Doble incriminación (Los casos de Mike Daley y Rosie Fernández 14) 13 ¿Quién pregunta?
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13 ¿Quién pregunta?

¿QUIÉN PREGUNTA?

Un fornido empleado municipal de mantenimiento se ajustó el mono gris con franjas naranja fluorescente. —Será mejor que espere a la vuelta de la esquina hasta que termine —dijo.

—Gracias —dije—. Estaré bien.

Una ráfaga de viento frío me golpeó la cara y el aroma a orina impregnaba la zona frente a la estatua de Simón Bolívar, en la plaza de la ONU, a las siete y cuarto de la mañana siguiente.

Los de aquí, como yo, describiríamos la precipitación que caía del cielo como una llovizna intensa.

Los turistas la llamarían niebla. Todos los demás la llamarían lluvia.

Se puso una mascarilla de grado industrial y activó la hidrolimpiadora a presión. —Debería apartarse, a no ser que quiera oler a orina el resto del día.

—Gracias. —Señalé el batiburrillo de tiendas de campaña, sacos de dormir, lonas, cobertizos improvisados y sillas de jardín que flanqueaban la plaza de ladrillo rojo entre la parte trasera del Orpheum Theater y el Edificio Federal—. ¿Con qué frecuencia limpiáis aquí?

—Todas las mañanas. —Asintió hacia la majestuosa cúpula del Ayuntamiento, dos manzanas al oeste, al otro lado de Civic Center Plaza—.

Si la alcaldesa va a venir a la plaza, lo volvemos a lavar antes de que llegue.

—Puso los ojos en blanco—. Podríamos lavarlo diez veces al día.

Siempre está así cuando llegamos por la mañana.

—Agradecemos vuestro esfuerzo.

—Gracias. —Cogió su equipo—. No le he visto antes. ¿Es usted policía?

—Peor aún: soy abogado y estoy buscando a alguien. —Saqué el móvil y le enseñé una foto de Brian Holton—. ¿Ha visto a este tipo alguna vez?

Estudió la foto. Señaló la fuente junto a la escalera mecánica perpetuamente averiada que baja a la estación de BART de Civic Center. —Suele estar por allí.

Me acerqué al hombre de complexión ligera y edad media indeterminada que estaba sentado en una silla de jardín frente a una tienda hecha jirones, junto a la estación de BART. —¿Eres Brian?

Bajó su móvil desechable y jugueteó con los cordones de su sudadera negra de los Giants. —¿Quién pregunta?

—Mike Daley. Soy de la Oficina del Defensor Público. Represento a Lenny Garcia.

Esbozó una sonrisa, dejando al descubierto una dentadura perfectamente alineada, manchada de tabaco. —¿Qué pasó con la joven que llevaba el caso de Lenny?

—La llamaron por una urgencia familiar. Empezamos el juicio de Lenny el lunes.

—¿Vas a sacarlo absuelto?

—No estoy seguro. Esperaba que pudieras ayudarme.

Respondió con una carcajada sonora que se convirtió enseguida en tos de fumador. —¿Crees que yo maté a Annie Parker?

—No, pero creo que podrías ayudarme a encontrar a quien lo hizo.

—Los polis creen que fue Lenny.

—Lenny me dice que se equivocan.

—Si Lenny no le dio las pastillas, ¿quién lo hizo?

—Eso es lo que intento averiguar.

—¿Y crees que te voy a dar la respuesta un año después de que muriera Annie?

—Probablemente no. —Mant tuve la voz serena—. Necesito tu ayuda, Brian. Lenny me dice que conoces a todo el mundo en el barrio.

—Es un barrio grande.

—Tengo que empezar por algún sitio. Déjame invitarte a algo de comer y hacerte unas preguntas. Si puedes ayudarme, genial. Si no, al menos tendrás un desayuno decente.

Se lo pensó un momento. —Me apunto.

—¿Cuánto tiempo llevas viviendo en la plaza? —pregunté.

Holton dio un sorbo de café solo de una taza blanca. —Unos cinco años.

En circunstancias normales, habría ido con un investigador cuando entrevistaba a un testigo, por si necesitaba que alguien corroborara su relato en el juicio. Por desgracia, las circunstancias no eran normales, así que me tocó ir solo.

El tono de Holton fue profesional mientras explicaba que había crecido en el Excelsior y se había puesto a trabajar en el taller de chapa y pintura de su padre al terminar el instituto.

—Soy disléxico, así que lo pasé mal en el colegio.

Además, me interesaba más salir de juerga que estudiar.

No me gustaba trabajar para mi padre, que era un tipo duro y un alcohólico que descargaba sus frustraciones con mi madre.

