Doble filo (Elena Malasangre 2) A un paso #2
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A un paso #2

Valeria levantó la mano y le contestó con un movimiento de cabeza. Lo que habría hecho una vecina educada. Cuando el Seat se alejó, tenía la blusa pegada a la espalda por debajo del chaquetón, y contó hasta diez antes de despegarse de la tapia.

* * *

El motor del camión arrancó como la tos de un fumador, y Elena se puso de rodillas en el hueco con el imán en la mano.

Por la rendija vio la cabina moverse. Salía despacio, abriéndose hacia ella, hacia el contenedor, y no hacía falta ser un genio para saber por qué: al otro lado, pegada a la tapia, la mujer del chaquetón verde seguía de pie, y el de la rosa no quería rozarla delante de nadie.

Elena había oído las voces sin entender las palabras.

El tono, sí. Ella, educada; él, más educado todavía.

Cuando dos personas se hablan así en un callejón sin salida, una de las dos miente, y a veces las dos.

Lo que había calculado era esto. La cabina pasaría a un metro y el retrovisor grande le daría un trozo de contenedor y de aire sin ella dentro.

La caja pasaría después. Debajo de la caja, a la altura de su cintura, corría una viga negra de hierro, y el imán se agarraba solo.

Había que sacar el brazo cuando la cabina ya hubiera pasado y meterlo antes de que el Seat llegara a su altura. Un segundo. Dos como mucho.

La cabina le tapó la luz. Pasó la rueda delantera, enorme, con el dibujo lleno de barro seco.

El de la rosa iba mirando al otro lado, hacia la acera, con el codo fuera, y Elena le vio el cuello, la mandíbula y una oreja y no vio más porque se pegó a las tablas con la cuchilla en el bolsillo y la respiración quieta.

Pasó el depósito. Pasaron las ruedas de atrás, y era el momento.

Sacó el brazo derecho hasta el hombro. La caja pasaba tan cerca que sintió el frío en la cara, y la chapa vibraba con la máquina de frío. Tanteó a ciegas, con la palma abierta, buscando hierro.

Y dentro de la caja, a medio metro de su cabeza, alguien rezaba.

Una voz de mujer, baja y rápida, un avemaría entero, sin respirar, el de quien lo lleva repitiendo desde ayer. Elena oyó «Dios te salve, María, llena eres de gracia» y la caja siguió su camino y se llevó el resto.

La mano dio con la viga. Apretó. El imán se pegó con un clac que el motor se tragó, y la tela que lo envolvía se le escurrió entre los dedos y cayó. Retiró el brazo.

El Seat llegó un segundo después. Pasó pegado a la cola del camión, con la ventanilla del conductor a metro y medio de las tablas.

El chico de los auriculares miraba las luces del camión, con la cabeza moviéndose, y movía los labios en una canción.

Elena contuvo la respiración con la cara a veinte centímetros de la goma del retrovisor, y el retrovisor pasó.

En el asiento de al lado, el bajito miraba al frente con la gorra recta y las manos sobre el abrigo.

Después el camión y el Seat se alejaron calle arriba. Elena los oyó girar en la esquina y perderse en la avenida, el diésel cascado detrás del otro, hasta que el ruido se confundió con el de la carretera.

Se dejó caer sentada sobre el palé. La palma izquierda goteaba. Había dejado un hilo oscuro en el suelo, desde las rodillas hasta la mano, y la venda de Nelly estaba pasada de rojo hasta el borde.

Por la rendija vio a la mujer del chaquetón verde.

Seguía en la acera de la nave, a treinta metros, de pie, con la cara vuelta hacia la salida y la bolsa de tela contra el pecho.

Quieta. Miraba el sitio por donde se había ido el camión.

Elena no le veía la cara. Veía un gorro de lana, un cuello subido y unos hombros muy rectos, y veía algo más sencillo: que esa mujer, para irse de allí, tenía que pasar por delante del contenedor, porque no había otro camino, y ella no pensaba estar allí cuando llegara.

Se agachó, se metió por el agujero de la tapia con los hombros de lado y la mano mala contra el pecho, y cuando estuvo fuera, de pie entre cascotes, bajo un cartel de «Se alquila» al que el sol había comido el teléfono, sacó el prepago con los dedos pegajosos y abrió la aplicación.

Un punto azul. Se movía por una calle de nombre largo que no conocía, en dirección a la avenida, a veinte kilómetros por hora.

Seis mujeres en una caja y treinta y ocho euros de plástico negro. Era lo que había.

Echó a correr hacia la carretera, a las cuatro y cuarenta y cuatro, con la mano abierta y goteando, entre latas y cascotes, sin mirar atrás.

El autobús estaba en la marquesina con las puertas abiertas y el conductor leyendo el móvil.

Subió la última, pagó con una moneda de dos euros sin esperar el cambio y se dejó caer en el fondo, con la mano contra el pecho, mientras el conductor la miraba por el espejo, miraba la venda y decidía no mirar más.

Las puertas se cerraron. En el prepago, el punto azul se paraba en un semáforo y arrancaba, paciente, en dirección distinta a la del autobús.

Fue entonces cuando notó que le faltaba algo en la izquierda.

