opciones universitarias de sus bisnietos y el plan de marketing de su última novela.

Comentó que este sería el último año de su serie en Netflix, a menos que Danny DeVito decidiera renovar para un bis, cosa que Nick veía improbable.

—Nos ha ido muy bien —dijo—. Con suerte, mi alter ego de ficción seguirá entreteniendo a la gente muchos años.

—No me cabe la menor duda —dije.

Un rayo de sol se abrió paso entre las nubes cuando una joven con mascarilla y una bolsa de papel blanca se acercó a nosotros desde el lado de Columbus Avenue del parque.

Nick se bajó la mascarilla y sonrió. —Ya has conocido a mi bisnieta, Nicki.

Asentí. —Encantado de volver a verte, Nicki.

—Igualmente, señor Daley.

—Mike.

—Mike—. Se volvió hacia Nick. —Vuelve a ponerte la mascarilla, abuelo.

—Sí, señora.

—¿Tienes suficiente comida en casa?

—Desde luego que sí.

Nicki era miembro de cuarta generación de la firma de Nick.

Se licenció con las mejores notas en el instituto Lowell, obtuvo un grado en informática en la UC-San Diego y un máster en análisis de datos en la UCLA.

Dirigía el grupo de ciberseguridad de la agencia.

Casada. Sin hijos. Vivía a la vuelta de la esquina, en Greenwich.

Sus facciones recordaban vagamente a las de su bisabuelo, pero era quince centímetros más alta que él, y su corta melena negra tenía una mecha magenta. Era tan implacable como Nick.

Nos tendió bocadillos. —Un panini de albóndigas para ti, abuelo. Para ti, Mike, panini de prosciutto—. Le dijo a Nick que también le había cogido una ración doble de lasaña de carne y dos porciones de tiramisú. —Para más tarde.

—Gracias, cariño. ¿Había mucha gente en Mario’s?

—Siempre.

Mario’s Bohemian Cigar Store Café es un café y bar en un edificio triangular de 1909.

Hoy en día no hay puros y los turistas se mezclan con los parroquianos.

Si tienes la suerte de pillar un sitio junto a la ventana, disfrutas de una vista despejada de Washington Square.

El servicio es más amable que rápido, los bocadillos son contundentes y los cafés son casi tan buenos como en Café Trieste.

Nos quitamos las mascarillas, abrimos los envoltorios y devoramos la comida. Cuando Nick terminó su bocadillo de albóndigas, por fin decidió que era hora de hablar de negocios.

—Pete me dijo que has cogido el caso de Lenny Garcia —me dijo—. ¿Vas a poder conseguir una absolución?

—Creo que tenemos bastantes posibilidades.

—He oído que tu cliente le dio a la finada unas pastillas adulteradas.

—Lenny le dio algunas de sus propias pastillas de Oxy que le recetaron en Asuntos de Veteranos. Él cree que alguien más le dio unas falsas cargadas de fentanilo.

Nick retorció su cara elástica en una mueca escéptica. —Ajá.

Puse al día a Nick y a Nicki con los detalles. Escucharon con atención mientras comían tiramisú y bebían refrescos italianos.

Por fin, Nicki terminó el postre, dejó el vaso de papel vacío en el banco y me miró. —Todo esto es muy interesante, y me encanta comer con vosotros y con el abuelo, pero no entiendo por qué estamos aquí.

—Busco a una mujer llamada Patty Dawson que conocía a la fallecida. Vivía en el mismo SRO, en el Tenderloin, y trabajaba para el mismo proxeneta. Puede que tenga información útil. Pete me dijo que la madre de la señora Dawson os contrató para que buscárais a su hija.

—Así fue—. Echó una mirada a su bisabuelo. —Yo llevé la investigación.

—¿La encontraste?

—Sí—. Se encogió de hombros. —Digamos que el reencuentro con su madre no salió bien. La madre intentó convencer a la señora Dawson de que entrara en rehabilitación, pero ella no estaba dispuesta. Le dijo a su madre que no quería volver a verla.

—¿Hace cuánto fue eso?

—Unos seis meses. No he tenido ningún contacto con la señora Dawson ni con su madre desde entonces.

—¿La señora Dawson estaba trabajando entonces?

—Acababa de dejar su trabajo en los Mitchell Brothers.

—¿Dónde la encontraste?

—Tenía una habitación en el sótano de un SRO en la Mission—. Me dio la dirección. —No tengo ni idea de si sigue allí.