Cuerpo a cuerpo
El autobús de Valencia entró en la Estación Sur a las cinco y veinte de la madrugada del martes, con la lluvia pegada a las ventanillas y treinta y tantos pasajeros dormidos con la boca abierta. Elena fue la única que bajó despierta.
Había dormido tres horas desde el domingo, a trozos, con la frente en el cristal y la mano izquierda apoyada en el pecho para que no le latiera tanto.
La gorra de visera, las gafas de pasta. Pasó por delante de la cafetería sin entrar, dejó que la gente con maletas la rebasara y se metió en los servicios, donde esperó hasta que abrieran el metro, de pie, junto al secador de manos que no funcionaba, mirándose en el espejo a una mujer a la que le habían salido ojeras de otra persona.
Lo único bueno de volver a Madrid era que ya no hacía falta mentir sobre dónde estaba. Lo malo era todo lo demás.
A las siete menos diez llamó al timbre de Nelly, dos veces corto y una largo, y la puerta cedió sin preguntar.
Nelly la esperaba en el rellano del tercero, con la bata de flores, los rulos puestos y la cara que ponía cuando alguien llegaba tarde a cenar.
—Entre, entre, que parece que la sacaron del río.
La sentó en la cocina, le puso una toalla en los hombros y le quitó la venda de la palma sin preguntar, con la misma cara con que habría quitado cosas peores en veinte años de noches en una clínica de Guayaquil.
Elena miró al techo. La tira de manga se despegó con un ruido de cinta, y debajo, la palma izquierda tenía el corte abierto por el borde de arriba, un labio hinchado y amarillento, y olía a algo que no era tierra.
—Esto lo ha abierto usted agarrando algo.
—Un tubo. Una tapia. Un naranjo.
—¿Y ha ganado el naranjo?
—Le saqué dos naranjas.
—Qué lástima. —Nelly mojó una gasa en suero y empezó a limpiar el borde con la punta de los dedos, sin prisa—. Aguante, que esto escuece, y no se me haga la valiente. Las valientes terminan sin mano.
Escoció. Elena apretó la mandíbula hasta que le dolieron las muelas y miró la nevera, con su imán de la Virgen de El Cisne y la lista de la compra escrita con lápiz de carpintero.
Treinta y cinco segundos. Había aprendido a contarlos.
Después Nelly secó, puso yodo, cerró con tres tiras nuevas y vendó con una venda de verdad, blanca y limpia, y la mano pareció, por primera vez en tres días, la de una persona.
—Las pastillas —dijo Nelly.
—Quedan dos.
—Son para el dolor, no para que se haga la fuerte. Una a la noche, y si le sube la fiebre, me avisa y vamos a urgencias aunque usted no quiera. —Se lavó las manos en el fregadero y se quedó un momento de espaldas—. Ayer vinieron.
Elena levantó la cabeza.
—¿Quién?
—Dos. A las siete de la tarde. Uno rapado, con una cicatriz detrás del cuello, de esas blancas.
El otro más alto, con una cazadora de cuero y cara de no haber reído nunca.
Preguntaron en el bar de abajo por una chica de pelo corto con la mano mala.
Chema les dijo que no sabía nada, que él es de Cuenca.
—Se volvió—. Chema siempre dice que no sabe nada hasta que le ponen mil euros delante.
—¿Y los vio usted?
—Desde la ventana. Estuvo un coche blanco en la esquina hasta las diez, con un golpe aquí. —Se tocó el costado de la cadera—. No me sé de marcas, mija.
—Un Ibiza.
—Será.
—7731 KJP.
—No me lo sé de memoria.
—Yo sí.
Nelly la miró un buen rato. Después sacó de la alacena una taza, la llenó de agua del grifo, y la puso delante de Elena como si fuera un tribunal.
—Bébase eso. Y ahora me cuenta qué es lo que viene detrás de esa matrícula.
Elena se lo contó en cuatro frases, que fueron las que se podía permitir.
Que un hombre mayor tenía a un grupo de gente, que parte de esa gente no le hacía caso, y que ella le había cogido algo.
No dijo cuánto. No dijo qué. Nelly asintió despacio, y cuando acabó no hizo ninguna de las preguntas que Elena había preparado respuestas para evitar.
—Pues se queda —dijo.
—No.
—Se queda hoy y se queda mañana. La mano no se la lleva a ningún lado hasta que cierre.
—Nelly, esos vienen por mí y usted está en medio.
—Mija, yo estoy en medio desde el día que le alquilé la habitación. —Cogió el trapo de cocina, lo dobló en cuatro y lo dejó sobre la mesa—. Y con eso no digo que me guste. Digo que ya está hecho.
Elena no discutió. No tenía fuerzas, y tampoco razón.
Durmió desde las ocho hasta las tres, vestida, encima de la cama, con la persiana medio bajada y las zapatillas puestas, y soñó con un camión que no arrancaba. Cuando abrió los ojos, la habitación tenía el color de las tardes de octubre. Sacó el móvil de Paco de debajo de la almohada y lo encendió.
Dos mensajes. El de las 12:51, que ya conocía. Y otro, de las 02:14, que no.
Veo que sigue sin contestar. Lo entiendo. Lo que no entiendo es que usted crea que yo mando en toda mi gente. Hablemos. Hoy o mañana. P.
