Doble filo (Elena Malasangre 2) Seguridad #2
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Seguridad #2

Jueves, 22:14. Ramiro: «Han detenido a Ferrer a las 17:40.» Sabe lo del 112. Sabe que fui el martes (14:03, 14:31). Sabe que crucé una frase con Duque. Sabe lo de la taza.

Se detuvo. Cuando volvió a escribir, la letra salió más pequeña.

Me ha preguntado si hablé con Nacho. No le he mentido.

Y debajo: Viernes, 10:00. Llamar a Bravo.

* * *

—Venga a las diez —dijo la voz de la línea directa, a las nueve y cuarto del viernes—. Por el garaje. Pregunte por el 4 y diga que va a un recurso.

La sala sin ventanas olía a café de máquina y a papel cebolla. Bravo ya estaba sentada, con otro jersey, azul marino esta vez, y una carpeta delgada delante, abierta por la mitad. No se levantó. Tampoco dijo buenos días.

—Siéntese. Tengo poco, y lo malo es que lo que tengo es verdad.

Valeria se sentó. Dejó el cuaderno de tapas duras sobre la mesa, cerrado.

—Ferrer Soler, Ignacio. Agente, veintiséis años. Detenido ayer a las 17:40 por Seguridad Informática, por un delito de acceso ilícito y otro de revelación de secretos. Se le han leído sus derechos a las 17:55 y ha pedido abogado a las 17:57. —Bravo levantó la vista—. Ha sido listo.

—¿Ha declarado?

—Ni una palabra. A las ocho de la tarde llegó una letrada del turno de oficio, que casualmente es amiga mía, y él le dijo lo que se le dice a una letrada: nada.

Hasta las cuatro de la madrugada lo han tenido en una sala de la sexta planta con un técnico haciéndole preguntas que él ha contestado mirando la pared.

Ahora lo han pasado a un calabozo. —Hizo una pausa—.

En tres días tiene que estar ante el juez.

Pasará el domingo por la mañana, con suerte. Con menos suerte, el lunes.

—Quiero verlo.

—No.

—Bravo…

—No. —Lo dijo sin levantar la voz—. Usted es la razón por la que está ahí.

Si entra en esa comisaría y dice su nombre, le hace un favor al otro lado.

Y si lo ve, aunque sea un minuto, aunque sea desde un pasillo, a las doce del día siguiente su compañero tendrá en el atestado una frase que dice la inspectora Cortés se personó en dependencias , y esa frase vale una acusación.

Valeria apretó las manos bajo la mesa.

—No le voy a decir lo que puede hacer —continuó la fiscal—, pero sí lo que no.

No puede ir a la comisaría. No puede verlo.

No puede llamar a su teléfono, que ya no existe, ni al de su madre.

—Abrió la carpeta—. Y ahora lo que sí le tengo que enseñar.

Me lo ha pasado esta mañana un compañero del Juzgado de Guardia. Es la primera hoja del atestado.

Giró el papel hacia ella. Impreso, sin membrete, con un sello azul de registro en una esquina y varias líneas subrayadas con el rotulador amarillo de alguien que sabe lo que busca.

Autoriza la intervención del equipo y el usuario del agente Ferrer Soler por indicios de acceso indebido: Comisario Jefe de la Comisaría Central, D. Ramiro Salas Olmedo. Firma electrónica. Martes, 16:50.

Valeria lo leyó una vez. Después lo leyó otra.

—Martes —dijo.

—A las 16:50. Dos horas y diecinueve minutos después de que usted saliera de la Comisaría Central, según el libro de visitas.

—Bravo se sacó las gafas rojas de la cadena y las limpió con la manga del jersey—.

Y a las 17:05 me llamó, con voz de marido preocupado, para que yo supiera que su mujer andaba delicada.

Quince minutos entre un asunto y otro. Un hombre muy ocupado, con el delegado del Gobierno en la mesa.

—Firmó la orden mientras comía.

—Se firma una orden entre el postre y el café. Lo hacen todos. —Se puso las gafas—. Y a usted ayer por la noche le cuenta que han detenido a su amigo como quien le anuncia que ha subido la luz.

—Me dijo que él no sabía nada. Que había hablado con el comisario general para protegerme.

—Seguro que lo hizo. —Bravo cerró la carpeta—. Las dos cosas son verdad. Protegerla y firmar. Lo difícil de un buen mentiroso es que casi nunca miente.

Fuera, en el pasillo, el carrito de expedientes con la rueda coja pasó otra vez, y las dos esperaron a que se alejara.

—¿Qué puedo hacer yo? —preguntó Valeria.

—Nada. —La fiscal la miró con algo muy parecido a la pena—.

Esa es la parte que no le va a gustar. Hasta que su compañero declare o hable la letrada, usted no existe.

Si existe, existe contra él. Y si él dice una palabra sobre usted, será porque se la han sacado, y entonces yo no podré hacer nada tampoco.

Usted queda fuera, inspectora. Del todo.

—Gracias.

—Anote la hora de esa firma. Es lo único que le pido.

—¿Y el archivo de 2023?

—Mañana. Tengo una excusa para bajar. —Bravo se levantó—. Váyase. Por el garaje. Y cuando salga, no mire el móvil, ni el suyo ni el de nadie.

Valeria cogió el cuaderno. En la puerta se volvió.

—¿Le han hecho daño?

—No lo sé. —Bravo, con la mano en el borde de la mesa—. No me han dejado verlo. Le he preguntado a la letrada y me ha dicho que tenía buena cara. Es lo que dicen todos los letrados.

* * *

A las 14:05 del viernes, Valeria estaba en la cuesta de Moyano con una bolsa de papel en la mano y la sensación de que cada puesto de libros tenía un ojo.

No lo tenían. Eran los mismos viejos con las mismas boinas, dentro de los mismos puestos de lona verde, leyendo lo que vendían.

Un chico con una mochila hurgaba en una caja de novelas de bolsillo.

Un matrimonio de turistas fotografiaba el Jardín Botánico a través de la verja.

Nadie que respirara por la boca. Nadie con las manos a la espalda y la gorra de paño.

Tampoco Nacho.

A las 14:20 Valeria miró el reloj, y miró la esquina por donde él subía siempre, con los auriculares colgados del cuello y esa forma de caminar de quien va pensando en otra cosa.

Nadie con ese paso. A las 14:25, nadie. A las 14:30 empezó a comprender que había venido a una cita con una persona que estaba durmiendo en un calabozo.

Aun así esperó hasta las 14:35, que era lo que habría esperado cualquier policía, y después se acercó al toldo verde.