Doble filo (Elena Malasangre 2) Valencia #3
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Valencia #3

Colgó. Buscó con la vista un papel, no lo encontró, y arrancó la hoja del calendario del día y escribió en el dorso con el lapicero de plata, apoyada en la mesa, moviendo los labios.

Lo clavó en el corcho con una chincheta roja, al lado de otros avisos.

Se frotó las manos en el chándal, cogió el carrito y apagó la luz del fondo.

Los fluorescentes de delante se quedaron encendidos hasta que llegó al descansillo.

Luego, el portal. La puerta cerró con un golpe seco.

Elena esperó cinco minutos más, con el oído pegado a la rendija.

Cuando salió del cuarto de archivo le dolían los dos brazos y la palma de la mano le pesaba como un ladrillo. La sala estaba a oscuras, con el naranja de la calle ya apagado. Echó las cortinillas del todo y encendió la linterna del móvil con la palma tapándola.

Lo primero, la mesa de Amparo. No la de los papeles, sino el cuaderno de tapas de cartón que había junto al teléfono.

Un cuaderno de pedidos, hojas cuadriculadas, números en una columna y nombres de clientes al lado.

Letra redonda, de colegio de monjas. Elena lo miró de cerca, con los dientes apretados, y sacó del calcetín las tres hojas de la libreta, y buscó entre ellas la última.

Marcelo Usera, 3.º B / chicas.

La g de Marcelo abría el rabo hacia la izquierda, con un bucle de más. El 3 con la rabadilla redonda. El º subrayado con una raya corta, de bolígrafo, rematada con un gancho, como una firma.

En el cuaderno de pedidos, tres filas más arriba: 3.º envío naranja de mesa — Alcira. El mismo 3 . El mismo º con su raya y su gancho. Más abajo, grande , con la g de rabo abierto.

Elena puso las dos hojas una junto a la otra y las alumbró de lado, hasta que le dolió el ojo.

—Hola, Amparo —dijo en voz baja.

Quien escribía en la libreta de Paco era la mujer de la americana de punto, la de la horchata sin hielo. La que firmaba el piso de Usera con una palabra y un número y se iba a su casa a cenar.

Fotografió las dos páginas, de cerca, con el flash apagado. Metió las hojas en el calcetín. Abrió el primer cajón de la mesa.

No tenía llave. Dentro, encima de un fajo de sobres y una caja de pastillas para la garganta, había un libro de contabilidad de tapas negras con el lomo de tela, de los que se compran en cualquier papelería. Lo abrió por la primera página.

No eran cuentas de naranjas.

Una columna de nombres. Al lado de cada uno, una edad, un país, una cifra.

Otra columna con la misma cifra más alta, y otra, y otra, a lo largo de las semanas, cada una más alta que la anterior, en la misma letra redonda.

Debajo de cada nombre, renglones pequeños: cama, comida, ropa, luz, servicio.

Elena los leyó uno por uno. Había una palabra repetida en todas las líneas, al final de la semana: intereses.

Yeny. 21. Colombia. 11.400. 11.950. 12.480.

Lourdes. 34. Paraguay. 9.800. 10.320.

Rosmery. 27. Honduras. 10.200. 10.750.

Leidy. 29. Colombia. 10.900. 11.430.

Katerin. 24. Ecuador. 9.600. 10.150.

Yohana. 31. Venezuela. 10.700. 11.250.

Seis nombres. Seis cifras que subían cada semana y que no bajaban nunca. Yeny le había dicho que no sabían cuánto debían. Aquí sí lo sabía alguien, con cuidado de contable, en una letra que parecía de maestra.

Al final de la hoja había una séptima línea, tachada con una sola raya, limpia.

Dahiana. 19. Colombia. 8.900. Y a un lado, en lápiz, una palabra: baja.

Elena leyó esa palabra dos veces. Después la fotografió, como las otras.

La mano que sostenía el móvil no le temblaba, que era lo único que sabía hacer con ella en ese momento.

Fotografió una por una las seis líneas y los números de las semanas, y cerró el libro, y lo dejó donde estaba, con el lomo hacia el borde, como lo había encontrado.

Cerró el cajón.

Quedaba el corcho. Una pared entera, con un calendario de la lonja, un cartel de las fiestas de Alcira, tres notas de proveedores y, al lado, clavada con una chincheta roja, la hoja de calendario que había rellenado la limpiadora, con el lapicero de plata y la letra torcida de quien escribe de memoria lo que le han dicho.

LUNES 11:00. Z. en la finca. Que esté todo.

Debajo, en una nota amarilla, en la letra redonda de Amparo:

Lunes: las seis en el almacén de atrás. Puerta cerrada, la llave en mi bolso.

Elena se quedó mirando el papel con la linterna apagada. Detrás de la persiana, en la calle, pasó un coche, y la luz de los faros recorrió el techo de la oficina de un lado a otro y se fue.

Z. no iba a ningún sitio. Z. mandaba, desde una letra en una libreta y una sociedad con un jubilado de Alcorcón al frente. Y el lunes iba a la finca, a ver a las seis. Dos días.

Fotografió la hoja. Apagó el móvil y se quedó un momento a oscuras, escuchando el motor del frigorífico de una cámara al otro lado de la pared, que hacía un golpeteo seco, regular, cada pocos segundos.

Toc. Toc. Toc.

Salió por donde había entrado, girando el pomo con la mano buena.

En el zaguán olía a azahar, que no era la época.

La calle, vacía. A las nueve y veinticinco compró en la taquilla de la estación de autobuses, con un billete de veinte, un pasaje a Alcira para el primero del domingo, las siete de la mañana.