Valencia
Nelly le cogió la mano izquierda antes de que Elena pudiera esconderla.
—Siéntese.
—Tengo un autobús a las siete y media.
—Entonces siéntese rápido.
Eran las cinco y veinte del sábado, y la cocina olía a café recién colado y a alcohol.
Nelly había puesto sobre la mesa un cuenco con agua tibia, una gasa, un frasco marrón y una caja de tiras de cierre que no venían de ninguna farmacia de barrio.
Se había puesto la bata buena, la azul, con las zapatillas de felpa. Parecía que llevara una hora esperando.
El trozo de manga que Elena se había atado a la palma estaba pegado a la herida con sangre seca.
Nelly lo remojó sin decir nada, de a poquito, y lo fue despegando con la uña.
Debajo, un corte de cinco centímetros, limpio por los bordes y sucio por el medio, con una esquirla verde de cristal todavía dentro.
—Esto no es un cuchillo.
—Una cabina.
—Una cabina. —Nelly sacó la esquirla con unas pinzas de cejas y la dejó sobre la gasa—. Si fuera cuchillo, yo la mandaba a urgencias, y no es cuchillo. Aprieta, mija.
Elena apretó los dientes. El alcohol entró como un cable pelado.
—Usted no pregunta nada.
—Yo trabajé veinte años de noche en una clínica.
La gente que se cae sola de la escalera llega por la mañana, y la que se cae de otra manera llega a las tres.
—Cerró el corte con tres tiras, una al lado de otra, y la gasa encima, y una venda que dio cuatro vueltas sin apretar de más—. Mueva los dedos.
Elena los movió.
—Más tarde le duele. Se toma una pastilla y se está quieta, que es lo que no sabe hacer. —Nelly recogió la gasa sucia con dos dedos, como se recoge un bicho, y la tiró al cubo—. No ha vuelto con sangre en el suelo.
—Dije que no.
—Ya vi.
Sobre la repisa había un paquete envuelto en papel de aluminio. Elena lo miró.
—Es de jamón —dijo Nelly, sin volverse—. La tortilla se acabó.
Elena lo metió en la mochila. Dentro llevaba mil quinientos euros en la faja del pantalón, la cuchilla de cartonero, los dos móviles de prepago, un cargador, dos camisetas, una gorra de visera y unas gafas de pasta de gasolinera.
Las tres hojas de la libreta, dobladas en el calcetín izquierdo, junto con el papel de Alcira.
Lo demás se quedaba en el cuarto, bajo el colchón: el portátil de Iván y el resto del dinero.
—Si no vuelvo…
—Vuelve.
—Si no vuelvo, el portátil es suyo.
—Yo no entro en las cosas de nadie. —Nelly cerró el frasco—. Lo guardo en el armario y espero. Hágame el favor de no hacerme esperar tanto como mi marido.
Elena salió a la calle a las cinco y cuarenta, con la mano vendada dentro del bolsillo de la sudadera, y hasta la esquina no se dio cuenta de que había dicho gracias dos veces.
Estación Sur de autobuses. Un mostrador, una cola de seis personas y un chico con una camiseta de la empresa que le cobró veintitrés euros en efectivo sin pedirle más que un destino.
Valencia, ida. Nadie le preguntó cómo se llamaba.
En el andén, un autobús blanco con el motor en marcha, olor a gasoil y a bollería.
Se sentó en la penúltima fila, pegada a la ventanilla, con la mochila entre las rodillas.
Abrió la aplicación del localizador. El punto azul seguía donde se había parado a las 03:20, en una calle estrecha del centro de Valencia, a cien metros del Mercado Central.
Cuatro horas quieto. Ni se movía ni parpadeaba.
Un coche que se queda toda la noche en el mismo sitio tiene dueño que duerme cerca, y un dueño con un tiro en el brazo duerme muy poco.
El autobús salió a las siete y media por la A-3, y el sol subió detrás de ellos por el retrovisor, encima de los bloques de Vallecas.
Elena apoyó la cabeza en el cristal. Pensó en cerrar los ojos, y no lo hizo.
Contó los kilómetros por los carteles: Arganda, Perales, Tarancón.
El punto azul seguía sin moverse. En Motilla del Palancar, a las nueve y diez, el conductor paró diez minutos y la mitad del pasaje bajó a por café.
Elena se quedó sentada. Un hombre de la fila de delante, con una bolsa de El Corte Inglés, la miró dos veces sin intención y volvió a mirar su móvil.
Pasada Requena la carretera se fue cayendo hacia el mar, y en una rotonda de las afueras apareció el primer naranjo, de adorno, con tres frutos en la copa y una cinta con el nombre de un concesionario. Elena lo miró pasar.
Olor a naranjas, había escrito Yeny. Una máquina que golpea.
Cuando el autobús entró en la estación de Valencia eran las once y cuarenta. Hacía veintitrés grados, en octubre, y la sudadera le pesaba como una manta mojada.
* * *
El Mercado Central era una catedral de hierro y cristal con una cúpula de azulejos y una veleta en forma de pájaro, y por dentro olía a pescado, a jamón, a clavo y a fruta pasada.
Un sábado a las doce y media estaba lleno hasta los topes: turistas con la cámara colgada del cuello, jubiladas con carros de la compra, un chico con una caja de gambas al hombro gritando ¡paso, paso! en dos idiomas.
