Seguridad
Había caminado veinte minutos con ese paso de quien llega tarde a algo que le apetece, sin mirar atrás ni una vez, y Valeria la había seguido por la acera de enfrente, cambiando de lado cada dos esquinas, con el cuaderno de tapas duras en el bolsillo y el abrigo gris del hombre de la gorra pegado a la nuca, aunque hacía rato que no lo veía.
Eso no la tranquilizaba. Un hombre que te saluda tocándose la gorra no desaparece. Se coloca en otro sitio.
Era una calle tranquila, de portales de piedra y balcones con geranios en pleno octubre.
Un estanco, una pastelería con la persiana a medias, un taller de zapatos.
Noelia sacó el móvil, miró algo, y llamó a un timbre sin leer los nombres, con el dedo ya puesto en el botón.
No dijo nada al telefonillo. La puerta se abrió con un zumbido, ella entró y la puerta se cerró.
Valeria pasó de largo, sin aminorar, y entró en el bar de la esquina, uno de esos con mostrador de zinc y una televisión con el sonido bajo. Pidió un café con hielo y se sentó en la mesa pegada al cristal, desde donde se veía el portal en diagonal, doce metros más abajo.
Después se quedó mirando la última frase.
Alguien en ese portal abría sin preguntar quién era.
Eso se hace con una persona que se espera.
Miró la calle de arriba abajo, despacio, buscando una matrícula, un coche negro con unas gafas de sol dentro.
Ramiro tenía la costumbre de aparcar donde no debía, en doble fila, con la placa en el salpicadero.
No lo vio. Pasó un repartidor en bici, una señora con un perro.
En el garaje de la esquina, una barrera bajada y un cartel de COMPLETO.
Pidió un segundo café. El camarero, un hombre grande con un delantal sin planchar, le dijo que si esperaba a alguien tenía una mesa más tranquila al fondo.
—Me gusta esta.
—Como quiera, señora.
Lo dijo sin curiosidad. En esa calle la gente mira cosas todo el día desde un bar.
A las cinco el aire se enfrió y en la tele empezó un concurso. A las cinco y diez salió del portal una señora mayor con un carrito. Nadie más entró ni salió. Valeria escribió la hora de cada cosa, aunque ninguna fuera una cosa.
A las cinco y treinta y cinco salió Noelia.
Valeria bajó la cabeza hacia el café y la miró por encima del borde.
La chica traía el pelo más suelto que cuando entró, con un mechón detrás de la oreja, y los labios de un rojo que no llevaba antes.
Se detuvo en el último escalón y se pasó la mano por el abrigo, de arriba abajo, por si algo se había desordenado.
Luego sacó el móvil, tecleó con el pulgar y echó a andar calle arriba, hacia la boca del metro, con el mismo paso de antes.
Nadie salió detrás de ella.
Valeria pagó, dejó una moneda de dos euros sobre el mostrador y cruzó.
Una vecina salía con una bolsa de basura y le sostuvo la puerta con el pie, sin mirarla.
Hall de mármol gris, buzones de latón, escalera con alfombra roja y un ascensor de cristal esmerilado.
Cuatro timbres. Los leyó de abajo arriba, con el bolígrafo en la mano.
1.º A Gómez-Lasa. 1.º B Vacía. 2.º A Pardo. Y el 2.º B, un rectángulo de cartulina blanca, sin nada escrito.
La cartulina estaba nueva. Tenía la esquina limpia, sin esa mancha gris que dejan los dedos.
Subió dos pisos andando, con la mano en la barandilla y el oído en las puertas. La del 2.º B tenía un felpudo sin letras y una mirilla de latón bruñido. Ni una televisión ni una voz. El silencio de un piso que no se vive.
Escribió, de pie en el rellano: 2.º B. Sin nombre. Cartulina nueva.
Bajó por la escalera con las suelas de goma sin hacer ruido. En la calle caminó hacia la boca del metro, sin ninguna prisa, y por primera vez desde que empezó la baja pensó en Ramiro sin rabia. Era un dato. Un dato de dos pisos, un portal y un timbre, y de los datos se podía hacer algo.
El Ibiza seguía en doble fila delante de la comisaría, con los warning puestos, la placa en el parabrisas y una multa debajo del limpiaparabrisas. Doscientos euros. La guardó en el sobre del parte sellado. Otro papel con hora.
* * *
Ramiro volvió a las diez y doce con el abrigo colgado del brazo y el nudo de la corbata aflojado un dedo, justo el dedo que aflojaba cuando quería parecer cansado.
—He cenado —dijo desde el recibidor—. No te molestes.
—No me he molestado.
Valeria estaba en la cocina con una taza de caldo que no iba a terminarse y el cuaderno de tapas duras guardado, junto al bloc, en el cajón de la plancha.
Lo oyó dejar las llaves en el cuenco, colgar el abrigo y entrar con el vaso de whisky que se servía de pie, sin hielo, en tres dedos justos.
Se sentó enfrente. Dejó el móvil negro sobre la mesa con la pantalla hacia abajo, a veinte centímetros de su mano derecha. Siempre lo dejaba así.
Cuando se sentó, el aire trajo un olor que no era suyo. Vainilla.
Valeria dio un sorbo de caldo.
—Tengo que contarte una cosa —dijo Ramiro— y quiero que la oigas entera antes de decir nada.
—Vale.
—Han detenido a Ferrer.
