Doble filo (Elena Malasangre 2) A un paso
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A un paso

El contenedor olía a madera podrida y a meado de gato, y Elena llevaba dos horas y veinte minutos sentada en el hueco que quedaba entre él y la tapia, con la espalda contra los ladrillos y un palé roto debajo del culo.

Por las rendijas de las tablas veía la calle a trozos: una raya de asfalto, la acera de enfrente, la tapia de la nave con su alambre de espino y, al fondo, a unos treinta metros, el muro de hormigón que había dicho Paco.

A su espalda, la tapia tenía un agujero a ras de suelo.

Faltaban cuatro ladrillos y el alambre pasaba por encima sin tocar a nadie.

Se salía por ahí agachada, al descampado, y el descampado daba a una carretera con parada de autobús.

Lo había medido dos veces con los pies antes de sentarse.

Dio la vuelta en el ensanche del fondo con cuatro maniobras que se le hicieron eternas y se quedó con el morro hacia la calle, junto a la nave de la izquierda.

El de la rosa se bajó, golpeó dos veces la persiana con la palma y desde dentro la subieron hasta la mitad.

Unas botas de trabajo. Nada más. Volvió a la cabina, apagó el motor y dejó en marcha la máquina de frío, que seguía golpeteando detrás de la caja como una lavadora vieja.

A las cuatro y veinte se bajó a mear contra la tapia de enfrente, a veinte metros de ella, y no miró hacia el contenedor.

La cuenta la había hecho el miércoles por la noche en el cuarto de Nelly, con el tique del súper abierto sobre la colcha.

Tres hombres, cuatro como mucho, uno armado seguro.

Una cuchilla de cartonero. Una mano que cerraba hasta la mitad.

Junto a «Sacarlas antes de que las muevan» había puesto un signo de interrogación con el boli de Nelly, y esa mañana, en el rellano, Nelly le había dado un bocadillo, una venda más gorda que la del martes y la última pastilla, y le había dicho «No vaya», y ella había dicho «Voy», y las dos habían sabido que era la misma conversación del martes con otro día encima.

Lo que sí cabía en una mano y media costaba treinta y ocho euros.

Una caja negra del tamaño de una cajetilla, con un imán dentro, comprada el miércoles por la tarde en una tienda de móviles de Cuatro Caminos, y una aplicación en el prepago que mandaba un punto cada pocos segundos.

Un punto en un mapa no sacaba a nadie de ninguna caja.

Pero llegaría a donde fueran, y en ese sitio estaría la respuesta a la cuatro del tique: a quién recoge Z.

A las cuatro y media se había mordido tanto la lengua que le sabía a hierro.

El Seat llegó a las cuatro y treinta y cuatro.

Lo oyó antes de verlo, un diésel cascado, y pasó a metro y medio de su cara con el golpe en el paragolpes trasero y el chico de los auriculares al volante, moviendo la cabeza al compás de nada.

A su lado iba el bajito del abrigo largo, con la gorra de paño y los ojos al frente.

Aparcó con el morro pegado a la trasera del camión.

Detrás, a cuarenta segundos, llegó un taxi. Elena oyó cómo aflojaba el motor y se paraba al otro lado de las tablas, y se quedó con el aire en el pecho.

El de la rosa se bajó de la cabina. El bajito se bajó del Seat, se tocó la gorra con dos dedos, como saludando a alguien que no estaba, y sacó un papel doblado del abrigo.

El de la rosa fue hacia la parte de atrás, apartó con la mano un precinto amarillo roto, bajó una palanca y abrió la puerta una cuarta.

Una mano se agarró al borde desde dentro. Pequeña. Elena no veía las uñas desde allí, pero las supo mordidas.

El puño izquierdo se le cerró sin que ella lo hubiera decidido. Debajo de la venda algo se abrió con un chasquido húmedo y el pañuelo se le calentó entre los dedos.

—¿Le espero? —preguntó un hombre, al otro lado de las tablas.

—No.

Una voz de mujer, baja y seca. Una puerta.

Un billete que cayó sobre algo de plástico.

Por una rendija, a treinta centímetros de la cara de Elena, apareció una manga de chaquetón verde botella y una mano sin guantes, de uñas cortas, que se apoyó en el canto del contenedor y se quedó allí.

Tres segundos. Elena dejó de respirar y contó con ella. Luego la mano se fue.

La vio cruzar la calle por otra rendija: el chaquetón subido hasta la barbilla, un gorro de lana, una bolsa de tela colgada del hombro, un cuaderno de tapas duras pegado a la cadera.

Andaba derecha, sin mirar los lados, con el paso de quien lleva un número de portal en la cabeza y está segura de que es el bueno.

O era de ellos, o estaba loca, o era la poli que había ido a ver a Marisa. Los tres casos eran malos. Ninguno estaba en el tique.

La mujer llegó a la acera de la nave y echó a andar hacia el camión, pegada a la tapia.

Elena cogió la cuchilla con la mano buena y no la sacó.

* * *

Tres hombres a la vista. El chico de los auriculares seguía al volante del Seat, con la cabeza ladeada al ritmo de algo que solo él oía.