Se palpó el vaquero, la chaqueta, el regazo.

Nada. El pañuelo se había quedado en el suelo, entre el palé y la tapia, con su P y su sangre.

Pensó en la mujer del chaquetón verde, que tenía que pasar por delante del contenedor para irse. Pensó que una inicial no era un nombre.

Y miró el punto azul.

* * *

Escribió de pie, con la espalda contra la tapia y el cuaderno apoyado en el muslo, sin mirar a la persiana. Las botas seguían debajo.

16:42. Camión frigorífico CÍTRICOS DEL LEVANTE, 1830 LTV. Seat gris 8862 JTP. Cuatro hombres: el de la rosa (chaqueta, bulto en el riñón), el bajito, el chico de los auriculares, uno en la nave (botas, pantalón azul). Alguien dentro de la caja. Tres golpes.

Se quedó mirando las dos últimas palabras. No sabía en qué columna iban. La letra le había salido tan derecha como la de las matrículas, y eso le pareció peor que si le hubiera temblado.

Dos matrículas. Podía pasarlas por el sistema en cuatro minutos, desde cualquier terminal de cualquier comisaría de Madrid, y en cinco alguien sabría que la inspectora Cortés, de baja, había preguntado por un camión de naranjas y un Seat.

A Nacho lo habían detenido por una consulta.

Eran dos números con el mismo valor que el papel donde estaban escritos.

Y tampoco tenía a quién dárselos: la fiscal le había dicho que quedaba fuera, el único agente que le habría sacado la titularidad sin dejar rastro estaba suspendido y firmando cada lunes en un juzgado, y el comisario jefe, que era a quien correspondía recibir aquel cuaderno, había entregado en mano un papel doblado al bajito a las quince cuarenta y seis.

Escribió una línea más, debajo. 15:46, Ramiro da papel al bajito. 16:36, el bajito delante del camión.

La leyó. Eran horas. Un atestado lleva hechos y horas, y las conclusiones van en otro folio, y ese folio no existía. Cerró el cuaderno.

Echó a andar hacia la entrada por la acera de la nave. Pasó a veinte metros de las botas sin acelerar y sin girar la cabeza, con el paso de cualquiera. Le costó todo el oficio que tenía.

El taxi se había ido. Donde había parado, junto al contenedor de palés rotos, quedaba una mancha de aceite en el asfalto y nada más.

Valeria se detuvo en el canto, con la espalda pegada a las tablas, como se enseñaba en los cursos de Ávila, y se asomó por el hueco que quedaba entre el contenedor y la tapia.

Un palé aplastado. No roto: aplastado, con las tablas hundidas en el centro por el peso de alguien que había pasado allí un buen rato.

Unas gotas oscuras en el suelo, de ahí al pie de la tapia.

Y en el polvo, entre dos astillas, un trozo de tela blanca con una mancha roja que todavía se estaba extendiendo.

Sacó un clínex del bolsillo del chaquetón y lo levantó con él por una punta.

Era un pañuelo de caballero, de algodón fino, doblado en cuatro, deshecho, empapado hasta la mitad. En una esquina, bordada a mano con hilo azul, una P.

La sangre no se había oscurecido. Se le pegó a la yema del dedo a través del papel.

Valeria se quedó agachada con el pañuelo en la mano y la cabeza vacía durante un segundo largo.

Después le fue llegando todo por orden. Había apoyado la mano en ese contenedor al bajar del taxi, en ese canto, mientras se subía la cremallera.

Y a un palmo, al otro lado de las tablas, en un hueco de medio metro, alguien con una herida abierta había estado sentado sin respirar.

Lo había oído todo: al taxista, su propio «No», la conversación con el bajito.

Había visto cómo se alejaba el camión desde dos metros de distancia.

No había salido ni había dicho nada, y eso no lo hace un curioso.

Lo hace alguien que tiene algo que perder en esa caja.

Miró la tapia. Al ras del suelo faltaban cuatro ladrillos, y por el agujero se veía el descampado, los cascotes, un cartel sin teléfono y, al fondo, una carretera. Nada se movía. Cuatrocientos metros más allá, un autobús paró en una marquesina, esperó y arrancó.

P. Don Paco, que tenía su nombre y su número en la foto de un móvil que dormía en una mesilla de Carabanchel Alto, a la vista.

También era la inicial de Pilar, la del sobre, y de media agenda.

Pero la sangre era de hoy, y el sitio era este, y un pañuelo con una inicial bordada no lo lleva cualquiera, ni se lo presta a cualquiera.

Alguien de la gente de Paco, entonces. Escondido a un metro del camión.

Escondido de ellos, o con ellos, que era lo único que no podía saber.

Abrió el cuaderno otra vez, apoyado en la rodilla. Detrás del contenedor, hueco en la tapia. Pañuelo de algodón, P azul, sangre fresca (menos de diez minutos). Alguien estuvo ahí mientras yo bajaba del taxi.

Metió el pañuelo en la bolsa de tela, con la mancha hacia dentro, y se limpió el dedo en el chaquetón.

Salió a la avenida sin correr. A su espalda, la persiana de la nave bajó del todo con un golpe de chapa.