Doble filo (Elena Malasangre 2) Los naranjos
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Los naranjos

El cartel de la estación decía Alzira . El papel de Paco decía Alcira . El mapa del móvil decía las dos cosas, según el zoom.

Eran las ocho menos diez del domingo y el pueblo estaba en esa hora en que solo se mueven los perros y las señoras que van a misa.

Una estación de ladrillo, una máquina de café con un cartel de AVERIADA y un bar con la persiana a medias.

Elena entró. La camarera, una chica de su edad con las uñas pintadas de verde, le puso un café con leche y una tostada con tomate sin preguntar, y luego sí preguntó.

—¿Vienes a la recolección?

—Mañana.

—Pues vete a la rotonda del Mercadona a las seis y media, que salen las furgonetas. Y quítate esa sudadera, que al mediodía te cuece.

—Gracias.

—De nada, guapa. Cobran a cuarenta céntimos el cajón. No te fíes de lo que te prometan.

Elena se tomó el café de pie. Nadie la miraba, y ella procuró que siguiera así.

El único comercio abierto en la calle mayor era un bazar de chinos, con las puertas de cristal llenas de pegatinas de ofertas y una señora detrás del mostrador viendo un concurso en el móvil.

Elena compró unos prismáticos de plástico, con un estuche que olía a goma, por diecinueve noventa.

Una botella de agua grande. Dos bolsas de cacahuetes.

Un cuaderno de espiral pequeño y un bolígrafo.

Pagó con un billete de cincuenta y la señora le dio el cambio sin quitar los ojos del concurso, en una bolsa que ponía GRACIAS en tres idiomas.

A las ocho y media salió del pueblo andando.

El Camino de la Murta era un hilo de asfalto sin arcén que se metía entre naranjos y se iba haciendo más estrecho a cada curva.

A los lados, los árboles formaban paredes verde oscuro, a la altura de un hombre y medio, con la fruta todavía verde, aunque aquí y allá una naranja ya empezaba a pintarse de amarillo por abajo.

Olía a hoja machacada y a tierra regada.

Cada pocos cientos de metros había un cauce de cemento con el agua quieta, y de vez en cuando una caseta de ladrillo con una puerta de hierro y un candado oxidado.

A lo lejos, un tractor. Más cerca, una cuadrilla de seis o siete en una parcela, con escaleras de aluminio y cubos de plástico azules, y un hombre que gritaba algo con acento del este sin levantar la vista.

Elena pasó de largo con la cabeza baja, como una chica que se ha perdido camino de un cumpleaños.

A los cuarenta minutos, el mapa le dijo que estaba a quinientos metros.

Dejó el asfalto y cogió por una senda de tierra entre dos parcelas, pegada a un cauce de riego de medio metro de hondo, con la orilla alta de hierba seca.

Se agachó. Fue por dentro, con el agua por los tobillos y los pies resbalándole, hasta que los árboles se abrieron por la derecha y tuvo delante, a ciento cincuenta metros, una casa.

Los Naranjos.

Un azulejo, clavado en la tapia junto a un portón de reja. Letras azules sobre fondo blanco, pintadas a mano, medio borradas por el sol. Elena sacó los prismáticos del estuche y los apoyó en el borde del cauce.

La casa era una masía de dos plantas, blanqueada, con un tejado de teja árabe y una palmera achaparrada junto a la puerta.

Una tapia de dos metros la rodeaba por los cuatro lados, con cristales rotos metidos en el cemento del borde.

Delante, un portón corredizo con motor, un interfono, y en un poste de hormigón, una cámara de las baratas, con el ojo de cristal girado hacia el camino.

Detrás de la casa, ocupando casi todo el fondo, había un almacén bajo de chapa gris con dos extractores en el tejado, y una puerta de hierro con un candado del tamaño de un puño.

Elena lo miró un rato largo.

Un almacén con extractores y sin ventanas. Un pasillo de cemento entre el almacén y la casa, y un tendedero de cuerda vacío, tirado entre dos palos.

Esperó.

A las nueve y diez salió un hombre por la puerta de la casa con una taza de café en la mano.

Gordo, calvo, en camiseta de tirantes, con un pantalón de chándal azul marino y unas chanclas.

Se sentó en un escalón y se puso a mirar el móvil.

A las nueve y veinte salió otro, más joven, con una chaqueta de chándal de un equipo de fútbol y las manos en los bolsillos, que dio una vuelta completa a la tapia sin prisa, mirando los árboles como quien busca una gotera.

El tercero salió a las diez menos cuarto, sin camiseta, secándose la cabeza con una toalla.

El cuarto estaba ya fuera desde antes, junto al portón, sentado en una silla de plástico con una escopeta de caza apoyada en las rodillas, pelando una mandarina con el pulgar.

Cuatro hombres, como había dicho Paco. Los cuatro de día.

Elena los bautizó en voz baja, porque nombres no tenían. El Gordo, el Joven, el Toalla y el Escopeta.

