Doble filo (Elena Malasangre 2) El sitio de siempre #3
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El sitio de siempre #3

La campanilla sonó otra vez. En la acera, el aire de octubre le dio en la cara.

Por la calle bajaba un taxi con la luz verde, y levantó la mano antes de decidir nada.

El coche se arrimó. Un hombre de cincuenta y tantos con bigote y un San Cristóbal colgado del retrovisor, la radio puesta en un partido de la Segunda.

—Ese Seat gris de ahí, el de los cascos. Sígalo sin pegarse. Si para, usted para.

—¿Es marido?

—Es trabajo.

—Pues serán dos tarifas, entonces. —El taxista se rio él solo—. Era broma. ¿Policía?

—Cliente.

—Eso es lo que dicen los policías.

La furgoneta de reparto arrancó. El Seat arrancó con ella, torció a la derecha al final de la calle y desapareció. El taxi lo siguió, con la calma de quien lleva treinta años siguiendo a coches en Madrid sin saber dónde acaban.

Valeria apoyó la cabeza en el cristal. Eran las cuatro menos cuarto.

A las cuatro y seis, Noelia Prieto, con sus zapatillas que ya pedían suela nueva, llamaría a un timbre sin leer los nombres, y le abriría un hombre en mangas de camisa que acababa de despedir a otro con una mano en el hombro.

Y ella iba en un taxi, detrás de un Seat gris, a otro sitio.

Era una mala decisión y lo sabía. Una vigilancia se apoya en lo que ya se conoce, y ella soltaba lo conocido por lo que no lo era. Dejó la decisión para más tarde y miró por la ventanilla.

Castellana abajo, con el sol bajo entre los edificios de oficinas y el tráfico que se espesaba.

Cibeles. Atocha, con el Ministerio de Agricultura a un lado y la cuesta de Moyano al otro, a doscientos metros de donde había comprado un libro por veinte euros.

Las rondas. La glorieta de Embajadores, y después la avenida de Andalucía, ancha y cansada, con sus concesionarios y sus talleres, y finalmente una autovía donde los edificios iban perdiendo ventanas hasta dejar solo muros.

El Seat no hacía nada raro. Cambiaba de carril cuando tocaba, respetaba un semáforo en ámbar, ponía el intermitente con tiempo. El conductor llevaba los auriculares y tarareaba, seguramente.

—Se mete a Villaverde —dijo el taxista, a las cuatro y veinte—. Ahora todo es polígono. ¿Qué buscamos?

—Lo que haga.

—Mire, que esto yo lo conozco. Por aquí nadie va en Seat a ver a un familiar.

Valeria abrió el cuaderno sobre la rodilla y escribió, sacudida por el coche: 16:20.

Autovía A-4, hacia Villaverde. Y debajo, con la letra que le temblaba un poco en cada bache: Papel doblado en cuatro, de Ramiro al bajito.

Lo leyó entero y se lo guardó en el interior del abrigo.

No sabía qué ponía. Un mapa, una lista. Un papel que Ramiro había traído de su despacho en la camisa, a las dos, y había entregado a las cuatro menos catorce en el escalón de un portal con una mano en el hombro de un hombre que saludaba con dos dedos.

El Seat tomó una salida. Pasaron una gasolinera cerrada, una fábrica de palés con las naves vacías, y un descampado con un cartel de «Se alquila» tan desteñido que ya no se leía el teléfono. El taxi cogió la misma curva.

—Ahí —dijo el taxista, y bajó la voz sin querer—. Se mete en la calle de los almacenes.

Era una calle corta, sin salida visible, entre dos tapias de ladrillo con alambre de espino.

Detrás de la tapia de la izquierda, la pared gris de una nave con la persiana metálica subida a medias.

Al fondo, la calle terminaba en un muro de hormigón.

Junto a la persiana de la nave, aparcado con la trasera hacia ellos, había un camión.

Un camión frigorífico blanco, grande, con una caja alta y la pintura de los laterales cansada. En el costado, medio borradas por el lavado, unas naranjas dibujadas junto a unas letras verdes. CÍTRICOS DEL LEVANTE.

—Pare aquí —dijo Valeria—. En la esquina. No se meta.

El taxista frenó junto a un contenedor lleno de palés rotos.

Desde allí se veía todo, a treinta metros: el Seat gris, que acababa de pararse con el morro pegado a la trasera del camión, y detrás, el chico de los auriculares, quieto al volante.

En la cabina del camión se abrió una puerta y bajó un hombre grande, de unos cuarenta años, con el cuello grueso como un tronco y, subiéndole desde el cuello hasta detrás de la oreja, el dibujo de una rosa roja.

El bajito del abrigo largo salió del Seat. Se tocó la gorra con dos dedos. Metió la mano en el abrigo y sacó el papel doblado.

Desde dentro del camión llegaba un ruido regular, metálico, el golpeteo de una máquina de frío mal sujeta. No sonaba a fruta.

El hombre de la rosa fue hacia la parte de atrás, rodeando la caja. Había un precinto amarillo en la puerta, roto y retorcido, y lo apartó con la mano como se aparta una telaraña. Bajó la palanca de la cerradura. La puerta se abrió una cuarta, con un chirrido largo.

Una mano se agarró al borde, desde dentro. Pequeña, con las uñas mordidas y un hilo azul de lana enredado en el dedo.

—¿Le espero? —preguntó el taxista.

—No.

Valeria dejó un billete de veinte sobre el salpicadero, no esperó el cambio, y bajó del coche. Apretó el cuaderno contra la cadera, subió la cremallera del chaquetón hasta la barbilla, y echó a andar por la acera de los almacenes, pegada a la tapia, hacia el camión.