Los naranjos #2
La reconoció por el gesto antes que por la cara.
Giró la cabeza despacio, con la boca entreabierta, y recorrió con la mirada el borde de los árboles, árbol por árbol, igual que había recorrido ventana por ventana la calle de Marcelo Usera, buscando a alguien que no estaba a la vista.
Estaba más delgada. Tenía el pelo más corto, o recogido peor.
No miró hacia el cauce. Miró un poco más a la derecha y un poco más arriba, hacia donde el sol caía, y se quedó así, con la mano en visera.
Estoy aquí , pensó Elena. Y no movió ni un dedo, porque Yeny no podía verla, y si la veía, el Gordo vería hacia dónde miraba.
Diez minutos. Quince. El Gordo apuró el cigarrillo y dio una palmada.
—Venga, adentro. Que se enfría la cena.
Se levantaron todas menos una, la de la sudadera con la manga cortada, que se quedó sentada con las rodillas pegadas al pecho y la vista en el suelo.
El Gordo repitió la orden. Ella no se movió.
Se acercó, la agarró del brazo por encima del codo y tiró.
La mujer cayó de la silla. Él le dio un revés abierto en la cara, con la mano derecha, sin enfadarse, con el aburrimiento de quien ha tenido esa discusión muchas veces.
Las otras cinco se levantaron a toda prisa, y entre dos la ayudaron a ponerse en pie.
Elena notó un dolor en la mano izquierda, y bajó la vista. Se había apretado el borde del cauce hasta clavarse los dedos en la hierba, y la venda se había abierto. Escurrió la sangre en el agua. En la derecha tenía la cuchilla de cartonero sin saber cuándo la había sacado.
Ciento cincuenta metros. Cuatro hombres. Dos perros con cuarenta metros de cable. Una escopeta. Un candado.
Volvió a guardar la cuchilla.
Las seis entraron, una detrás de otra, y el Gordo cerró y echó el candado con un golpe seco que Elena oyó desde la caseta.
* * *
Esperó a que anocheciera de verdad.
A las nueve, el Joven y el Toalla se subieron a un coche verde aparcado detrás de la casa y se fueron, y al rato quedaron en las ventanas dos luces: la del Gordo en la cocina, y la del Escopeta, que sacó la silla de plástico delante de la puerta del almacén y se sentó con la escopeta sobre las piernas y una linterna apagada en el suelo.
Dos hombres de noche, como había dicho Paco.
Uno de ellos sentado delante del candado hasta el día siguiente.
Los perros fueron soltados del cable y quedaron sueltos en el patio, que a esa hora era un cuadrado de oscuridad con dos manchas de ceniza moviéndose.
Elena no tenía un plan. Tenía una cuchilla de cartonero, una botella de agua y la mano izquierda hecha polvo.
Salió de la caseta a las diez y cuarto y dio una vuelta lenta al perímetro, a cuarenta metros de la tapia, entre los árboles, sin linterna.
Por el lado norte, donde la tapia lindaba con otra parcela, encontró lo que buscaba: un naranjo viejo, más alto que los demás, con una rama gruesa que pasaba por encima del borde de cristales.
Subió por el tronco con la mano buena y los pies, sin ruido, parándose a escuchar a cada palmo, y se tendió a lo largo de la rama con las rodillas apretadas a la corteza.
Desde arriba se veía todo. El patio, los sillones del porche, el tendedero vacío y los extractores del almacén, con sus aspas girando despacio, que era lo único que hacía ruido en toda la finca.
Sentado a diez metros, de espaldas, el Escopeta fumaba junto a la puerta de hierro con la silla echada hacia atrás.
El candado, de cerca, era aún más grande de lo que le había parecido.
Con una cuchilla de cartonero , pensó. Claro.
Entonces uno de los mastines levantó la cabeza.
No ladró. Esa fue la parte mala. Giró el hocico hacia la tapia, muy despacio, y se quedó mirándola con los ojos brillando como dos monedas en el agua. El otro se levantó y vino hacia él. Los dos se pusieron debajo de la rama, a tres metros de sus zapatillas, y empezaron a respirar.
Elena sacó de la mochila el paquete de papel de aluminio de Nelly y lo lanzó con todas sus fuerzas hacia el otro lado del patio.
Cayó entre los sillones, con un ruido blando. Los mastines giraron las cabezas. Ese segundo bastó para que ella se dejara resbalar por el tronco, arañándose el antebrazo con la corteza, y echara a correr entre los naranjos sin mirar atrás, con la palma abierta otra vez.
Detrás, un ladrido. Dos. La voz del Escopeta: ¿Qué pasa? Una linterna encendida. El motor del portón.
Se tiró al cauce de riego de cabeza.
El agua estaba helada. Le cubrió hasta el pecho y le entró en la boca.
Avanzó agachada hasta un tubo de cemento por donde el cauce pasaba bajo el camino, con medio metro de aire arriba, y se metió dentro con las rodillas pegadas al pecho y la cara pegada a la bóveda.
