8 —Le dio pastillas adulteradas—
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—LE DIO PASTILLAS ADULTERADAS—
—¿Tienes un segundo? —pregunté.
A las diez y media de esa misma mañana, el inspector Kenneth Lee pasó junto a mí en el pasillo, frente a la Brigada de Homicidios.—No puedo hablar.
Me puse a caminar a su lado.—Solo un par de minutos, Ken.
Siguió avanzando. Observé que la cojera por una lesión que se había hecho cuando trabajaba de infiltrado en Chinatown se le estaba acentuando.
A punto de cumplir los cincuenta, llevaba su habitual traje gris marengo de Men’s Wearhouse.
Su pelo, cortado al ras, era ya más plateado que negro.
La cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda estaba de un rojo vivo.
—¿Por favor? —dije—. La madre de Nady está enferma. Probablemente sea el coronavirus. Estoy llevando el juicio por asesinato de Lenny Garcia.
Se detuvo en seco.—¿La madre de Nady va a estar bien?
—No lo sé.
—Dales lo mejor de mi parte a Nady y a su madre.
—Lo haré.
No me sorprendió que Lee preguntara por Nady y su madre.
El Palacio de Justicia es como un pueblo pequeño.
Mucha gente pasa por allí, pero los polis, los fiscales, los abogados defensores, los jueces, los funcionarios y los alguaciles se conocen.
La noticia corre deprisa cuando alguien lo está pasando mal, y la mayoría de los habituales son solidarios.
Aunque Lee y yo nos habíamos enfrentado en los tribunales incontables veces, siempre he respetado su trabajo y nunca se ha hecho personal.
—¿Los niños bien? —pregunté.
—Sí. ¿Y los tuyos?
—Bien.
Su hija mayor cursaba segundo en Cal. La menor estaba en su último año en el instituto Lowell. Compartía la custodia con su exmujer, que era agente de libertad condicional.
—¿Crees que van a cerrar Cal? —pregunté.
Se encogió de hombros.—No me sorprendería que dieran clases a distancia un par de semanas.
—En nuestro despacho nos han dicho que preparemos un plan de contingencia para que todos trabajemos en remoto.
—A nosotros también.
—¿Cómo puede trabajar en remoto un inspector de homicidios?
—No puedo. Va a ser aún más caótico de lo normal —esbozó una media sonrisa—. Al menos podré encargarme de algunos de mis quebraderos de cabeza diarios desde la comodidad de casa.
Sería exagerado decir que me caía bien, pero no me caía mal, y por lo general jugaba limpio.
Con cuarenta y ocho años, este hijo de Chinatown llevaba una docena de años de inspector.
Empezó su carrera trabajando de incógnito en el barrio congestionado donde sus padres tenían una tienda de especias.
Lo ascendieron a Homicidios después de desmantelar a una de las bandas más mortíferas de Chinatown.
Lo formó Roosevelt Johnson. Lee trabajaba solo desde que Roosevelt se jubiló.
Se detuvo en el silencioso pasillo frente a las salas de vistas de la segunda planta.
Un martes normal por la mañana, aquel corredor de techos altos estaría a rebosar de fiscales, policías, agentes del sheriff, abogados defensores, testigos y habituales de sala.
Todo se había vuelto mucho más tranquilo desde que el virus empezó a propagarse.
Lee tomó asiento en el incómodo banco fijo junto a la puerta de la escalera.—¿Entiendo que esto significa que vas a pedir un aplazamiento en el caso Garcia?
—Nuestro cliente no quiere.
—¿Crees que podrás ponerte al día para el lunes?
No tengo alternativa.—Ya lo estoy.
—¿A qué debo el placer de tu compañía esta mañana?
—Esperaba poder convencerte de que me dieras algún detalle más de tu caso.
—¿Has leído mi informe?
—Lo he leído.
—Entonces sabes todo lo que sé yo.
No exactamente.—¿Qué te hace pensar que Lenny le dio las pastillas adulteradas?
—Lo admitió.
—No, no lo hizo.
—Admitió que le dio pastillas.
—Le dio unas cuantas pastillas de Oxy de verdad que consiguió en la V.A. No le dio las adulteradas.
—Su nombre estaba en el frasco, junto con sus huellas. Dentro había media docena de pastillas adulteradas con fentanilo. Si logras venderle tu versión al jurado, ole por ti.
—¿Por qué lo habría hecho?
—Se peleó con la fallecida la noche antes de que muriera. La acusó de robarle el móvil.
—Fue un error. Se disculpó.
—Sí, claro.
—Me dijo que le dio unas Oxy de verdad porque ella tenía unos dolores terribles. Intentaba ayudarla.
Adoptó una expresión escéptica.—Quizá ella no le caía bien. Quizá fue imprudente o simplemente un imbécil. A fin de cuentas, da igual. La amenazó la noche anterior. Le dio drogas ilegales. Ella murió después de tomarlas. Eso es asesinato.
—Tenía una arritmia que podría haberla matado.
—La doctora Siu hizo la autopsia ella misma y concluyó que murió por sobredosis de fentanilo.
La doctora Joy Siu era la prestigiosa médico forense jefe de San Francisco.—Nuestro perito médico llegó a otra conclusión.
—La doctora Siu suele acertar.
—Esta vez no. Confío en que no te opondrás a que hable con ella.
—Adelante, pero no tiene ninguna obligación de hablar contigo.
—No probaréis vuestro caso más allá de toda duda razonable.
—Ese es el trabajo de Andy Erickson —bajó la voz—. Todo el mundo sabe que hay una epidemia de fentanilo en el Tenderloin. Han muerto cientos de personas en los últimos dos años. La mayoría de las veces no podemos averiguar quién suministró el veneno. Esta vez sí.
—¿Considerasteis a otros sospechosos?
—Por supuesto —su voz se llenó de exasperación—. Hay docenas de personas en un radio de seis manzanas de U.N. Plaza que podrían haber vendido las pastillas contaminadas a la fallecida.
—Solo detuvisteis a uno de ellos.
—Porque el nombre y las huellas de tu cliente estaban en el frasco.
—Tengo entendido que había huellas sin identificar en el frasco, y había semen en las braguitas de la fallecida.
—Demuestra que mantuvo relaciones sexuales antes de morir.
—Puede que el tipo con el que se acostó le diera las pastillas adulteradas.
—No encontramos ni una sola prueba de que fuera así —levantó una mano para señalar que nuestra conversación llegaba a su fin—.
No sacamos el nombre de tu cliente de una chistera, Mike.
No presentamos cargos hasta que tuvimos los resultados de la autopsia y casamos las huellas con tu cliente.
Andy Erickson cree que hay pruebas suficientes para acusar y condenar.
A mí me basta. Si estuviera en tu lugar, hablaría con Andy y vería si podéis llegar a un acuerdo.
Tu cliente nunca ha sido detenido por nada más que un hurto en tienda y tenencia.
Quizá Andy te haga un favor y le permita conformarse con homicidio involuntario.
—Ya he hablado con él. No es una opción.
—Entonces nos vemos en el juzgado el lunes.