Doble filo (Elena Malasangre 2) El sitio de siempre #2
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El sitio de siempre #2

Valeria tenía el móvil de prepago en el bolsillo del chaquetón, con la cámara pequeña que traía de fábrica, dos megapíxeles y un flash que no pensaba encender.

Había sacado dos fotos del taxi y de una espalda, y las dos habían salido peor de lo que merecían.

Escribió en el cuaderno, con la letra pequeña: Jueves, 14:12.

Ramiro llega en taxi, a pie del 14. Llave en la mano desde la esquina.

Gafas de sol. No mira atrás. Y debajo, con otra tinta: Zapatero: jueves, dos años, una distinta cada vez.

¿Te veo mañana en el sitio de siempre? Te echo de menos.

Lo había leído en el móvil negro, en una foto hecha con el pulgar mientras Ramiro dormía.

Un sitio de siempre tiene una dirección, una llave y una costumbre.

A ella le había costado una semana llegar hasta la puerta. Él llevaba dos años haciendo el camino.

A las tres y diez pasó por la acera un hombre con gorra de paño y las manos a la espalda. Se le subió el corazón a la boca. Era un jubilado con una barra de pan debajo del brazo, que siguió calle arriba sin mirar a nadie.

A las tres y diecinueve entró por la calle, desde abajo, un Seat gris.

No era un coche que mirara nadie dos veces: un Altea de hace diez años, polvoriento, con un golpe en el paragolpes trasero y una pegatina de la ITV descolorida.

Valeria lo habría dejado pasar si no se hubiera parado en doble fila justo a la altura del portal, con el motor en marcha.

Al volante, un chico joven con auriculares, el pelo muy corto, que miraba hacia delante con la cara de quien ha dejado la cabeza en la música y el cuerpo en el coche.

8862 JTP.

La puerta de atrás se abrió y salió un hombre.

Bajo, de sesenta y pocos años, con un abrigo largo gris pizarra, abrochado hasta el cuello con la tarde templada, y una gorra de paño.

Un bigote corto y blanco. Cerró la puerta del coche con las dos manos, con cuidado, y se quedó un segundo en la acera con las manos a la espalda, mirando los balcones como si fuera a comprarlos.

Después se llevó dos dedos a la visera y saludó a la calle.

A Valeria se le quedó el pie quieto, a medio camino de la bolsa.

El hombre de la gorra. El del metro, el de la semana anterior, el que había seguido a Noelia con ese paso de paseante y que luego, por un momento, la había mirado a ella y se había tocado la gorra con la misma educación.

Un hombre que saluda con dos dedos a quien está vigilando.

Así saludan los que no tienen nada que temer.

Llamó al timbre sin leer los nombres, con el dedo puesto antes de llegar, y la puerta zumbó al instante.

—Ese viene los jueves también —dijo el zapatero, masticando—. Siempre en doble fila, siempre el chico con los cascos. Una vez le pedí que moviera el coche, porque me tapaba el escaparate. Lo movió cuatro metros.

—¿Desde cuándo?

—Pues… desde que me acuerdo. ¿Un año? Llega a las tres y pico y se va al rato. No deja ni propina, y eso que no le he arreglado nada.

Valeria sacó el móvil, fingió leer un mensaje, y apretó el botón con el pulgar. El Seat, la matrícula, la nuca del chico. Otra, con el zoom entero, al portal. Las fotos serían basura. Las hizo de todas formas.

Veintisiete minutos más.

A las cuatro menos catorce, la puerta del 14 se abrió desde dentro.

Salió primero el hombre bajo, con las manos todavía a la espalda y un pie en el escalón. Y detrás, en la puerta, sin abrigo, con la camisa blanca y la corbata aflojada un dedo, salió Ramiro.

Valeria dejó de respirar.

Estaban a doce metros. Habría bastado una sola mirada de él hacia el escaparate del zapatero, un cristal con tacones colgando, un cartel, un hombre con un delantal.

El taburete quedaba detrás de una fila de suelas.

Ella se echó hacia atrás, hasta que el respaldo de la pared le tocó los omóplatos, y se quedó con los dos zapatos en el regazo, como si esperara a que se los arreglaran.

Ramiro miró la calle de arriba abajo con el gesto metódico de quien la ha mirado cientos de veces. Los ojos pasaron por el escaparate y siguieron.

Dijo algo al hombre bajo. No lo oyó. La radio hablaba de un partido, y el zapatero había empezado a golpear una suela. Vio solamente la boca, una frase corta, y el otro asentir, con una sonrisa pequeña y sin dientes. Ramiro sacó del bolsillo de la camisa un papel doblado en cuatro. Se lo dio.

El bajito lo desdobló allí mismo, sin prisa, y lo leyó con los labios apretados. Leyó hasta el final. Luego lo guardó en el abrigo, en un bolsillo interior, con el mismo cuidado con que había cerrado la puerta del coche.

Ramiro le puso una mano en el hombro.

Valeria miró esa mano. Tenía anillo de casado, como siempre.

Era la mano que le había apretado la base del cuello, con los pulgares, el jueves anterior en la cocina.

Ramiro apenas tocaba a nadie. Lo había visto con ministros y con la madre de un agente muerto en acto de servicio, y siempre eran dos dedos en el codo, o la palma en la espalda un segundo.

En el hombro, nunca. En el hombro se pone la mano a un igual.

El hombre bajo se llevó otra vez dos dedos a la visera.

Subió al Seat. El chico se quitó un auricular. El coche arrancó sin prisa, calle abajo, con el intermitente puesto.

Ramiro se quedó un instante en el escalón. Se pasó la mano por el pelo y miró el reloj. Volvió a entrar. Eran las cuatro menos once.

Noelia llega a las cuatro y seis , pensó Valeria. Dentro de un cuarto de hora.

Estaba de pie. No recordaba haberse levantado.

* * *

El Seat había recorrido cuarenta metros calle abajo y se había quedado parado detrás de una furgoneta de reparto con las luces de emergencia puestas. El chico tocó el claxon dos veces. Nadie se movió.

Valeria dejó los zapatos sobre el banco, se colgó del hombro la bolsa vacía y dijo:

—Gracias por el café.

—Los zapatos se quedan aquí, pagados —contestó el zapatero, sin volverse—. Es como más me gusta. Vuelva.

—Vuelvo.

—Pero no me diga cuándo.