Lo leyó dos veces. No había pregunta, y eso era lo que más le gustaba de él: que no preguntaba nunca.
Escribió Su gente está en mi portal desde ayer.
O la retira o lo hablamos con ellos delante.
Lo borró. Escribió Cuándo y dónde. Lo borró también.
Apagó el móvil y lo volvió a meter debajo de la almohada.
Tenía la lista del ticket del súper en el bolsillo, sobada de tanto doblarla.
Sin policía. Sacarlas de ahí antes de que las muevan.
Una voz que no sea la mía. A quién recoge Z.
Había tachado la última en Valencia, aunque sin cerrarla del todo.
Y la primera seguía en pie por culpa de una inspectora que estaba de baja y que sabía su nombre completo.
Eso era lo que hacía que dos hombres y un Ibiza fueran un problema menor.
A las nueve y diez de la noche, el coche blanco volvió a la esquina.
Elena apagó la luz y se quedó mirando, desde detrás de la cortina, cómo se encendía a ratos la brasa de un cigarrillo dentro del coche. Fumaba Marlboro. De él, era lo único que le gustaba menos que su cara.
Tenía una noche, un día y una mano.
* * *
Salió el miércoles a las diez y veinte por el portal de delante, con el carro de la compra de Nelly, un pañuelo de cuadros en la cabeza y las gafas de pasta, y esa forma de andar un poco encorvada que había aprendido de las señoras que hacen la compra con la tensión alta.
No miró la esquina. Hizo las dos cosas que se hacen cuando uno sabe que lo miran: tirar del carro por el bordillo con la mano buena, torpemente, y pararse a mirar el escaparate de una tienda de móviles a leer los precios con los labios.
En el cristal, a su espalda, se abrió la puerta del Ibiza blanco.
El rapado salió el primero. Tenía el cuello de toro, la cabeza como una bola de billar y la cicatriz detrás de la oreja, blanca y torcida, como si le hubieran hecho una cremallera.
Cerró el coche con la llave, sin prisa, y echó a andar por la acera de enfrente con las manos en los bolsillos de una cazadora negra.
Por el otro lado de la calle, desde un portal, salió otro hombre, más alto y más delgado, con cara de no haber reído nunca. Dos. Si había un tercero, no lo veía.
Elena siguió leyendo precios.
La semana anterior, cuando el rapado dejó de vigilar la casa de Marisa por orden de Paco, había pensado que se iría a ponerse hielo en el orgullo. Pero los hombres como él no se iban a ningún sitio. Se quedaban, y esperaban a que el jefe que los había retirado se fuera a la cama.
Tiró del carro hacia Bravo Murillo.
La noche anterior, mientras Elena fingía dormir, Nelly había hecho tres llamadas desde la cocina, en voz baja, en ese español de la sierra que se le arrastraba cuando no quería que la entendieran.
Después había dibujado un mapa en el reverso de un tique del supermercado.
«Wilson es mi compadre. Vende pescado en Maravillas, en la última fila, la del fondo.
Por detrás tiene una puerta que da al muelle de carga.
No haga preguntas, haga lo que le diga.» Elena había mirado el tique, con sus cruces y sus flechas, y había pensado: Esta mujer habría sido una buena jefa de algo.
Bravo Murillo a las diez y media del miércoles era un río sucio y lento de señoras con carro, repartidores, chicos con auriculares, obras y autobuses.
Anduvo cuatro manzanas. A la altura de la calle del Marqués de Viana se detuvo a atarse un zapato, y en el escaparate de una zapatería de saldos vio dos reflejos que se paraban a la vez.
Uno, a quince metros, fingiendo mirar el móvil.
Otro, al otro lado de la calle, junto a un puesto de cupones.
Se metió la mano izquierda en el bolsillo del abrigo, con la venda dentro, y siguió.
El mercado de Maravillas ocupaba medio bloque, con su fachada de ladrillo y la entrada principal ancha como la de un hospital, y a esa hora olía a pescado, lejía, perejil y abuelas.
Elena entró por la puerta de la derecha, empujó el carro por el pasillo central, entre una carnicería con dos hombres gritando precios y un puesto de especias con sacos abiertos, y no corrió.
Los pasillos eran estrechos y estaban llenos: señoras con carritos de tela, un chico con un pavo desplumado en cada mano, una cola de siete personas para el pollo.
Detrás, cuarenta metros, el rapado cruzó la puerta y empezó a abrirse paso con el hombro.
Elena torció a la izquierda, al pasillo de las frutas. Una montaña de naranjas, perfectamente colocada, con el cartel «De Valencia». No se rio, porque no tenía de qué.
Al final del pasillo apareció el alto. Había entrado por la otra puerta, con la cazadora abierta y una mano metida en el bolsillo interior, y se quedó parado a diez metros, por encima de una pirámide de manzanas.
Se miraron. Él no sonrió. Elena soltó el carro, que se fue rodando solo hacia los pies de una anciana, giró en seco y se metió en una carnicería por el hueco del mostrador, entre una señora que pedía costillas y un carnicero con un hacha en la mano.
El carnicero la miró, la miró otra vez y volvió a su costilla.
—Perdone, perdone.