Olía a lodo y a bichos. Apagó la respiración.
Chanclas sobre el asfalto. La linterna recorrió la orilla. Luego, encima de ella, a un metro de su cabeza, las chanclas se pararon sobre el tubo.
—Nada —dijo la voz del Gordo, ronca de recién despertado—. Los perros, que han olido un zorro. O ese gato otra vez. —Una pausa, el chasquido de un mechero—. Sí, ya sé. Mañana a las once. Si está todo recogido, hombre. Hasta lo del almacén lo hemos pintado.
Elena no se movió. El agua le subía por la barbilla con cada respiración.
—Pues entonces el camión a las doce y media, como dijo la señora. A las doce y media no queda nadie aquí. —Escuchó—. Sí, a Madrid, ya me lo dijiste. ¿Y el jueves? —Escuchó—. ¿El bajito? Pues que las reparta el bajito, que para eso cobra.
Un silencio largo. Humo, que bajó un poco por la boca del tubo.
—No, el jefe no va con ellas. El jefe viene, las ve y se va. Siempre hace lo mismo.
Colgó. Las chanclas se alejaron, con la linterna detrás. Cuando el portón volvió a cerrarse, Elena contó hasta trescientos, y dejó pasar otros trescientos. Después salió del tubo a gatas, tiritando tanto que le castañeaban los dientes, y se arrastró por el cauce hasta la caseta.
Dentro se quitó la sudadera y la camiseta, las escurrió, tendió la sudadera sobre el bidón y se puso la segunda camiseta. Los vaqueros no se los quitó. Se hizo un ovillo en el suelo con la mochila de almohada. La mano izquierda ardía. Se tragó otra pastilla sin agua.
Madrid. El jueves. El bajito. El jefe viene, las ve y se va.
No durmió, pero tampoco pensó. A las cinco de la mañana empezó a clarear por la rendija.
* * *
A las ocho de la mañana relevaron al Escopeta.
Elena lo vio irse a la casa con la silla de plástico en una mano y la escopeta en la otra, bostezando, y el Toalla ocupó su sitio ante el candado.
El almacén tenía la puerta de un blanco brillante y una mancha de cal en el suelo, y en el patio alguien había regado y barrido.
A las diez y media los perros estaban otra vez enganchados al cable, el Gordo llevaba una camisa de manga corta con las rayas planchadas y el Joven se había puesto una chaqueta.
Elena estaba ya en el cauce, con los prismáticos, la camiseta seca y los vaqueros todavía húmedos hasta la rodilla.
No había dormido. Tenía en la boca el sabor de las pastillas y de los cacahuetes.
A las once menos diez llegó la Berlingo blanca.
Entró despacio por el portón, y por la forma en que el conductor giró el volante, con una sola mano y el codo pegado al cuerpo, supo que era Manolo.
Frenó junto a la casa. Se abrió la puerta del copiloto y bajó una mujer con una americana de punto larga, un pelo de caoba bien peinado, un bolso grande y, bajo el brazo derecho, un libro de tapas negras con el lomo de tela.
Amparo se quitó las gafas colgadas de la cadenita, se las limpió con el borde de la americana y se las volvió a poner. Dijo algo al Gordo. El Gordo asintió con la cabeza como un alumno.
A las once y dos pasó por el camino un coche gris.
Un Seat Altea de hacía diez años, limpio, con un golpe en el paragolpes trasero.
Entró en el patio y dio la vuelta para quedar mirando al portón.
Elena fotografió la matrícula pegando el móvil al ocular de los prismáticos, y la imagen salió con cara de sopa, pero se leía: 8862 JTP.
Detrás, a diez metros, un Mercedes negro con los cristales tan oscuros que parecía apagado.
El conductor, un chico joven con auriculares, se quedó al volante. Por la puerta de atrás bajó un hombre bajo.
Sesenta y pocos años. Gorra de paño. Un abrigo largo de color gris pizarra, abrochado hasta el segundo botón con veinticuatro grados a la sombra, un bigote corto y blanco y las manos a la espalda.
Se detuvo un momento a mirar la fachada, como un comprador mira una casa.
Amparo se acercó y le dijo algo. El hombre se tocó el borde de la gorra con dos dedos, y en el gesto había algo de viejo, de otra época.
El bajito del abrigo largo , pensó Elena. El que recoge.
El Mercedes pasó sin detenerse, rodeó la casa y se metió por el lado de atrás, donde la tapia le tapaba la vista.
Elena movió los prismáticos para seguirlo.
Durante un minuto no vio nada. Después vio una mano con un puño de camisa blanca cerrando una puerta, y nada más.
Quien viajaba dentro había bajado donde ella no podía verlo, y no volvió a salir al patio.
Z., pensó. Y no pudo verlo.
Se mordió el labio hasta notar el sabor del hierro.