El sitio de siempre
Ramiro se fue a las siete y cuarenta, con el abrigo claro doblado en el brazo y la corbata ya hecha, y desde el recibidor dijo lo mismo que decía cada mañana desde hacía una semana, con esa voz suya de quien comprueba que una puerta sigue cerrada.
—Ibáñez te ha firmado otros quince días. Pasé yo ayer a recogerlo, para que no tuvieras que ir.
—Gracias.
—Descansa. —La mano ya en el picaporte—. Hoy no me esperes para cenar. Hay lío en la Delegación.
—Vale.
Valeria contó hasta sesenta, por costumbre, y fue a la ventana de la cocina. El Audi salió del garaje, giró a la derecha y se perdió hacia la rotonda.
El sobre de la Mutua estaba en el mueble del recibidor.
Sello azul, la firma de Ibáñez, quince días más.
Ibáñez no la veía desde hacía tres semanas.
Lo guardó en el cajón de la plancha, debajo del cuaderno de tapas duras, con el parte sellado y la multa de doscientos euros.
Cada vez tenía más papeles en ese cajón, y todos llevaban fecha y firma.
Ella, que había pasado años pidiendo a otros que firmaran, empezaba a guardarlos como un notario.
De Nacho sabía lo que Ramiro había querido contarle el lunes por la noche, aflojándose la corbata: que el juez lo había oído por la mañana, con la letrada de oficio y un fiscal que no era Bravo, y lo había dejado en libertad provisional, sin pasaporte, con comparecencia cada lunes y suspendido de empleo y sueldo.
—Ha tenido suerte —había dicho Ramiro—. Mucha.
Lo dijo igual que se da una buena noticia que ha costado trabajo.
Valeria contestó que se alegraba y no preguntó dónde estaba.
No hacía falta. En Hortaleza, con su madre, en un piso al que no podía llamar ni acercarse ni mandar a nadie, porque se lo había prometido a un hombre que tenía los pulgares en su nuca.
La tarjeta seguía en el forro de la placa, entre el cuero y la servilleta de Bravo.
Seis días. Había pensado en una biblioteca municipal, en un cibercafé de Lavapiés, en el portátil de una amiga que no tenía, y los había tachado por el mismo motivo: Nacho había cuidado de que nada con cable la hubiera tocado, y ella no iba a ser quien la metiera en una máquina cuyo dueño no conocía.
De Bravo, nada desde el viernes. Del archivo de 2023, nada.
El móvil de prepago llevaba cuatro días mudo.
Quedaban los pies. Era lo que le habían enseñado antes que ninguna otra cosa, mucho antes de los despachos: que cuando ya no se puede preguntar a nadie, se va a donde las cosas pasan y se espera.
A las diez sacó del armario unos zapatos de salón con el tacón partido, que llevaban tres años allí esperando una excusa desde la boda de una prima, y los metió en una bolsa de tela.
Se puso los vaqueros viejos, un chaquetón verde botella que Ramiro había comprado para una excursión que nunca hicieron, y un gorro de lana.
En el espejo del recibidor vio a una mujer que podía estar en cualquier parada de autobús de Madrid.
El móvil de siempre se quedó en la mesilla, cargándose. Lo había dejado así todos los días de esa semana, a la vista, para que quien mirara viera un teléfono quieto.
* * *
Su edificio tenía dos portales y un garaje que los unía.
Valeria salió por el segundo, el de la calle de atrás, a las once y diez, con la bolsa colgada del hombro y las manos en los bolsillos, y anduvo hasta la parada del autobús sin mirar a ningún lado.
Eso era lo difícil. Un vigilante no se detecta con la cabeza girada.
Se detecta en el cristal de la farmacia, en la luna del estanco, en el flanco de un autobús que sale.
En la farmacia no había nadie. En el estanco, un señor comprando lotería.
Hizo lo que hacía siempre y lo hizo despacio.
Cogió el primer autobús que llegó y bajó por la última puerta cuando ya cerraban.
En el metro dejó pasar un tren en Alto de Extremadura, otro en Callao, y en Gran Vía subió a uno y se bajó antes de que cerraran las puertas, con el pie en el hueco.
Una mujer con una bolsa del Mercadona. Un chico con auriculares, que se dobló para atarse el cordón.
Un hombre con traje que miraba el móvil. Nadie repetía.
Sabía que eso solo quería decir una de dos cosas: que no la seguían, o que la seguían bien. Las dos daban el mismo resultado, que era no saberlo.
A la una y veinte pasaba por Bretón de los Herreros.
La calle estaba como la semana anterior, con sus portales de piedra y los geranios en los balcones, que en octubre ya eran tallos con tres flores.
Pasó por delante del 14 sin volver la cabeza.
En el bar de la esquina, el camarero grande del delantal sin planchar miraba la tele con un trapo en el hombro, y ella siguió de largo.
Una semana antes había pasado allí hora y media.
Una cara que se repite en un cristal se convierte en una costumbre, y una costumbre se comenta.
A treinta metros, enfrente y un poco más abajo, había un taller de zapatos.
