Doble filo (Elena Malasangre 2) Cuerpo a cuerpo #2
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Cuerpo a cuerpo #2

Salió por el otro lado, al pasillo de las especias, y detrás de ella cayó una fila de cestas con estrépito y alguien dijo: «¡Qué modos!

». Cuando recuperó el carro, un chico se lo estaba devolviendo con cara de vergüenza ajena.

Elena le dio las gracias sin mirarlo y siguió empujando, con el corazón en las sienes, hacia el fondo.

Al fondo del último pasillo estaba la pescadería.

Un mostrador de mármol cubierto de hielo picado, doradas con los ojos claros, un pulpo enorme medio vivo, y detrás, con un delantal blanco manchado y el pelo negro recogido bajo un gorro, un hombre de unos cincuenta años con dos manos como palas.

Levantó la vista al verla acercarse con el carro de Nelly.

—¿Doña Nelly?

—Me manda.

—Pase por el lado, mija. La puerta de atrás. Cuidado con el suelo, que se resbala. —Y sin cambiar de tono ni de cara, alzó la voz para la señora que estaba pidiendo—: ¿Doradas o lubina? Las doradas están hoy de lujo.

Elena pasó por un hueco al lado del mostrador, atravesó una cocinilla con una nevera, un microondas y un calendario de la Virgen, y una puerta metálica verde que daba a un pasillo de cemento mojado. Al final, una luz blanca. Un muelle de carga.

Dejó el carro junto a la pared. Se quitó el pañuelo de la cabeza y se agachó para mirar el sitio.

El muelle era un rectángulo de cemento de seis metros por ocho, con un desagüe en el centro y un suelo que brillaba de agua sucia.

A la izquierda, cajas de plástico azul apiladas hasta la cintura, con hielo picado y cabezas de pescado.

En la pared del fondo, una persiana metálica subida a media altura, por donde entraba la luz gris de la calle de atrás y el ruido de un camión de reparto.

Una Kangoo con las puertas abiertas. Y a la derecha, junto a la puerta verde por la que había entrado, un extintor rojo colgado de un gancho, con el precinto de plástico intacto.

Elena lo descolgó. Pesaba como un niño pequeño. Le arrancó el pasador con los dientes, porque la mano izquierda no servía y la derecha tenía que sujetar, y se pegó a la pared, detrás del marco de la puerta.

No tenía plan, sino una lista corta: dos hombres, una puerta, una sola oportunidad de que el primero entrara sin saber dónde estaba ella.

El mercado seguía sonando al otro lado, un rumor de voces y de carros.

Se limpió la palma buena en el abrigo. Notó el latido de la otra, bajo la venda, a un ritmo más lento que el del corazón, como si no tuviera prisa por avisarla.

Oyó cómo se abría la puerta de la pescadería y la voz de Wilson, muy tranquila:

—Señores, por ahí no se puede pasar. Es privado.

Una respuesta que no entendió. Un golpe seco, de hombro contra madera. La voz de Wilson otra vez, ya sin tranquilidad:

—¡Que es privado, carajo!

La puerta verde se abrió hacia dentro.

El rapado entró primero, como había supuesto, con la cabeza adelantada y las manos medio levantadas.

Elena apretó la palanca. El chorro blanco lo cogió en plena cara, con un ruido de serpiente enorme, y el hombre soltó un rugido y se echó hacia atrás a ciegas, con los brazos delante, dando manotazos al aire.

Una mano le rozó el pómulo. No dolió, de momento.

Le metió el pie en el costado de la rodilla con todo el peso del cuerpo, de lado, una patada de las que se aprenden pronto o no se aprenden, y la rodilla hizo un ruido como una rama verde.

Cayó de bruces, gritando y escupiendo espuma.

El otro no se paró a mirar. Venía detrás, alto, con la cazadora abierta, y cuando Elena giró el extintor hacia él ya lo tenía encima.

Le arrancó el aparato de la mano de un golpe del antebrazo, le agarró el abrigo por el cuello, y la lanzó contra las cajas azules.

Elena cayó con ellas. El hielo le entró por el cuello, y las cajas se desparramaron por el suelo con un estruendo de plástico y pescado.

El alto estaba encima de ella antes de que pudiera respirar, con una rodilla en el pecho y las dos manos buscándole la garganta.

Era fuerte y no tenía prisa. Ese fue el error.

Con la mano derecha buscó el bolsillo del abrigo, y la cuchilla de cartonero, y sacó la hoja con el pulgar, y mientras él apretaba, sin rabia, con la cara de quien apila cajas, le cortó el antebrazo de arriba abajo, desde la muñeca hasta el codo, una línea limpia que se abrió con un silbido de aire.

El hombre soltó. Retrocedió mirándose el brazo, con la boca abierta, y la sangre empezó a caer en el hielo, muy roja, muy rápida.

Elena rodó, recogió el extintor del suelo, se puso en pie con la espalda en la pared y el abrigo chorreando agua helada, y lo levantó a dos manos, con la izquierda gritándole desde la venda, y le dio en la boca con el culo del aparato.

Cayó sentado. Escupió un diente.

Durante tres segundos no se oyó otra cosa que respiraciones.

Elena tenía la mano izquierda abierta otra vez, la venda negra de sangre, y un temblor en el brazo que no era miedo.

Miró a los dos hombres. El alto, sentado contra las cajas, con la manga cortada y la cara blanca.

El rapado, dos metros más allá, de rodillas, con la cabeza gacha, vomitando espuma y limpiándose los ojos con la manga.

Entonces el rapado levantó la cabeza.

Tenía los ojos rojos, hinchados, y una sonrisa de dientes pequeños. Sacó del cinto, a la espalda, una navaja de las de muelle, que abrió con un chasquido.

—Samuel —dijo, en un hilo de voz, como si fuera una contraseña—. Era Samuel.