Elena entró por la puerta principal con la gorra calada y el móvil en la mano, como cualquier chica que busca un bar. Le gustó. Un sitio con tanta gente es un sitio donde nadie recuerda a nadie.
El puesto 218 estaba al fondo, entre un puesto de especias y otro de caracoles vivos.
Una tabla pintada a mano, con la caligrafía de un letrero de feria: CÍTRICOS DEL LEVANTE.
Naranja de mesa, mandarina, limón de Alcira.
Las naranjas formaban una pirámide perfecta, cada una con su hoja verde.
Detrás, una mujer de setenta años, con bata de rayas azules y un cuchillo en la mano, pelaba una para una pareja de turistas, y mientras la pelaba hablaba sin parar, en castellano y en valenciano, por turnos.
Elena esperó su turno. Cuando llegó, pidió dos kilos.
—¿De mesa o de zumo, xiqueta?
—De lo que se coma.
—Pues de mesa. —La mujer llenó la bolsa sin mirar la báscula, y la báscula dio justo—. Navelina, que ahora es su mes. Cuatro con cuarenta.
Elena le pagó con un billete de diez y esperó el cambio con la mano buena sobre el mostrador.
—¿Y esto lo mandan a Madrid? —preguntó—. Para un bar. Mi jefe quiere cajas, que dice que la fruta de allí es de plástico.
—La fruta de allí es de plástico. —La mujer se rio con toda la cara—. Eso lo lleva la oficina, hija. La Amparo. Aquí solo vendo yo, que me pone la mercancía el camión y yo se la quito de encima. Pero hoy no te lo recomiendo, que está de un humor…
—¿Por?
—Porque ha venido el Manolo a las diez con el brazo en cabestrillo diciendo que se cayó de un andamio.
—Dejó el cuchillo y cogió una mandarina para entretener las manos—.
Un andamio, a las doce de la noche. El Manolo, que lleva toda la vida de chófer.
Yo le dije: hijo, ¿tú has visto un andamio alguna vez? Y la Amparo me miró de una manera.
—Qué mala suerte.
—Mala suerte tiene el que no se calla. —Le puso la mandarina en la bolsa, de propina—. Tú te quedas con lo que te toca, que es lo que se come.
—Gracias.
—La oficina está en el callejón de atrás, el portal con el zaguán de azulejos. Sube a la primera. Y no les digas que te he mandado yo.
Elena le dijo que no. Se fue con la bolsa colgando, sin mirar atrás, y no abrió la boca hasta la calle.
El callejón era una rendija entre dos fachadas con ropa tendida y un contenedor de cartón, que torcía a la derecha antes del final y se ensanchaba en una explanada de carga donde cabían tres furgonetas.
La sombra olía a humedad y a piel de naranja.
Al fondo, contra una pared, con el morro hacia dentro y las ruedas delanteras ladeadas como si alguien hubiera aparcado con una sola mano, había una Berlingo blanca.
4427 KDL.
Elena se detuvo en la boca del callejón, donde empezaba a entrar el sol. No hizo ninguna otra cosa. Sacó el móvil y abrió el mapa, y el punto azul le latía a diez metros, pegado al parachoques.
El tirador de la puerta del conductor tenía una mancha oscura, ya seca. No la tocó.
En la fachada de enfrente, sobre una persiana metálica a medio bajar, un rótulo con las letras verdes descoloridas: ZETA TRANSPORTE FRIGORÍFICO.
CÍTRICOS DEL LEVANTE, S.L. Debajo, una placa de latón pulido, la única cosa limpia del edificio: Oficinas, 1.
ª planta. Un portal con el zaguán de azulejos, tal como había dicho la mujer.
En la primera planta, dos ventanas con las cortinillas echadas y una luz fría dentro.
Se sentó en un bar de enfrente, el Marítimo, que tenía cuatro mesas en la acera y un camarero que ni la miró.
Pidió un café con leche y un bocadillo de calamares, y el bocadillo llegó con una guindilla verde clavada en el pan.
Se lo comió sin saborearlo, con los ojos en la puerta del portal.
Era lo primero que comía en doce horas, y el bocadillo de jamón de Nelly seguía en la mochila, para después.
A la una y diez salió un hombre. Bajo, ancho, cuarenta años, sin gorra.
En la cabeza, un esparadrapo grande sobre la ceja, y el brazo izquierdo en cabestrillo azul, con una camiseta limpia de manga larga que no conseguía disimular el bulto del vendaje.
Se llevó la mano buena a la nuca y la apretó contra la piel, con una mueca que le deformó la cicatriz del labio.
El del autolavado. Elena no se movió. Notó cómo el café le subía por la garganta, y se obligó a pasar el trago.
El Manolo cruzó la calle despacio, con la cabeza gacha, sin mirar a nadie, y se subió a la Berlingo con la mano buena.
Arrancó con una sola mano, dio una vuelta de volante tan lenta que se oyó el cambio rascar, y sacó el coche del callejón en marcha atrás.
Pasó a un metro de la mesa de Elena. Ella tenía la visera tapándole la cara y el vaso a la altura de la boca.
Él la miró de arriba abajo, como se mira a cualquiera que tiene la tarde libre, y siguió.
En la aplicación, el punto azul empezó a moverse.