Doble filo (Elena Malasangre 2) Papel #3
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Papel #3

Se había cambiado. Vaqueros, abrigo beige, zapatillas blancas y la coleta suelta sobre un hombro, con una goma de color en la muñeca.

Veintidós años, que hasta ese momento no se le habían notado.

Echó a andar calle abajo con el paso de quien llega tarde a algo que le apetece, y a los treinta metros sacó el móvil, tecleó con el pulgar y se lo guardó otra vez sin mirar atrás.

Valeria dejó el Ibiza en doble fila, con los warning puestos y la placa en el parabrisas.

En Madrid eso se perdona una hora. Cruzó por detrás de un autobús, se subió el cuello del abrigo y fue detrás de la coleta, a cuarenta metros, con las manos en los bolsillos y el cuaderno de tapas duras en el izquierdo.

Seguir a alguien que no sabe que lo siguen es fácil.

Lo difícil es no hacerlo demasiado bien.

A las chicas de veintidós años las pierdes por cansancio: se paran de golpe delante de un escaparate, giran a la derecha sin motivo, leen el móvil con los ojos cerrados a medias.

Noelia hacía las tres cosas. Valeria las fue apuntando en la cabeza, y una más: la chica no miraba hacia atrás ni una sola vez.

No miraba nunca el cristal de las tiendas, que es lo primero que hace quien sospecha.

Alguien que no tiene miedo a ser seguida, o alguien a quien nadie le ha enseñado a tenerlo.

Entró en una boca de metro. Valeria bajó dos tramos detrás, con el billete en la mano, y se quedó en el andén junto a una columna, entre un grupo de turistas con mochilas y un obrero con el casco bajo el brazo.

Noelia esperaba en el borde, justo delante de la señal del primer vagón, con el móvil agarrado contra el pecho. Parecía que escribía y borraba, escribía y borraba.

Valeria miró a su alrededor, que era lo que hacía antes de mirar a nadie.

A su derecha, a unos quince metros, un hombre bajo con abrigo largo, gris, hasta la rodilla, y una gorra de paño leía un periódico gratuito con los codos pegados al cuerpo.

Un hombre que lee en un andén lo hace de lado, y cada vez que llega aire del túnel levanta la cabeza.

Este no. Este tenía el periódico sujeto a la altura del pecho, un poco bajo, y los ojos por encima del borde, clavados donde estaba la coleta de Noelia.

Valeria se quedó muy quieta, sin dejar de mirar a los turistas.

Un hombre que mira a una chica de veintidós años en un andén no es noticia: se hace en esta ciudad cuarenta veces al día. Pero este no la miraba como se mira a una chica. La miraba como se mira un reloj: sin deseo, a intervalos, para comprobar que sigue en la misma hora.

Llegó el tren con su soplido de aire caliente. Noelia subió al primer vagón. El hombre del abrigo esperó a que se cerraran casi las puertas y subió al segundo, con una agilidad de gato viejo, sin tocar a nadie. Valeria saltó al tercero.

Tres paradas. En la segunda, un grupo de chavales con mochilas del instituto entró en tromba y la aplastó contra una barra. Entre dos cabezas, por la ventanilla del paso entre vagones, vio de refilón el abrigo gris. Noelia, dos vagones más allá, con la coleta apoyada en una puerta.

Dos detrás de una misma chica. Valeria no creía en las coincidencias, pero conocía una cosa peor: los dos que siguen a la misma persona sin saber uno del otro. Casi nunca es por la misma razón.

En la tercera parada Noelia se bajó la primera y el hombre del abrigo, segundo.

Valeria, última, esquivando a un señor con un carrito de la compra.

En el andén, la coleta ya subía por la escalera mecánica.

El hombre, dos escalones por debajo de ella.

Valeria se metió entre una señora con bolsas y un chico con auriculares, tres personas detrás del hombre, con el cuaderno apretado en el bolsillo.

Mitad de la escalera. Y el hombre se giró.

No lo hizo con prisa ni girando solo el cuello.

Giró el torso entero, despacio, con una mano en el pasamanos, y miró hacia atrás y hacia abajo, todo el largo de aquella escalera mecánica, y no miró a la señora ni al chico.

La miró a ella. Cinco segundos, quizás seis.

No parecía sorprendido. Tenía cara de haber comprobado una cosa en una lista.

Un rostro ancho y tranquilo, con bigote corto, y unos ojos muy claros bajo la visera.

Luego se llevó dos dedos a la gorra, un saludo apenas, de los que se hacen en un pueblo a un vecino que sigue ahí.

Y siguió subiendo.

Valeria no se movió. La escalera la llevó hacia arriba, igual que a todos.

En lo alto, la calle abierta, ruido de tráfico, la luz de la tarde.

A la derecha, la coleta de Noelia atravesando un paso de peatones con el semáforo ya parpadeando.

A la izquierda, un abrigo gris que se alejaba sin prisa entre los transeúntes, y que no volvió a mirar atrás.

Podía ir detrás de uno o del otro. Dos segundos para decidir, y el semáforo se puso en rojo.

Eligió la coleta. Cruzó entre dos coches, con un taxi pitándole, y en la otra acera sacó el cuaderno y escribió sin dejar de andar. Fecha. 15:49. Y debajo:

Hombre bajo, 60 y pocos, bigote corto, ojos claros. Abrigo gris, gorra de paño. Sigue a N. P. Me ha mirado a mí.

Cerró el cuaderno, y cuando levantó la cabeza la coleta acababa de doblar la esquina. Valeria echó a correr.