Doble filo (Elena Malasangre 2) Seguridad #3
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Seguridad #3

El viejo de la boina tenía el periódico abierto por las esquelas. No levantó la vista.

—Tercera caja, empezando por la derecha —dijo ella.

—Ya lo sé.

—¿Ha venido alguien?

—Siempre viene alguien, señora. Es una cuesta.

—Alguien con camisa de manga corta.

El hombre pasó una página. La boina le hacía una sombra sobre los ojos y desde fuera era imposible saber si miraba el periódico o algo más allá.

—A las dos y diez —dijo—. Un señor con camisa de manga corta, un poco ancho de cara, de esos que no cierran la boca. Preguntó por un libro de contabilidad agrícola, el tomo segundo. Le dije que ese no se vende, que está de adorno.

—¿Y qué hizo?

—Se rio. Dijo que le gustaba la gente con principios. —Dio la vuelta a la hoja—. Luego estuvo un rato mirando las novelas del Oeste y se fue hacia la derecha.

—¿Y el tomo?

—En su sitio.

Se agachó. Tercera caja. Novelas del Oeste, el manual de mecanografía, los dos tomos de la enciclopedia agraria y, entre ellos, el lomo de tela verde comido por el sol. Lo cogió con las dos manos, de la misma manera que había cogido el cuaderno de Bravo.

—¿Cuánto?

El viejo levantó por fin los ojos del periódico. Eran dos ojos negros y pequeños, que la miraron sin parpadear.

—Ese no se vende.

—Dígame cuánto.

—Veinte euros. —Y añadió, cuando ella ya sacaba la cartera—: Ya no es de adorno, desde que me preguntó el otro.

Valeria pagó. Él metió el billete en una lata de galletas sin mirarlo, y no dijo nada más.

Bajó por la cuesta con el tomo II dentro de la bolsa de papel, sin abrirlo, sin acelerar el paso, con el corazón en las costillas. Se sentó en el primer banco del paseo, entre un hombre con un perro y una señora que daba migas a las palomas. Abrió la bolsa en el regazo.

Lo abrió por la mitad.

Un papel cuadriculado, doblado en cuatro, con la letra de ingeniero.

V.:

Duque me ha dicho esta mañana, muy amable, que mañana a primera hora van a hacerme «una revisión rutinaria del equipo». «Rutina» es la palabra que se dice antes de llevarse el ordenador. Así que esto es mi testamento, y no tengo nada que dejar.

1. Antes de que me pusieran el usuario de auditoría hice dos copias desde casa.

La llamada del 112 de las 23:21 y la entrada del aviso en el buzón de Jefatura, con las cabeceras completas.

Están en una tarjeta pegada dentro de la contracubierta.

No la he abierto en nada con cable desde entonces. Tú tampoco.

2. Si mañana no aparezco, no preguntes por mí en la comisaría. Es justo lo que quieren que hagas.

3. No diré tu nombre. No es heroísmo. Es que no se me da bien hablar.

Si lees esto es que el tomo II funcionó hasta el final. Que alguien lo diga en mi funeral.

Valeria lo leyó dos veces. Después, muy despacio, dio la vuelta al libro y abrió la contracubierta.

Pegada con un trozo de cinta transparente, justo en el centro del papel de guarda, había una tarjeta negra del tamaño de la uña de un pulgar. Cualquiera que abriera el tomo por el centro no la habría visto jamás, y alguien que lo hojeara con prisa tampoco.

Se quedó mirándola con la bolsa de papel en el regazo.

Pensó en lo que tenía: un piso con un marido dentro, un portátil que él abría sin pedirlo, una comisaría con una cámara en cada mesa.

No tenía ni un solo aparato en el mundo en el que meter aquella tarjeta sin que alguien lo supiera antes que ella.

Rompió el papel de Nacho en veinte trozos y los fue soltando en una papelera de la cuesta, y otra, y otra. La tarjeta se la guardó en el forro de la placa, junto a la servilleta de Bravo.

Cuando levantó la cabeza, él estaba en la acera de enfrente.

Camisa de manga corta, de las de cuadros pequeños, con un bolígrafo en el bolsillo. Los brazos colgando, las manos vacías, y la boca abierta como quien acaba de subir un tramo de escaleras y todavía no lo ha dicho. Duque. Apoyado en una farola, a veinte metros, mirándola con una atención amable.

Levantó una mano y saludó con los dedos.

Valeria se puso de pie. No hizo nada más. Metió el tomo en la bolsa, la bolsa bajo el brazo, y cruzó la calzada despacio, con un coche frenando a un metro de sus rodillas, hasta quedar delante de él.

—Inspectora Cortés. —Duque sonrió con todos los dientes—. Qué casualidad.

—Ya.

—Venía a comprar un libro. Western. Me relaja. Pero el señor del toldo no me ha querido vender el que yo quería.

—Es lo que dicen.

—Y usted, ¿lectora? —Ladeó la cabeza hacia la bolsa de papel—. Qué buen tomo lleva ahí. Con esos tomos hay que tener cuidado. Se pierden entre las manos.

Valeria no se movió. Él seguía mirándola con la misma amabilidad cansada de quien lleva muchas horas sentado delante de una pantalla, y respiraba por la boca, con un ruido de fuelle apenas audible.

—Cuídelo —dijo Duque—. Y cuídese. Cuídese mucho, que está de baja.

Se llevó dos dedos a la sien, un saludo mal imitado de otro, y echó a andar cuesta abajo, en dirección contraria.

Valeria lo dejó marchar. Hasta la esquina de Atocha no se atrevió a sacar el cuaderno. Escribió la hora, 14:58, y debajo, en letra pequeña: Duque sabe lo del tomo.