Doble incriminación (Los casos de Mike Daley y Rosie Fernández 14) 19 —Estaba por el barrio⁠—
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19 —Estaba por el barrio⁠—

—ESTABA POR EL BARRIO⁠—

El sargento A.C. Brown esbozó una sonrisa sardónica desde su silla al otro lado de una mesa metálica en una sala de entrevistas en las entrañas de la comisaría de Tenderloin. —¿Querías verme?

—Estaba por el barrio.

Miró el reloj. —Son las diez y media de la noche. Déjame darte un consejo de amigo. Quedarte solo por la noche en el TL no es bueno para la salud.

Buen consejo. —Gracias. Prometo volver directamente a mi despacho.

—Te llevo.

—Te lo agradezco.

—¿Por qué has venido?

—Sigo buscando a Patty Dawson.

—No tengo información nueva.

—Acabo de pasar unos minutos con Joe Davis. —Señalé a mi izquierda—. Vive en el edificio de al lado.

—Conozco a Joe.

—Parece que todo el mundo en el barrio conoce a ‘Go-To’ Joe.

—No se ha metido en líos desde su última detención. Tiene curro y piso. Aceptamos las pequeñas victorias donde podemos.

—¿Sigue trapicheando?

—Que yo sepa, no.

—¿Pero no lo sabes seguro?

—No sé nada seguro, Mike. Para que conste, no tengo conocimiento personal de ninguna actividad ilegal por parte del señor Davis. —Se levantó—. La oferta de llevarte sigue en pie.

Yo seguí sentado. —Joe ha dicho que Brian Holton está vendiendo en UN Plaza.

—No tengo constancia personal de que así sea. Si tienes información y quieres presentar una denuncia, estaré encantado de tomarla.

—Vamos, A.C.

—Sabes cómo funciona el proceso. Si crees que Holton ha cometido un delito, puedes presentar una denuncia y yo lo investigaré.

—El juicio de Lenny empieza el lunes.

—Si tienes información relativa al señor Holton que sea pertinente para el caso de tu cliente, te sugiero que hables con la Fiscalía.

Procuré que no se me notara la frustración. Era, al fin y al cabo, una respuesta perfectamente legítima. —Joe me ha dicho que quizá podamos encontrar a Patty Dawson en la Mission.

—Me fío de tu palabra. Nosotros intentamos dar con ella, pero no hubo suerte.

—¿Tienes una dirección suya?

—Me temo que no, Mike. —Inspiró hondo—. Sé que estás haciendo tu trabajo, pero estás buscando una aguja en un pajar con un plazo demencialmente corto. Si estuviera en tu lugar, me volvería al despacho a trabajar en la presentación del juicio.

Tiene razón. —Gracias, A.C.

—Duerme algo, Mike. —Se puso de pie de nuevo—. Te llevo de vuelta al despacho.

Estaba en mi mesa a las once y cuarto cuando vibró el móvil y apareció en la pantalla el nombre del hermano de Rosie, Tony. —¿Has tenido suerte encontrando a Patty Dawson? —pregunté.

—Me temo que no. Podrías hablar con Gil. Conoce a todo el mundo.

—Lo haré. —El padre Guillermo López era el carismático párroco de St. Peter’s—. Hablaré con él por la mañana.

—¿Necesitas su número?

—Iré a verle en persona. Tengo unos cuantos pecados que confesar.

Casi era medianoche cuando conducía hacia el norte por el Golden Gate Bridge entre una niebla densa. Había poco tráfico, y me tenía hipnotizado el vaivén de los limpiaparabrisas.

Apareció el nombre de Nady en mi teléfono. Como siempre, fue al grano. —¿Qué tal van los preparativos del juicio?

—Lo mejor que se puede esperar. ¿Cómo está tu madre?

—Fuera de la UCI, pero no ha salido del bosque.

—Eso es bueno.

—A grandes rasgos, sí.

Apenas podía ver la baliza de Alcatraz, oculta por la niebla. Tenía la garganta áspera mientras subía la calefacción de mi Prius. —¿Alguna idea de cuándo podría irse a casa?

—Demasiado pronto para decirlo. —Dijo que no había podido ver a su madre en persona—. Al menos puedo verla por FaceTime.

—Bendita sea la tecnología moderna.

—Desde luego. —Hizo una breve pausa—. ¿Has tenido suerte encontrando a Patty Dawson?

—Todavía no —dije. Describí mis conversaciones con Bruno King, Kyle Adams, Dennis McCarthy y ‘Go-To’ Joe—. Mañana voy a hablar con un par de contactos que tengo en la Mission, pero no soy especialmente optimista respecto a poder encontrarla.

—Aunque lo consigas, no estoy segura de que te vaya a contar nada que te ayude.

Era la forma educada de Nady de decir que estaba arremetiendo contra molinos. —¿Alguna otra sugerencia?

—Puedes intentar echarle la culpa a Brian Holton. Al menos sabes que estuvo en las inmediaciones de la tienda de Annie la noche en que murió.

—No tengo manera de demostrar que fue él quien le dio las pastillas.

—Solo tienes que convencer a un jurado de que podría haber sido él.

Cierto. —También voy a intentar cargarle el muerto a Marcus Strong.

Se echó a reír. —¿Echarle la culpa al muerto, eh?

—Un muerto muy malo —dije—. Y no puede defenderse.

—¿Crees que bastará para una absolución?

—No lo sé. Siendo realistas, quizá pueda convencer a un jurado para que vote absolver y que el jurado no llegue a veredicto.

—Entonces tendrás el privilegio de repetirlo todo otra vez.

—Con suerte, para entonces ya estarás en casa.

—Eso espero —dijo—. ¿Te vas a casa?

—Voy a ver a Rosie.