Los perros aparecieron a las diez. Dos mastines color de ceniza, del tamaño de un becerro, que salieron de detrás del almacén arrastrando una cadena enganchada a un cable tendido a lo largo de la tapia, y se echaron a la sombra con la lengua fuera.

Un cable de cuarenta metros, calculó. Lo bastante largo para llegar a cualquier punto de la parte de atrás, y tan corto que no pasaban de la esquina de la casa.

Anotó en el cuaderno, sin mirarlo, con la letra pequeña de quien aprendió a escribir encima de una rodilla:

Portón. Cámara. Tapia 2 m con cristales. 4 de día. 2 perros en cable detrás. Almacén sin ventanas, candado.

A las once la mano izquierda empezó a latirle.

La venda se había empapado en el cauce y tenía el borde gris.

Se la quitó, dejó la herida al aire un minuto y volvió a envolverla, más floja.

Después rebuscó en el bolsillo pequeño de la mochila y encontró lo que Nelly le había metido ahí sin decirle nada, un blíster con cuatro pastillas. Tragó una con un buche de agua tibia.

A las doce menos diez pasó una furgoneta por el camino de asfalto, despacio. Un hombre con una gorra del Valencia miró hacia la casa sin ningún interés y siguió. Elena se pegó a la hierba y se quedó quieta hasta que el ruido del motor se perdió.

Más allá, a unos doscientos metros, al otro lado de dos filas de naranjos, había una caseta de riego de ladrillo con la puerta torcida y un tejado de uralita.

Se arrastró hasta ella entre las raíces, empujó la puerta con el hombro, y dentro encontró dos azadones sin mango, un bidón de plástico y un olor a pis de gato.

A través de una rendija en la pared de atrás se veía la parte de atrás de la casa. Era suficiente.

Se sentó en el suelo, con la espalda contra el ladrillo y los prismáticos en el regazo, y cerró un momento los ojos.

Seis mujeres allí dentro, y ni un tendedero tendido, ni una chancla fuera de la puerta, ni una cara en una ventana. Una casa con seis mujeres que no hacía ruido de casa.

Abrió el cuaderno y escribió debajo de lo otro: Las tienen en el almacén.

* * *

La tarde fue larga y no pasó nada.

A las dos se fue la cuadrilla de la parcela vecina, con las escaleras apoyadas en los árboles para el día siguiente, y el silencio cayó sobre los naranjos como una manta.

A las dos y media llegó una furgoneta blanca sin rótulo, que se paró en el portón lo justo para que el Escopeta recogiera dos bolsas grandes de plástico con una caja de cartón encima, y se fue sin bajar la ventanilla.

Comida. Elena apuntó la hora y se comió un puñado de cacahuetes, uno a uno, sin masticar deprisa.

El bocadillo de jamón de Nelly lo dejó donde estaba.

A las cuatro, el Gordo se echó la siesta en un sillón de mimbre en el porche, con la boca abierta.

El Joven y el Toalla jugaban a algo con una baraja encima de un cubo.

Los perros dormían. Un gato cruzó el patio.

Ni una voz de mujer. Elena empezó a pensar que se había equivocado de casa, que Paco se había equivocado, que el camión no había llegado hasta allí, y entonces se acordó de la mancha en el tirador de una Berlingo y de seis nombres con cifras al lado, y dejó de pensarlo.

A las siete y diez, con el sol bajo y las sombras de los naranjos tendidas sobre el camino, el Gordo se levantó del sillón y se estiró.

Sacó un manojo de llaves del bolsillo del chándal y se acercó al almacén.

Abrió el candado de un solo giro, tiró de la puerta con las dos manos, y gritó hacia dentro:

—¡Venga, que se os acaba el recreo!

Salieron una a una.

Elena apretó los prismáticos contra la frente y contuvo el aliento, aunque estaba a ciento cincuenta metros, detrás de un cauce de riego.

Seis. Descalzas o en chanclas, con sudaderas grises de la misma talla, como de uniforme de gimnasio, y el pelo recogido con lo que habían encontrado.

Se movían despacio, con la cabeza gacha, parpadeando aunque la luz ya era poca, como se mueve la gente que lleva semanas sin ver el cielo entero.

Una cojeaba un poco. Otra se tapaba la nariz con la manga, y las demás hacían lo mismo, porque salían de un sitio donde olía a cerrado y a cuerpos y a lejía.

Se sentaron en una hilera de sillas de plástico bajo el tendedero vacío, sin hablarse.

El Toalla repartió cigarrillos con la misma indiferencia con que se reparten caramelos a los niños en una boda.

El Joven puso música en el móvil, una canción latina con un bajo muy fuerte que sonaba como si viniera del fondo de un cubo.

Elena las contó.

Las contó dos veces, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, como si pudiera salir una distinta. Seis. Y la tercera, la de la silla del medio, era Yeny.