Doble filo (Elena Malasangre 2) Los naranjos #3
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Los naranjos #3

A las once y veinte, Amparo sacó una llave del bolso y abrió ella misma el candado. El Gordo, que lo había abierto cada tarde de la semana, se echó a un lado.

Las sacaron al sol, en fila, y las pusieron delante de la pared recién pintada, de una en una, de espaldas al almacén y de cara al patio, con las manos junto al cuerpo.

Alguien había repartido ropa limpia. Una llevaba un vestido de flores, con las rodillas al aire y los brazos cruzados sobre el pecho.

Otras, camisetas de manga larga demasiado grandes.

Yeny llevaba el pelo recogido en una coleta y la cara lavada.

Las seis tenían la misma cara quieta, la de quien ha aprendido que lo mejor es no tener ninguna.

El bajito caminó a lo largo de la fila sin tocar a nadie, con las manos todavía a la espalda y la cabeza ladeada, despacio, deteniéndose delante de cada una un segundo.

Amparo iba a su lado con el libro negro abierto sobre el antebrazo, y apuntaba.

Una pregunta, una respuesta, una marca. En la cuarta se paró un poco más.

En Yeny también. Habló. Yeny movió los labios.

El Gordo rio, y la risa llegó a Elena, deshecha por la distancia, como si fuera un ruido de otro sitio.

Nadie las tocó. Elena se descubrió apuntando eso como si fuera una buena noticia, y se odió un poco por ello. Las miraban como se mira una carga antes de firmar el albarán.

Veinte minutos después las devolvieron al almacén. El bajito y Amparo entraron en la casa.

Elena se dio cuenta de que se había puesto de rodillas dentro del agua, con la cuchilla en la mano derecha, la hoja fuera, la punta clavada en el barro del cauce.

A las doce y cuarto el Mercedes salió primero, con la ventanilla de atrás subida, y el Seat detrás.

Los dos pasaron por el camino a menos de cuarenta metros.

La matrícula del Mercedes llevaba una bolsa de plástico atada con bridas sobre los números.

Hacía veinticuatro grados y no había caído una gota en toda la provincia.

Fotografió la bolsa.

A las doce y media llegó el camión.

Lo oyó antes de verlo, por el ruido de la caja de cambios bajando de marcha en la cuesta del camino.

Un frigorífico blanco, con las letras verdes de CÍTRICOS DEL LEVANTE descoloridas en un costado, que dio marcha atrás hasta el almacén con un pitido de máquina y dejó la puerta de carga a un palmo de la puerta de hierro.

En cuanto el motor se detuvo, debajo de la caja empezó a oírse un golpeteo seco, regular, cada pocos segundos, que se oía incluso desde el cauce.

Toc. Toc. Toc.

La puerta de la cabina se abrió y bajó un hombre de cuarenta años con el cuello grueso y una rosa tatuada que le subía hasta la oreja.

El Rosa. Entró en la casa y salió con una bolsa de supermercado, silbando.

Las sacaron otra vez. Esta vez cada una llevaba una bolsa de supermercado con lo suyo, de las que se rompen.

Subieron por la rampa del camión una detrás de otra, con la mano apoyada en la pared de la caja, de espaldas a la cabina, sin que nadie les dijera nada.

La última fue la de la manga cortada, con el pómulo de un color que no se distinguía desde allí.

El Gordo le ofreció la mano para subir, y ella no la cogió.

Seis, contó Elena. Seis. Y el Gordo cerró.

Podía correr. Se levantó. Eran ciento cincuenta metros entre naranjos, y los hombres la verían a los cincuenta. Dio veinte pasos y se detuvo detrás de un tronco, con la respiración subiéndole por el pecho y el pulso latiéndole en la palma abierta.

Un portón. Cuatro hombres, dos con escopeta. Dos perros. Una puerta de camión que solo se abría por fuera. Y ella, con una cuchilla de cartonero y una mano que no cerraba.

El camión salió del patio a las doce y cuarenta y cinco, con el Rosa mirando el retrovisor y el Gordo cerrando el portón tras él.

Pasó por el camino a veinte metros del naranjo donde ella estaba, a paso de persona, con el toc, toc, toc debajo, pegado al asfalto.

Elena vio la matrícula, 1830 LTV, la manilla del cierre de atrás y un precinto de plástico amarillo.

Nada más. En el cruce con la carretera torció a la derecha, hacia la autovía.

El ruido se fue haciendo pequeño. Al final solo quedaron los extractores, girando en el tejado del almacén vacío, y Elena se quedó quieta hasta que dejó de oírlos.

A la una y veinte, en la caseta, con las rodillas contra el pecho y la espalda contra el ladrillo, sacó el móvil de prepago que solo conocía Paco y lo encendió por primera vez desde Madrid.

Quería ver la hora. El teléfono vibró dos veces en su mano con un mensaje que había llegado a las doce y cincuenta y uno.

Buenas tardes. Me cuentan que el sábado una chica con la mano vendada compró naranjas en el Mercado Central, para un bar de Madrid. Qué casualidad. Vuelva a casa, que Alcira no se queda esperando y usted tampoco. No me haga ir a buscarla.

Elena lo leyó dos veces.

Después miró su mano izquierda, la venda empapada y gris otra vez, y se acordó de una silla de bar, una horchata sin hielo y una señora que levantaba los ojos del vaso y le decía que no pasaba nada, guapa.