Doble incriminación (Los casos de Mike Daley y Rosie Fernández 14) 11 «Fue más de lo que pude soportar»
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11 «Fue más de lo que pude soportar»

«FUE MÁS DE LO QUE PUDE SOPORTAR»

Un viento frío de invierno me dejó la cara en carne viva cuando salía de la comisaría de Tenderloin.

El nombre de Pete apareció en mi teléfono. —¿Dónde estás? —preguntó.

—Volviendo a la oficina. ¿Y tú?

—En casa. He montado un par de ordenadores en el garaje. Hace un poco de frío, pero servirá por ahora. ¿Has sacado algo útil de A.C. Brown?

—La verdad es que no. —Me metí en el portal de una bocadillería cerrada y apreté el teléfono contra la oreja—. Me dijo que intentara encontrar a un tipo llamado Brian Holton, que sabe quién es quién y qué se cuece en U.N. Plaza. ¿Te suena?

—Me temo que no. —Bajó la voz—. ¿No estarás pensando en bajar allí, no?

—Si no me queda otra.

—Ni se te ocurra ir de noche. Incluso de día no es buena idea.

—¿Tienes a alguien trabajando por el TL?

—Ahora mismo, no.

—¿Crees que alguno de tus operativos habituales podría echarme una mano?

—Me temo que no, Mick. No le pido a mi gente que haga cosas que yo no esté dispuesto a hacer.

Buena política. —¿Puedes hacer unas llamadas y ver si alguien sabe algo de Annie Parker?

—Ya he empezado.

—¿Puedes mirar si alguien tiene información sobre quién apuñaló a Marcus Strong?

—Lo preguntaré. ¿Algo más, Mick?

—¿Puedes conseguirme una foto de Brian Holton?

—A ver qué puedo hacer.

La Oficina del Defensor Público estaba en silencio a las ocho y cuarenta y cinco de esa misma noche.

Estudié la lista de testigos de la acusación y di un sorbo al Diet Dr Pepper que me permitía solo una vez por semana —orden del médico—.

La cafeína y los químicos eran malos para mi sueño y para el estómago.

Era un cambio importante respecto a los tiempos en que me bebía al menos dos latas al día.

Terrence, «El Terminator», llamó a la puerta abierta. —¿Necesitas algo, Mike?

—Estoy bien, T.

—Me voy a casa.

—Gracias por quedarte hasta tarde.

—Sin problema. ¿De verdad vas a juicio el lunes?

—Sí.

—¿Tienes algo?

—Estoy en ello, T.

Sonrió. —Encontrarás algo, Mike.

Estaba trabajando en la estrategia de selección de testigos a las nueve y cuarto de esa misma noche cuando mi teléfono volvió a vibrar.

En la pantalla salía que era una llamada de número desconocido.

Supuse que alguien quería venderme una ampliación de garantía para el coche, pero decidí contestar por si acaso era alguno de los operativos de Pete en el Tenderloin.

—Habla Michael Daley.

La voz de mujer sonaba cansada. —Soy Perlita Garcia, la hermana de Lenny. Siento haber tardado tanto en devolverle la llamada.

—No se preocupe. Gracias por devolvérmela. —Le había dejado un mensaje después de ver a Nady. No esperaba que aportara pruebas para exonerar a su hermano, pero era la única familia de Lenny, así que me sentí obligado a contactar con ella—. Siento molestarla en casa.

—Sigo en el trabajo, señor Daley.

—Mike.

—Perlita. No sé cuánto le habrá contado Lenny, pero soy enfermera en el Hospital Seton de Daly City. Tendrá que perdonarme si no puedo hablar mucho. Estamos desbordados con casos de coronavirus y mi descanso está a punto de terminar.

—Gracias por sacar un momento. Debe de ser muy estresante.

—Lo es. Este virus es muy serio.

Las predicciones iniciales de que el virus no sería peor que la gripe quizá fueron prematuras. —Quería informarle de que el juicio de Lenny empieza el lunes.

—Gracias.

—¿Hay alguien más a quien deba contactar?

—No.

—Confiaba en que pudiera pasarse un rato por el juicio para darle un poco de apoyo moral. Para Lenny significaría mucho.

Dejó escapar un suspiro fuerte. —Lo siento, señor Daley. Es que no puedo.

Dejé que su respuesta quedara en el aire un momento, y ella se sintió inclinada a llenar el vacío.

—No sé cuánto le habrá contado Lenny de mí.

Soy madre soltera de una niña de seis años.

Estoy haciendo turnos dobles por el virus, y aquí todo el mundo está agotado.

Nos han dicho que es probable que vaya a peor.

Aunque pudiera conseguir tiempo libre —que no puedo—, no voy a ponerme yo, a mi hija y a mis compañeros en riesgo yendo al Hall of Justice.

Si me voy a poner enferma, será en casa con mi hija o cuidando a mis pacientes.

—Su tono se suavizó—. Siento si suena duro, pero me pilla en un momento muy complicado.

—Entiendo. Lenny me dijo que le ha dado mucho apoyo a lo largo de los años.

—Lo intenté. Pagué tres ingresos en rehabilitación. Yo estaba con el divorcio cuando él lo dejó por tercera vez. Fue más de lo que pude soportar.

—Lo entiendo.

—Gracias, señor Daley.

Me recordó a mi hermana pequeña, Mary, que daba clase de primero de Primaria en Los Ángeles.

Se casó con su novio del instituto después de graduarse en la universidad.

Al principio todo fue bien, luego Danny empezó a beber y a engañarla.

Cuando la bebida se le fue de las manos, se volvió violento.

Mary pagó varias estancias en rehabilitación, pero Danny recaía una y otra vez.

Tras un divorcio bronco, tuve que conseguir una orden de alejamiento para mantenerlo lejos de Mary.

Cuando eso no funcionó, Pete y un par de sus mejores operativos bajaron a Los Ángeles y «hablaron» con él.

No sé qué le dijo Pete, pero Danny no volvió a molestar a Mary.

Su voz tembló. —Lenny es un buen tipo que se metió hasta el cuello cuando volvió de Afganistán.

Si le dio esas pastillas a esa chica, lo hizo porque intentaba ayudarla.

Si llevaban fentanilo, estoy segura de que él no lo sabía.

O fue un accidente. Después de todo lo que vio en el Ejército, no haría daño a nadie.

Noté un nudo formándose en la garganta. —Le daré recuerdos de su parte a Lenny —dije.

—Gracias, señor Daley. Tengo que volver con mis pacientes.