Lo había visto el jueves anterior sin verlo: un escaparate estrecho con un cartel de «Arreglos en el acto» pegado con celo amarillento, tacones colgando de una cuerda y un hombre en el interior inclinado sobre algo.
Cruzó la calle y entró. Sonó una campanilla.
El taller no tenía más de cuatro metros cuadrados. Una máquina de coser de cuero, un banco con hormas, un olor a cola y a betún, y un hombre de ochenta años con delantal de lona y las gafas subidas a la frente que levantó una ceja al verla.
—Se me ha partido un tacón —dijo Valeria, sacando los zapatos de la bolsa—. ¿Tardaría mucho?
El zapatero lo cogió, le dio la vuelta, le miró la rotura con una lupa colgada del cuello.
—Esto no se ha partido hoy.
—No.
—Esto lleva años partido. —Lo dejó sobre el banco y cogió el otro, lo palpó con el pulgar—. Y este está a punto. Los arreglo los dos. Para hoy, si espera. Una hora larga. Ahí tiene un taburete. No es lo mejor del barrio, pero se ve la calle.
Se veía. Desde el taburete, entre dos filas de tacones colgados, el portal del 14 quedaba en diagonal, a unos doce metros.
Valeria se sentó con la bolsa en el regazo y el chaquetón abierto.
El hombre se puso a trabajar con la cabeza baja y una radio pequeña a la que había bajado el volumen hasta dejarla en un murmullo de tertulia.
Pasó un cuarto de hora. A las dos menos veinte el zapatero dijo, sin levantar la vista:
—Usted vive por aquí cerca.
—Más o menos.
—Pues no la he visto nunca.
—Vengo poco.
—Ya. —Dio un golpe seco con el martillito—.
Yo veo sobre todo pies. Una cara se me olvida, pero un zapato no.
Ese de ahí enfrente, ¿lo ve? El del segundo.
—Con la barbilla, sin mirar—. Ahí viene gente los jueves.
Hará un par de años, por lo menos. Lo alquiló un señor con papeles de una sociedad y nunca ha puesto un nombre en el timbre.
Valeria no se movió.
—¿Gente?
—Mujeres. Una cada vez, o casi. Joven. A veces la misma durante unos meses y luego otra.
—Se encogió de hombros—. No es asunto mío, señora.
Pero yo no me acuerdo de que ninguna haya traído los mismos zapatos dos jueves seguidos.
Y las de ahora, esa de la coleta trae unas zapatillas blancas que ya están para una suela nueva.
—¿Qué hacen?
—¿Y a mí qué me cuenta? Entran y salen. Yo arreglo tacones.
—Ya.
—No pregunte más, que le cobro el doble. —Lo dijo sonriendo, para sí, con la boca llena de clavos.
Valeria sonrió también, porque en ese momento no sabía qué otra cosa hacer con la cara.
Dos años. Los jueves. Ramiro llegaba a casa los jueves a las diez de la noche, y ella había puesto en esas diez de la noche, durante dos años, el cansancio de un hombre de despacho, las reuniones de la Delegación, el trabajo. Y la cena, en el horno, tapada con un plato.
Se miró las manos. Las tenía quietas sobre la bolsa de tela, con los nudillos blancos, y no habría sabido decir desde cuándo.
A las dos y doce paró un taxi en la esquina.
No era uno de esos que dan vueltas por Chamberí.
Se detuvo con la luz verde apagada, en doble fila, y bajó por la puerta de atrás un hombre con abrigo claro y unas gafas de sol que la luz de octubre no justificaba y que le tapaban media cara.
Pagó por la ventanilla. Esperó a que el taxi arrancara.
Y cruzó la acera con la llave ya sacada, en la mano, antes de llegar al portal.
No la había buscado en el bolsillo. La traía fuera desde la esquina, como se lleva lo que se usa a menudo.
Metió la llave. Empujó. Entró.
No miró atrás. Fue lo que más le pesó a Valeria: un comisario jefe de la Central, con cien enemigos, entraba en aquel portal sin una sola mirada a la calle. Así entra un hombre que se siente en su casa.
El zapatero levantó la cabeza.
—¿Le pasa algo?
—No. Una punzada.
—Este ya está, ¿lo mira?
Valeria se levantó y cogió el zapato que él le tendía. Lo giró en la mano y apretó el tacón con el pulgar. Estaba firme.
—Quedan los otros —dijo el zapatero—. Con eso, dieciséis euros.
—Si no le importa, me quedo un rato. —Valeria sacó un billete de veinte—. Tengo que esperar a una persona y aquí se está tranquila.
El zapatero miró el billete. Miró la bolsa, la calle y, por fin, el portal del 14. Cogió el billete, lo guardó en el bolsillo del delantal, y dijo:
—Hay café en el termo. Sin azúcar.
* * *
Esperó una hora y siete minutos.
El café del termo sabía a hierro. A las tres, el zapatero cerró la persiana a medias para comer, sacó un bocadillo envuelto en papel de aluminio y siguió trabajando con una mano.
La radio dijo que en la M-30 había retenciones a la altura de Méndez Álvaro.
Pasó una mujer con un carrito, y detrás un repartidor que miraba los timbres con el paquete en las dos manos. Nadie entró en el 14. Nadie salió.