9 La toxicología no era complicada
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LA TOXICOLOGÍA NO ERA COMPLICADA
—Gracias por recibirme con tan poca antelación —dije.
La Jefa de Medicina Forense de la Ciudad y el Condado de San Francisco asintió.—De nada, señor Daley.
Conozco a la doctora Joy Siu desde hace casi una década.
Las primeras veces que nos vimos, le dije que podía llamarme por mi nombre de pila, pero la doctora Siu no es de tutear.
Llevaba una mascarilla quirúrgica mientras se sentaba al otro lado de una mesa de cristal en una sala de reuniones sin ventanas en la segunda planta de las nuevas instalaciones del forense, en un edificio de aspecto industrial a medio camino entre el estadio de béisbol y Candlestick Point.
Las salas de examen de última generación y el depósito ampliado suponían una mejora sustancial respecto a sus anticuartos obsoletos en el sótano del Palacio de Justicia.
Me ajusté la mascarilla que me habían pedido que me pusiera al entrar en el edificio.—¿Cuánto tiempo cree que serán necesarias estas mascarillas?
—Es pronto para saberlo. Como sabe, soy partidaria de seguir la ciencia.
—Yo también.
Desde su bata impolutamente planchada hasta el maquillaje meticuloso y el corte exacto de su pelo negro, la doctora Siu encarnaba la precisión.
Ya cerca de los cincuenta, esta antigua alumna de Princeton y de la Facultad de Medicina de Johns Hopkins y exinvestigadora en la UCSF era una académica de primer nivel y una experta de prestigio internacional en anatomía patológica.
Aquella exaspirante olímpica de patinaje artístico dedicaba aproximadamente una cuarta parte de su tiempo a asesorar en autopsias complejas por todo el mundo.
—Tengo entendido que estuvo en el Reino Unido —dije.
—Estuve trabajando en un caso en Salisbury.
Iba a quedarme en Londres unos días más, pero me volví antes por el virus.
A todos los departamentos de la Ciudad se les ha pedido que preparen planes de contingencia para que todo el mundo trabaje desde casa durante unas semanas.
Obviamente, mi equipo tendrá que venir a la oficina de vez en cuando para realizar autopsias —sus ojos castaños se desviaron hacia su portátil y luego volvieron a mí—. ¿En qué puedo ayudarle?
—Mi compañera, la señora Nikonova, ha sido llamada a Los Ángeles porque su madre ha contraído el virus. Yo me haré cargo del juicio de Lenny Garcia.
—Me he enterado.
—Entiendo que usted practicó la autopsia a Annie Parker.
—Así es. Murió por una sobredosis de fentanilo.
—¿Le importaría explicarme su conclusión?
—Está en mi informe, que entregué al señor Erickson y que, supongo, le habrá facilitado.
—Sí.
Entornó los ojos por encima de la mascarilla.—Entonces sabe usted todo lo que sé yo.
No, no lo sé. —¿Cómo pudo determinar que la señora Parker murió de una sobredosis? Estaba tanteando para obtener un avance de su testimonio.
—La toxicología no era complicada. Había suficiente fentanilo en su organismo como para matar a alguien tres veces más grande que ella.
—Tenía un problema de corazón.
—Sin relación con la sobredosis —se bajó la mascarilla—.
El fentanilo es cincuenta veces más potente que la morfina, señor Daley.
Es barato y fácil de producir, así que se está cortando con otras drogas.
También se introduce en pastillas falsas prensadas para parecer auténticas.
Mucha gente no sabe que lo está ingiriendo hasta que es demasiado tarde.
Es especialmente letal para quienes no son consumidores habituales.
—¿Como Annie Parker?
—Exacto.
—¿Y su problema de corazón?
—Su historial médico indicaba que tenía arritmia. Si hubiera buscado tratamiento, es algo que podría haberse controlado con medicación y quizá una intervención menor. Era un problema, pero no mata a una joven de diecinueve años por lo demás sana.
Nuestro perito médico llegó a otra conclusión. —¿La declararon fallecida en el lugar?
—Sí.
—¿Hora de la muerte?
—En algún momento entre las dos y las siete de la mañana.
—¿Puede acotarlo un poco?
—No.
A los médicos forenses no les gusta encajonarse en franjas horarias estrechas.—Tengo entendido que encontraron semen en su ropa.
—Así es.
—Tengo entendido que el ADN de ese semen no coincidía con el de mi cliente.
—No coincidía —alzó una mano—. El hecho de que mantuviera relaciones con alguien que no es su cliente no exime a su cliente de responsabilidad.
—A menos que el tipo con el que se acostó le diera las pastillas adulteradas.
—Eso excede mi ámbito de conocimiento. Es libre de presentar pruebas en ese sentido al jurado.
Por desgracia, no tengo ninguna. —¿Heridas defensivas u otras?
—Ninguna.
—Tenemos motivos para creer que su proxeneta la pegó más de una vez.
—No había hematomas visibles ni otras lesiones. No murió por traumatismo contuso.
—¿Fotos?
—En mi informe.
—¿Alguna otra herida de cualquier naturaleza?
—No.
—Mi cliente afirma que le dio algunas de sus propias pastillas de Oxy que obtuvo del V.A.
—Tengo entendido que el inspector Lee ha verificado que su cliente tenía una receta legítima.
La policía encontró un frasco de pastillas junto al cuerpo de la señora Parker con el nombre y las huellas de su cliente.
Contenía media docena de pastillas prensadas para parecer OxyContin.
En realidad, eran pastillas falsas adulteradas con suficiente fentanilo como para matar a una mujer joven y sana.
No me corresponde prever cómo reaccionará un jurado ante un conjunto de hechos, y no doy consejos a abogados listos como usted.
Por otro lado, si estuviera en su lugar, no basaría mi defensa en la teoría de que la fallecida murió por algo que no fuera una sobredosis de fentanilo.
Yo tampoco. —¿Algún otro no-consejo que quiera transmitirme?
—Me iría al Tenderloin a ver si puede identificar a alguien más que pudiera haberle dado pastillas a la señora Parker —se levantó—. Por favor, dé recuerdos de mi parte a la señora Nikonova y a su madre. Y cuídese. Parece que este virus podría ser bastante serio.
—Gracias, doctora Siu.
—Nos veremos en el juzgado, señor Daley.