Doble incriminación (Los casos de Mike Daley y Rosie Fernández 14) 20 “Tenemos que ser inteligentes”
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20 “Tenemos que ser inteligentes”

“TENEMOS QUE SER INTELIGENTES”

—¿Tienes calor suficiente? —preguntó Rosie.

Me subí el cuello del plumífero—. Bien.

A las doce y veinte de la madrugada, estaba sentado junto a la estufa de propano en el porche trasero de Rosie.

Por prudencia extrema, habíamos acordado que yo no entraría en casa, ya que había estado haciendo mi ronda por el Tenderloin.

Me parecía quizá una sobrerreacción, pero los casos estaban en aumento y Tommy estaba hablando de venir a casa el fin de semana.

Rosie dio un sorbo de Cab Franc y se ajustó la capucha de su sudadera de Cal descolorida. Sus ojos negros brillaban a la luz del porche.—¿Te aportó tu visita al Tenderloin algo que puedas usar?

—Todavía no.

—El juicio empieza en tres días.

—Soy muy consciente de eso, Rosie.

—¿Alguna pista sobre Patty Dawson?

—Nada sólido. Puede que esté viviendo en la Mission. Tu hermano no encontró nada. Pete está tirando de favores. Voy a hablar con Gil Lopez más tarde esta mañana. Conoce a todo el mundo en la Mission.

Me miró con escepticismo.—¿Y si la encuentras?

—Quizá pueda decirnos quién le suministraba Oxy a Annie Parker.

—¿Qué probabilidades hay de que lo sepa?

—Más o menos las mismas de que consiga encontrarla.

Dio otro sorbo de vino y se echó a reír.—Confío en que tengas un Plan B.

—Lenny no se ha replanteado la posibilidad de un aplazamiento, así que iremos a juicio el lunes con las pruebas que tenemos.

—¿Algo nuevo de Erickson?

—Nada.

—¿Alguna posibilidad de un acuerdo de conformidad revisado?

—Parece poco probable. Se supone que nos reunimos con el juez Powell más tarde hoy para hablar de las listas definitivas de testigos y las mociones. Veremos si Erickson ofrece algo.

Negó con la cabeza.—Me sorprenderá que lo haga.

—A mí también. —Terminé el vino y dejé la copa sobre la mesa—. No estoy rebosando confianza, Rosie.

—Estás haciendo todo lo que puedes, Mike. —Me regaló su sonrisa deslumbrante—. Sin presión, pero espero que obres otro milagro.

—Puede que me haga falta.

—Darás con algo, Mike. Siempre lo haces.

No estoy tan seguro. —¿Cuándo crees que podremos volver a la oficina?

—Dos semanas. —Se lo pensó mejor—. Quizá tres. Los médicos nos dicen que este tipo de virus remite bastante deprisa.

—Espero que tengan razón. —Eché un vistazo al interior de la casa—. ¿Quieres que me quede en el piso de momento?

—Sí. —Leyó mi expresión de disgusto—. Tenemos que ser inteligentes, Mike. Va a ser muy difícil mantener operativa la Oficina del Defensor Público si los dos caemos enfermos.

—De acuerdo.

—¿Me mantendrás al tanto?

—Te hago un FaceTime si surge algo.

A la una y cuarenta y cinco de la madrugada, estaba mirando al techo de mi diminuto dormitorio en mi piso detrás del parque de bomberos de Larkspur. La cama de plataforma estaba elevada sobre bloques de hormigón. La mesilla era un modelo de IKEA.

Alargué la mano y le rasqué la cabeza a la gata blanca nacarada que dormía plácidamente a mi lado.—Parece que vamos a estar tú y yo solos una temporada, Wilma.

Le tembló la oreja derecha, pero no abrió los ojos.

Wilma solía vivir en el piso de al lado.

Cuando mis vecinos tuvieron mellizos, empezó a venir a mi casa en busca de paz y tranquilidad.

Resultó que los gemelos eran alérgicos a los gatos, así que mis vecinos me pidieron que adoptara a Wilma, que estaba encantada de tener un lugar para ella sola y a un humano que se asegurara de que el cuenco del pienso estuviera lleno y su arenero, limpio.

Me sobresaltó el móvil al vibrar. El ojo derecho de Wilma se abrió a medias. Tardé un instante en acostumbrar la vista a la oscuridad. El nombre de Pete apareció en la pantalla.

—¿Estás despierto, Mick? —preguntó.

—Sí. Y Wilma también. ¿Qué pasa, Pete?

—Puede que tenga algo para ti. Te llamo en cuanto pueda.