Lo dijo despacio, mirando el vaso, y luego la miró a ella con la atención de un hombre que llevara toda la tarde esperando ese momento.
Valeria había ensayado esa cara. Dos veces desde las seis, delante del espejo del baño, con el grifo abierto. No era la cara de alguien que ya lo sabe, que no sorprende, ni la de alguien horrorizada, que sobreactúa. Era la de alguien a quien le han dicho que llueve.
—¿A Nacho?
—A las cinco y cuarenta. En su mesa, delante de todos. —Ramiro movió el vaso un poco, en círculo—. Le han llevado el equipo y le han tomado el teléfono, y Seguridad Informática lo tiene en una sala de la sexta planta con un abogado de oficio que todavía no ha llegado.
—¿Por qué?
—Acceso no autorizado a un sistema de la Sala del 112. Una llamada de hace dos semanas, de la que alguien consultó la grabación antes de que desapareciera. —Hizo una pausa—. Y revelación de lo que sacó. Eso es un delito, Valeria. No una falta de disciplina. Un delito con su artículo y todo.
—¿Y a quién se lo reveló?
Ramiro la miró otra vez. Fue una mirada larga y limpia, de ese tipo que él sabía poner delante de una cámara.
—Eso es lo que le pregunta Seguridad ahora mismo.
La nevera arrancó con un zumbido. Valeria dejó la taza.
—Es un crío. Tiene veintiséis años y no sabe mentir.
—Por eso estoy preocupado. —Bebió—. Hace un rato he hablado con el comisario general, y le he dicho que mi mujer está de baja y que no se entera de nada. Que ese chico siempre te tuvo cariño, que eso es todo. Que lo que haya hecho, lo haría por su cuenta.
—Gracias.
—No me las des todavía.
Se levantó, rodeó la mesa y se puso a su espalda. Le colocó las manos en los hombros, y empezó a apretarle con los pulgares la base del cuello, despacio, donde le dolía desde hacía una semana.
—El martes estuviste en la comisaría —dijo.
Los pulgares siguieron.
—Fui a entregar el parte en Personal.
—Entraste a las 14:03 y saliste a las 14:31. Veintiocho minutos para entregar un papel. —Una pausa pequeña, como la que se hace antes de pasar la hoja—. Subiste a la tercera planta.
—A por mi taza.
—Lo sé. Me lo ha contado Gil, muy preocupado. Dice que cogiste una taza y te fuiste. Una taza con una grieta.
—La tenía desde hace ocho años.
—Ya. —Y por fin, sin cambiar de voz—: Y pasaste junto a la mesa de Ferrer.
—Pasé junto a todas.
—Y Duque me dice que cruzasteis una frase.
—Me dijo que le habían hablado mucho de mí. Le dije que a mí no me habían dicho nada.
Ramiro se rio. Una risa breve, corta, por la nariz. Los pulgares subieron hasta la nuca y se quedaron allí, un segundo de más.
—Esa eres tú —dijo—. Mi mujer.
Valeria no se movió. Notó, con una precisión casi científica, el peso de dos manos que habían firmado cientos de papeles y que podían cerrarse sobre un cuello de la misma manera en que se cierran sobre una pluma.
No iba a cerrarse. Eso también lo sabía.
No era un hombre que se manchara de esa forma.
—Dime una cosa —continuó él, más suave—. Desde que estás de baja, ¿has hablado con Ferrer?
—No he hablado con Nacho desde el jueves pasado.
Era verdad. Desde el jueves habían hablado por escrito, en papeles que ya no existían, y no había salido una sola palabra de ninguna de las dos bocas.
—Bien. —Ramiro le soltó la nuca—. Es lo que le he dicho al comisario general.
Y es lo que le va a decir a Seguridad, si se lo preguntan.
—Rodeó la mesa otra vez, cogió el vaso, el móvil, y se quedó de pie con la mano en el respaldo de la silla—.
Si ese chico dice tu nombre, no voy a poder hacer nada.
No porque no quiera, sino porque ya no estaría en mis manos. ¿Lo entiendes?
—Lo entiendo.
—Prométemelo.
—¿El qué?
—Que no vas a intentar verlo. Ni llamar. Ni mandar a nadie.
—Estoy de baja, Ramiro.
—Eso no es una promesa.
—Te lo prometo.
Él la besó en la coronilla, con los labios secos, y salió de la cocina. Un momento después, el ruido del agua en el baño.
Valeria se quedó sentada con las dos manos sobre la mesa, planas, como las ponía en el despacho de un juez. En el pasillo, la luz bajo la puerta del baño dibujaba un rectángulo amarillo en el suelo. Contó: tres minutos de agua, dos de cepillo, uno de nada. La cama crujió.
Se tumbó en el sofá, vestida, con la luz de la calle en el techo. A las doce y cuarto se levantó. Descalza, sin encender nada, entró en el dormitorio. Ramiro dormía boca arriba, con la boca un poco abierta y una mano en la barriga. La otra estaba debajo de la almohada. Con el móvil negro debajo.
Valeria se quedó a un metro de la cama, con los brazos cruzados. Pensó en acercar una mano. Dos dedos, debajo de la almohada. Pensó también en Nacho, a esa hora, en una sala de la sexta planta, con veintiséis años y un técnico que respiraba por la boca. No movió la mano.
Salió a la cocina. Sacó el cuaderno del cajón de la plancha y escribió, de pie, a la luz de la campana: