Cuerpo a cuerpo #3
Se echó sobre ella arrastrando la rodilla rota, torpe y demasiado cerca.
Elena le cogió la muñeca con la mano mala y la apartó, y la hoja le rozó el costado y le abrió el abrigo, y el dolor de la palma fue tan blanco que le cegó un lado de la cabeza.
Le hundió la cuchilla en el muslo, tres centímetros, por encima de la rodilla buena.
El rapado aulló. La navaja cayó al suelo.
Los dos rodaron en el agua y el hielo, y él le puso las manos en la cara, los pulgares en los ojos, y ella mordió.
Notó el sabor del metal. Se le doblaba el brazo, y el peso del rapado seguía encima.
—Ya.
Una sola sílaba, dicha sin elevar la voz, con una calma de profesor. El rapado se quedó quieto. Alguien lo cogió por la nuca y se lo quitó de encima.
Elena abrió los ojos.
En la puerta del pasillo, con la chaqueta de cuero marrón y las manos en los bolsillos, estaba Paco. Detrás de él, un hombre de gris, con la cara aburrida y una pistola en la mano, apuntaba con el cañón al suelo, a la altura de la cabeza del rapado.
Paco se sentó en una caja de pescado volcada, con una mueca por la cadera, y se sacó un pañuelo de tela del bolsillo. Se lo tendió.
—Para la mano. Está peor que mi rodilla.
Elena no lo cogió. Estaba sentada en el suelo, empapada, con la espalda contra la pared y la cuchilla todavía en la mano derecha, abierta, con una gota roja en la punta.
El hombre de gris había puesto al rapado de pie, o de lo que se pudiera llamar pie, y lo sostenía por la nuca. El alto no se movía.
—Le dije la semana pasada que lo de mi gente era una iniciativa personal —dijo Paco—. Ahora lo repito con testigos. Quique. —El rapado levantó la cabeza—. Te dije que no.
—Don Paco…
—Te lo dije por teléfono y te lo dije en persona.
Que Samuel era un buen chico, que lo mató un asustado con una barra, y que no iba a haber más muertos por eso.
—Al hombre de gris—: Llévatelos al coche.
A los dos. Y que alguien los limpie y los lleve a donde corresponda.
A Quique lo quiero esta noche en mi casa.
—Sí, jefe.
Se los llevaron. Quique, cojeando, con la cabeza gacha y la pierna goteando; el alto, con la manga hecha jirones sujeta con la mano sana. Al pasar por la puerta verde, el rapado volvió la cabeza y miró a Elena con el ojo menos hinchado. No dijo nada. No hacía falta.
Cuando se quedaron solos, Paco sacó un cigarrillo, lo miró, y lo guardó otra vez en la cajetilla.
—Hay un hombre ahí fuera que dice que se llama Wilson y que quiere denunciarme por daños en su local.
Se lo voy a arreglar con un sobre. —Suspiró—.
Me ha costado dos días encontrarla, señorita.
Esta ciudad es muy grande y usted es muy buena escondiéndose.
No me gustaría que mi gente hubiera llegado antes.
—Lo ha conseguido.
—He llegado tarde, que es distinto. —Se inclinó, apoyó los codos en las rodillas—.
Tiene una oportunidad, y se la voy a explicar rápido, porque en cuanto Wilson termine de llorar vendrá a limpiar el suelo.
El jueves. Mañana. Hay un sitio en Villaverde donde el bajito reparte a las seis mujeres, un callejón sin salida detrás de unos almacenes de palés, con un muro de hormigón al fondo.
Entre las cuatro y media y las cinco. Va él con un chico que conduce, el camión con el de la rosa en el cuello, y a veces uno más. Tres hombres, cuatro como mucho.
Elena lo miró. Paco no sonreía.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque mi gente hace de escolta un día al mes, y ese día no es mañana, que es lo que lo hace interesante. —Hizo una pausa—. Yo no puedo tocar eso. No es mío. El que manda en esas mujeres no soy yo, y el que manda en mí tampoco soy yo. Con esto le estoy diciendo más de lo que debería.
—¿Y yo qué hago con tres hombres?
—Eso es cosa suya. A mí me parece que se las arregla. —Miró el suelo, el hielo, la sangre, la navaja—. Eso sí, si yo le doy el sitio y la hora, usted me trae la copia.
—Después.
—¿Después de qué?
—De que las seis estén fuera. Vivas.
—¿Y si no están?
—Entonces la copia no le va a hacer falta a nadie.
Paco se rio. Fue una risa muy corta, por la nariz, sin ruido.
—Es usted dura de pelar. —Se levantó con las dos manos en las rodillas, dejó el pañuelo en la caja donde se había sentado y le dio la espalda—. Cuide esa mano. Y no vaya al hospital.
—¿Por qué no?
—Porque si va, se acuerdan de usted. Y porque le prohíbo morirse antes del jueves.
Se fue por el pasillo, sin prisa, con la mano en la cadera.
Elena se quedó mirando el pañuelo. Era de tela, de algodón, doblado en cuatro, con una P bordada en una esquina, con hilo azul. Lo cogió con la mano derecha y lo apretó contra la palma izquierda. Se le empapó enseguida.
Wilson apareció en la puerta con un cubo y una fregona, y la mirada de quien acaba de ver a un cliente tirarse al mar.
—Doña Nelly me va a matar —dijo.
—Dígale que lo ha pagado un señor.
—Un señor que me ha dejado un sobre en el mostrador sin decir cuánto. —Dejó el cubo—. ¿Se puede levantar?
Se podía. Veintinueve horas, con un poco de suerte, y una mano que no iba a cerrarse en menos de una semana.
Sacó el blíster del bolsillo del abrigo y se tragó la penúltima pastilla en seco, en medio del olor a pescado, a sangre y a lejía.
Después cogió el carro de Nelly, que seguía junto a la pared, y salió por debajo de la persiana a la calle de atrás.