14 “Ya no vive aquí”
“YA NO VIVE AQUÍ”
La joven de pelo negro corto, pintalabios negro y un aro dorado en la nariz levantó la vista del móvil y me fulminó con la mirada desde detrás de un panel de Plexiglás. —¿Sí?
—Intento localizar a una antigua residente llamada Patty Dawson. —Deslicé mi tarjeta de visita por la ranura bajo el Plexiglás—. Me llamo Michael Daley. Trabajo en la Oficina del Defensor Público. Represento a Lenny Garcia.
Me recorrió de arriba abajo con la mirada. —Ya no vive aquí.
—¿Hace cuánto se mudó?
—No me acuerdo.
—Tengo entendido que la señora Dawson era amiga de otra antigua inquilina: Annie Parker.
—Puede.
Sabes más de lo que dejas entrever. —La señorita Parker murió de una sobredosis de fentanilo en U.N. Plaza hace poco más de un año.
—Si usted lo dice.
A las nueve y media de esa misma mañana, un jueves, estaba de pie en el pasillo estrecho del Hotel El Camino, un edificio de cinco plantas posterior al Terremoto en la esquina de Larkin y Turk, en diagonal al estalinista Phillip Burton Federal Building and Courthouse, y a dos manzanas al norte de Civic Center Plaza.
Si se miraba con atención, se apreciaba la intrincada albañilería y el trabajo de ladrillo que indicaban que el El Camino había sido en otro tiempo un buen hotel.
Cien años de mantenimiento pospuesto después, ofrecía alojamientos modestos en cuartos estrechos con los baños al fondo del pasillo. Como SRO, no tenía mala pinta.
Miré la escalera donde habían arrancado la barandilla de una pared que no se había pintado en décadas.
No entraba luz a través de las planchas de acero que reforzaban la pesada puerta de madera, y muchas de las bombillas antiguas no funcionaban.
El aroma de Pine-Sol, cigarrillos y orina flotaba en aquel espacio angosto, con suelos de linóleo y sin muebles.
Lo intenté otra vez. —Es importante que encuentre a la señora Dawson. Tiene información que puede ser útil para mi cliente. Entiendo que conocía a un hombre llamado Marcus Strong.
Levantó la vista de su partida de Candy Crush. —No me suena.
—Apuñalaron a ese hombre en el callejón detrás de este hotel hace unos seis meses.
La vacilación delatadora. —Ah, sí. Yo no sé nada de eso.
—¿Llegó a conocerlo?
—No lo sé. Por aquí pasa mucha gente.
—La señora Dawson trabajaba para él. También la joven que murió.
—No me extrañaría. Marcus tenía a muchas chicas trabajando para él.
—Entonces, ¿lo conocía?
—Sabía quién era. Tipo malo. Proxenetismo. Robos. Extorsión.
—¿Drogas?
—Probablemente.
Decidí hablarle claro. —Tengo razones para creer que Strong le dio a la señorita Parker unas pastillas adulteradas. Fue suficiente para matarla.
—Entonces, ¿por qué está su cliente acusado de asesinato?
—Le dio unas pastillas limpias más temprano esa noche. Quiero preguntarle a la señora Dawson al respecto.
—¿Por qué iba a hablar con usted?
Buena pregunta. —Para ayudarnos a averiguar la verdad de lo que le pasó a su amiga. Y porque es lo correcto.
—Pregúntele a la policía.
—Ya lo he hecho. No consiguen encontrarla. —Inhalé el aire cargado—. El juicio de mi cliente empieza el lunes.
Se lo pensó un momento. —Lo último que supe es que trabajaba en el Mitchell Brothers.
El Mitchell Brothers O’Farrell Theatre era, a su manera, una institución del Tenderloin.
En 1969, dos hermanos llamados Jim y Artie Mitchell empezaron a proyectar películas X en un antiguo concesionario de Pontiac reconvertido en O’Farrell con Polk.
Tres semanas después, los detuvieron por obscenidad por primera vez.
Tras un juicio circense, el jurado no logró ponerse de acuerdo y los chicos quedaron en libertad.
Los Mitchell también empezaron a producir películas porno.
Contrataron a una modelo de aspecto sano de diecinueve años llamada Marilyn Chambers para protagonizar su primer largometraje, Behind the Green Door.
Según la leyenda, Chambers había aparecido en cajas de detergente Ivory Snow.
A los chicos les costó sesenta mil dólares hacer la película. Luego recaudó cincuenta millones.
Con la caja a rebosar y ante un mercado cinematográfico competitivo, los Mitchell cambiaron de rumbo y convirtieron el O’Farrell en un club de última generación con strippers, cuartos privados y bailes en regazo.
Detuvieron a los hermanos más de doscientas veces, pero siempre lograban salir indemnes con la ayuda de su abogado Michael Kennedy.
En el trigésimo aniversario del club, Marilyn Chambers regresó para una actuación de celebración que el alcalde Willie Brown bautizó como «Día de Marilyn Chambers».
El viejo amigo de los Mitchell, el periodista gonzo Hunter S.
Thompson, llamó al Teatro «el Carnegie Hall del sexo público».
La diversión y los juegos llegaron a un trágico final en 1991, cuando Jim mató de un disparo a Artie.
Michael Kennedy defendió a Jim de la acusación de asesinato y convenció al jurado para condenarlo por el delito menor de homicidio voluntario.
El Teatro siguió abierto mientras Jim cumplía seis años en San Quentin.
—¿Sigue trabajando Patty Dawson en el Teatro? —pregunté.
—No lo sé.
Pete me cogió el teléfono al primer tono. —¿Dónde estás, Mick?
—En el Tenderloin.
—Al menos no has ido de noche.
—Estoy teniendo cuidado. —Un viento cortante me hizo lagrimear mientras atravesaba el asentamiento de personas sin hogar frente al El Camino—. Le conté a Pete mis conversaciones con Holton y con la recepcionista. —¿Conoces a alguien en el Mitchell Brothers?
—Pregunta por Bruno. —Se echó a reír—. Asegúrate de decirle que eres mi hermano.