El de la rosa, junto a la puerta trasera del camión, sujetaba la hoja con una mano ancha, como se sujeta la puerta de un ascensor, y bajo la chaqueta, a la altura del riñón, se le marcaba un bulto.

El bajito del abrigo largo estaba a su lado, con el papel en la mano, sin desdoblar.

Valeria siguió andando. Veinticinco metros. Veinte. Bajo la persiana de la nave, subida hasta la mitad, había un par de botas de trabajo, de pie, quietas, y el borde de un pantalón azul. Cuatro.

No tenía arma. La placa podía enseñarla, y era justo el gesto que no se podía permitir delante de aquel hombre, que el jueves anterior la había mirado en un vagón del metro y que ahora la vería con apellido.

Le quedaba una herramienta, la más vieja: ser una mujer perdida.

Sacó el prepago del bolsillo, lo sostuvo a la altura de la cara con el pulgar sobre la pantalla apagada y fue frunciendo el ceño a medida que se acercaba, que era lo que hace la gente cuando lee una dirección en un sitio donde no hay números.

El de la rosa la vio a quince metros. No se movió. Cerró la puerta de atrás con la palma, sin portazo, echó la barra y comprobó el cierre con el pulgar. La mano había desaparecido. La máquina de frío siguió con su golpeteo regular, y por debajo, o por dentro, algo que no era la máquina.

—Buenas tardes —dijo Valeria, a diez metros—. ¿Es esta la nave que se alquila?

El bajito la miró. Los ojos eran claros, de un azul lavado, y se detuvieron en su cara medio segundo más de lo que se detiene un hombre en una desconocida con un cuaderno.

Ella lo contó, porque contar era lo único que podía hacer sin que se le notara.

Mantuvo la cara de una persona educada que no sabe dónde está.

—Esta no, señora. —Tenía voz de maestro de pueblo, suave, de los que corrigen sin levantar el tono—. La que se alquila es la del descampado, la de antes.

—¿La del cartel? No se lee el teléfono.

—Ya me lo imagino.

—Qué pena. Con lo cerca que está de la A-4.

—Es lo que tiene. —El bajito dobló el papel por sus pliegues, despacio, y se lo guardó en el abrigo, en el bolsillo de dentro, sin dejar de mirarla—. La calle no tiene salida. Si busca la del cartel tiene que volver por donde ha venido.

—Gracias.

—Nada. —Se tocó la gorra con dos dedos. Y luego, sin volver la cabeza hacia el de la rosa—: Nos vamos.

Dos palabras. No dijo «recoge» ni «arranca» ni «cierra la nave». El de la rosa echó a andar hacia la cabina sin mirar atrás. Había oído esa frase otras veces y sabía lo que venía detrás. El chico del Seat se quitó un auricular. Bajo la persiana, las botas no se movieron.

Valeria comprendió que acababa de estropear algo. No sabía el qué. Lo que fuera, pasaba un jueves a las cuatro y media de la tarde, con las mujeres del piso de Usera, si eran ellas, dentro de una caja de acero, y ella había llegado con su bolsa de tela y su cuaderno a preguntar por un alquiler.

Retrocedió hasta la tapia. En el parachoques delantero del camión, a la altura de sus ojos, estaba la matrícula: 1830 LTV. Apuntarla delante de ellos era lo único que no podía hacer, así que la apuntó con la cabeza, dos veces, las cifras por un lado y las letras por otro. La del Seat ya la tenía.

El motor del camión arrancó con un ronquido que le subió por las suelas de los pies.

El de la rosa lo sacó del hueco con dos golpes de volante, y no se acercó a ella.

Abrió la cabina hacia el otro lado de la calle, hacia el contenedor de la entrada, para no rozar a una mujer pegada a la tapia.

Un hombre prudente. Era la peor noticia del día.

La cabina le pasó a metro y medio. El de la rosa iba con la ventanilla bajada y el codo fuera, y la miró desde arriba. No con odio ni con interés. La miró como se mira un coche mal aparcado. La rosa roja le subía por el cuello hasta la oreja.

Después pasó la caja, y el aire frío que se escapaba por las juntas le heló la cara en octubre. Blanca, enorme, con las naranjas lavadas a medias. A la altura de su cadera, por dentro de la chapa, alguien dio tres golpes con los nudillos.

Despacio. Tres. Después nada.

No era una petición. A Valeria no se le ocurrió otra palabra y era la correcta: una comprobación. Alguien, dentro de aquella caja, comprobaba si fuera quedaba alguien.

Se quedó con la boca un poco abierta y no dijo nada.

Si golpeaba la chapa, si gritaba, tendría a cuatro hombres encima y un camión que no se iba a parar, y las seis mujeres seguirían dentro de todos modos.

Lo calculó en lo que tardó la caja en pasar.

Fue la cuenta más rápida que había hecho en su vida, y le salió bien, y le dieron ganas de vomitar.

El Seat pasó pegado a la cola del camión. El chico de los auriculares miraba hacia delante. El bajito, a su lado, giró la cabeza hacia ella a través del cristal y se tocó la gorra con dos dedos.