—Dijo que empezó a beber en el instituto.

Eso le llevó a la marihuana y luego a drogas más potentes—.

A mi padre le reventó el corazón y mi madre bebía para mitigar el dolor.

Para entonces, yo ya estaba con la coca y probando la heroína.

Luego murió mi madre y descubrí que mis padres me habían dejado más deudas que dinero.

El casero me echó y los acreedores se llevaron todo.

Tuve un par de trabajos que no cuajaron. Fue entonces cuando acabé por aquí.

—¿Sigues con la heroína? —pregunté.

—Me gasto la mayor parte del dinero en bourbon. Entra mejor.

—Puedo ayudarte a entrar en un programa.

—Lo he intentado.

—Puedo ayudarte a encontrar un sitio donde vivir.

—Eso también lo he intentado. —Se encogió de hombros—. No se me da bien obedecer normas.

Estábamos sentados en una mesa pegada a la pared en el muy bien bautizado Local Diner, un anodino café entre dos locales vacíos en Market Street.

La esquina suroeste del Tenderloin lleva gentrificándose a trompicones los últimos veinticinco años y sigue en plena transformación.

Habíamos pasado junto al Orpheum Theater, donde representaban Hamilton.

Los edificios centenarios de pocas plantas al otro lado de la calle habían sido derribados para hacer sitio a pisos de lujo y un Whole Foods.

El Whitcomb Hotel, de la época del Terremoto, había sido reformado como hotel boutique de alto nivel.

La Ciudad había cerrado el Burger King después de que la policía reconociera por fin algo que la mayoría ya sabíamos: allí se vendían más drogas que Whoppers.

Una manzana más al oeste, un rascacielos que alberga Dolby Sound se alza frente a la sede de Twitter.

Aspiré el dulce aroma de huevos, bacon y café.

El letrero de neón del Local Diner presumía de tener el mejor desayuno de la ciudad.

Puede que fuera una ligera exageración, pero el café, donde pedías en la barra y te sentabas en una docena de mesas desparejadas, servía platos contundentes.

Nunca saldría en el canal de cocina, pero los huevos, tortillas, tortitas y gofres se hacían al momento, y nuestro camarero, Pamphillo, era amable.

Probé un bocado de mis patatas ralladas fritas. —¿Qué tal conocías a Lenny?

—No mucho. —Holton miró por la ventana hacia Market Street—. Lo había visto por ahí.

—¿Crees que le pudo endosar a Annie Parker unas pastillas adulteradas?

—No lo sé. —Bebió un sorbo de café—. Parecía un tipo majo, pero nunca se sabe.

—¿Vendía fentanilo?

—Que yo sepa, no.

Le pregunté si conocía a Annie Parker.

—Hablé con ella un par de veces. Parecía una chica maja pasando un mal momento. —Engulló un trozo de pan de masa madre y confirmó que había venido de Modesto y se había juntado con Marcus Strong.

—¿Lo conocías?

—Lo había tratado.

—He oído que era un mal tipo.

—Muy malo. —Confirmó que Strong se aprovechaba de las chicas jóvenes en el TL.

—¿Alguna idea de quién lo apuñaló?

—Me temo que no.

—¿Crees que era de los que le habrían colado unas pastillas adulteradas?

—No me sorprendería. Desde luego era de los que le habrían dado una paliza de muerte.

—¿Puedes señalarme a alguien que lo conociera?

—Todo el mundo lo conocía. Yo intentaba mantenerme lejos de él.

—Nos han dicho que Annie era vecina en el El Camino Hotel de una mujer llamada Patty Dawson, que también era de las de Strong. ¿La conoces?

—La vi una o dos veces.

—¿Alguna idea de dónde podemos encontrarla?

—Lo último que supe es que se fue de la ciudad. Ni idea de adónde.

—¿Quién podría saberlo?

—Ni la menor idea.

Poco útil. Terminé mis huevos. —Te agradezco la ayuda, Brian. Tengo entendido que le dijiste a mi compañera que quizá estarías dispuesto a testificar en el juicio de Lenny.

—No tengo información relevante.

—Necesito que confirmes que Strong era un mal tipo.

—Necesito pensarlo. —Se le curvó la comisura de la boca—. Si estás dispuesto a compensarme por mi tiempo, quizá podamos llegar a un arreglo.

—Hecho. —Saqué la cartera, cogí cinco billetes de veinte y se los deslicé por la mesa junto con mi tarjeta—. Aquí tienes un anticipo por tu testimonio. Si crees que hay alguien más con quien deba hablar, te agradecería que me lo dijeras.

Guardó el dinero. —Lo haré.