Doble filo (Elena Malasangre 2) Valencia #2
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Valencia #2

Elena lo dejó irse. Doce minutos más tarde se paró en una calle de Patraix, un barrio de bloques de ladrillo, delante de un portal con un balcón lleno de macetas.

Ella apuntó la calle y el número en el folleto del Marítimo, sin levantarse.

Dónde duerme un hombre vale más que dónde trabaja.

Y el hombre dormía a doce minutos de aquí.

A las tres, la oficina cerró. Primero salió una chica joven con una mochila, que echó a andar con auriculares, y luego una señora de cincuenta y tantos con un pelo de caoba muy bien peinado, americana de punto larga, gafas colgadas de una cadenita de oro, y un bolso del tamaño de una bolsa de deporte.

Cerró la puerta con tres llaves distintas, una detrás de otra, sin prisa. Tres llaves. Elena las contó.

Amparo.

Lo que tenía Amparo en la cara era una calma de contable, ni dura ni simpática. Se paró en el zaguán a ponerse unos zapatos planos, dejó los de tacón en una bolsa de tela y cruzó la calle, a seis metros de Elena. Pidió una horchata al camarero desde la acera.

—Hoy sin hielo, Vicent —dijo—. Que el cuerpo no está para sustos.

—Mala semana, doña Amparo.

—Mala semana la de todos. Ponme un fartó.

Elena pagó con el cambio justo y se levantó despacio, con la bolsa de las naranjas. Al pasar rozó la silla de la señora, y la señora levantó los ojos de la horchata, y por un segundo se miraron como se miran dos desconocidas en una cola.

—Perdone —dijo Elena.

—No pasa nada, guapa.

Cinco pasos más allá, Elena se dio cuenta de que le sudaban las manos y de que la venda de la izquierda estaba húmeda por dentro. No era sangre. Se limpió la mano en el pantalón, sin pararse, y no volvió la cabeza hasta la esquina.

* * *

Pasó la tarde en un cine de barrio con la sesión de las cinco y media, al fondo, con la gorra sobre la cara y la bolsa de las naranjas entre los pies.

No vio la película. Durmió dos horas seguidas, que no dormía desde antes de la nave, y se despertó con la palma latiéndole a ritmo de ascensor y una persecución de coches en la pantalla que no le hizo ni cosquillas.

A las siete y veinte volvió al callejón. Ya era de noche en la parte de abajo, aunque en el cielo todavía quedaba una raya naranja, y una sola bombilla sobre el portal dibujaba un círculo amarillo en el zaguán de azulejos. En la explanada no había coches. En la persiana metálica, un candado.

Se escondió en el hueco de una puerta de servicio, tres portales más abajo, entre dos cubos de basura, con la capucha puesta y las manos en los bolsillos.

A las siete y cuarenta y dos llegó la limpiadora.

Una mujer de cincuenta y pocos años, con un chándal gris, un pañuelo en la cabeza y un carrito de plástico lleno de botellas y trapos, que arrastraba con una cadencia de cojera vieja.

Abrió el portal con una llave y dejó la puerta apoyada con el pie mientras entraba el carrito.

Elena contó hasta cuatro y fue detrás, pegada a la pared, sin hacer ruido en el zaguán.

Escaleras de mármol, desgastadas en el centro como cucharas.

Olor a lejía y a cartón húmedo. Arriba, el chirrido de una llave y el golpe de tres cerraduras, una detrás de otra.

La limpiadora cruzó el descansillo con el carrito, sin cerrar la puerta de la oficina, y siguió escaleras abajo con un cubo en la mano.

Hablaba para sí misma en un idioma de vocales abiertas.

Elena subió los últimos peldaños de dos en dos.

La oficina ocupaba toda la planta: tres mesas en fila, un mostrador con fotocopiadora, una puerta entreabierta al fondo con un cuarto de archivo, y una persiana a medio bajar por donde entraba el naranja de la calle.

Olía a papel y a ambientador de limón. Elena se coló en el cuarto de archivo y se metió entre dos estanterías metálicas, de pie, con la espalda contra una carpeta que le clavaba el borde en la columna.

A través de las rendijas de un biombo de madera se veía la sala entera, a media luz.

Los tres cerrojos tenían por dentro una rueda de latón que se giraba con los dedos. Lo había visto al pasar. Salir era fácil. Lo difícil era no hacer ruido hasta entonces.

La mujer volvió con el cubo lleno y encendió los fluorescentes de golpe. Elena cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, la limpiadora ya estaba pasando un trapo por el mostrador, tarareando.

Cuarenta minutos. La limpiadora fregó el suelo en círculos, vació tres papeleras, quitó el polvo de los marcos de las fotos, pasó una bayeta húmeda por los teclados.

Al llegar a la mesa de Amparo, la más grande, con un lapicero de plata y un calendario de sobremesa, se detuvo.

Se sentó un momento en la silla, quitándose un zapato, y sacó del bolsillo del chándal un puñado de pipas.

Las fue pelando una por una, mirando por la ventana, y dejando las cáscaras en el cuenco de la mano. Marcó en el móvil, con la voz muy baja.

— Sí, mama. Sí, he comido.

Elena no sabía el idioma. Entendió mama , y entendió la risa de la mujer al otro lado, con claridad, porque la limpiadora puso el altavoz sin querer y la risa llenó la sala.

Se despidió. Se puso el zapato. Y entonces miró hacia el cuarto de archivo.

No miró hacia Elena. Miró la puerta, que ella había dejado entreabierta unos centímetros más de lo que la había encontrado, y se levantó con las manos en las caderas, y dio un paso. Dos. El trapo le colgaba del hombro.

Elena dejó de respirar. El borde de la carpeta se le hundió en la columna. Por la rendija del biombo vio las zapatillas de la mujer sobre el suelo gris, a dos metros.

El teléfono de la mesa sonó.

Un timbre de oficina antigua, largo y metálico. La mujer se volvió, miró el aparato, dudó, y lo dejó sonar diez veces, con las cáscaras todavía en la mano. Luego cogió el auricular.

—Oficina de Cítricos, ya está cerrado. —Escuchó—. No, la señora no está. —Escuchó—. Sí. Sí, señor. Yo se lo digo. —Escuchó un rato más, y se le fue la sonrisa de la cara—. El lunes a las once. Sí, señor. En la finca. Yo lo apunto.