Doble filo (Elena Malasangre 2) Papel #2
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Papel #2

—Siéntese. —Bravo no se levantó—. Y antes de empezar, una norma. Hay cosas que usted sabe y yo puedo escribir. Y hay cosas que usted sabe y yo no puedo escribir, porque entonces tendría que hacer algo con ellas. Empiece por las primeras.

Valeria empezó por las primeras.

Un aviso anónimo que entró por el buzón de la Jefatura el martes a las 23:52 con su nombre en el asunto.

Abierto a las 00:41 por una usuaria del Gabinete, Prieto, N.

Reenviado a las 00:44 a una cuenta de Jefatura.

A las 00:47, estado En revisión. Confidencial.

Un piso en Marcelo Usera 63, tercero B, vaciado a las 04:15 por dos hombres con chaleco reflectante y una furgoneta blanca, sin servicio registrado, y un Seat Altea detrás con la matrícula ilegible.

Seis mujeres que antes de esa hora estaban dentro.

Una sociedad que se llamaba Inversiones Alameda 7 y otras treinta y una con el mismo administrador, un jubilado de Alcorcón de setenta y cuatro años.

Una Berlingo, 4427 KDL, de Transportes y Mudanzas Zeta.

Bravo no apuntó nada. Tenía las gafas de montura roja colgadas de la cadena y las manos juntas sobre la carpeta cerrada, y de vez en cuando movía el pulgar, como quien cuenta.

—Dos policías de uniforme sin servicio.

—Con el chaleco puesto. Una vecina lo vio.

—Y un guardián que les da la mano.

—Con la mano de los amigos.

—Bien. —Bravo se tocó el puente de la nariz—. Hay una persona en medio, y no me la nombra.

Valeria no contestó.

—Alguien le dijo que ese piso existía, o alguien lo vio antes que usted. Y usted la protege, y yo no le voy a preguntar por qué. Pero lo apunto. —Se inclinó un centímetro—. Tampoco ha dicho nada de su comisario jefe.

—No he dicho nada de él.

—Eso he dicho.

Se miraron un rato. Fuera, en el pasillo, alguien arrastraba un carrito de expedientes que tenía una rueda coja.

—Le voy a decir lo que tengo —dijo Bravo—, y es poco, y no sirve para nada hasta que lo convirtamos en otra cosa.

Mi oficina no puede abrir diligencias con un buzón anónimo, una policía de baja y un piso vacío.

Necesito una denunciante con nombre y apellidos, o un papel que no haya pasado por un ordenador de Jefatura.

Sin víctimas identificadas, lo que usted me cuenta es una novela. Muy buena. Pero una novela.

—Había seis mujeres.

—Las seis mujeres no figuran en ningún documento que yo pueda firmar. —Lo dijo sin dureza, con una especie de cansancio profesional—. Eso es lo peor de este oficio. Lo que se sabe y lo que se puede probar son dos habitaciones distintas, y el pasillo entre las dos lo hacen otros.

—¿Y qué se puede hacer, entonces?

—Dos cosas. —Bravo abrió la carpeta por fin.

Dentro había una hoja con tres nombres de sociedades y fechas a lápiz—.

La primera, que yo miro. Inversiones Alameda 7 aparece en un archivo de 2023: denuncia anónima por trasiego de mujeres de madrugada en un piso de Carabanchel.

Mi oficina pidió informe a Policía Judicial.

El informe dice: inquilinas con contrato de trabajo doméstico, sin indicios.

Archivado en once días. No puedo decirle quién lo firmó.

Tengo que ir al archivo en persona, y en esta casa quien entra al archivo queda apuntado en un libro.

—Policía Judicial de Madrid.

—Si le digo cuál es el comisario jefe de Policía Judicial de Madrid, usted me dirá que ya lo sabe. —Bravo cerró la carpeta—. No lo nombremos. Esta sala no tiene micrófonos, pero me gustan las costumbres.

—¿Y la segunda?

—La segunda es suya. —Abrió el cajón de la mesa y puso sobre la tabla un cuaderno de tapas duras, negro, con una cinta roja de registro—. Páginas numeradas. Las numeran en imprenta, para los forenses. Si arranca una, falta un número, y si falta un número, un juez lo huele a distancia.

—Ya llevo un bloc.

—De espiral. Una hoja se arranca y no se nota. Ese sirve para pensar. Este sirve para declarar. —Empujó el cuaderno con dos dedos, como había empujado la tarjeta—. Fecha, hora, lugar, lo que vea, nada de lo que opine. Un testigo que escribe con la hora vale más que diez que recuerdan.

Valeria cogió el cuaderno. Pesaba más de lo que parecía.

—¿Su marido sabe que está aquí?

—Mi marido cree que estoy en casa con una infusión.

—Me llamó ayer a las cinco. Con voz de marido preocupado.

Que estaba usted delicada, que cualquier cosa que me dijese me la tomase con cuidado, que se lo comentase a él.

—Bravo se colocó las gafas—. Le contesté que no la veía desde el jueves.

Es la primera vez en veintitrés años que miento a un comisario jefe, y no me ha costado nada. Eso me preocupa más que él.

—Gracias.

—No me las dé. Anótelo. Martes, 17:05, llamada de Salas.

Valeria abrió el cuaderno por la primera página, con el número impreso en la esquina, y lo escribió allí, con el boli de la placa. Bravo la miró escribir.

—Una cosa más. —La fiscal esperó a que levantara la vista—.

La llamada al 112 desde la nave, la de las 23:21 del viernes.

Pedí la grabación el lunes. Esta mañana me ha llegado la contestación de la Sala: purgada por mantenimiento del sistema.

Treinta años de 112 en esta ciudad, y el mantenimiento se les ha llevado justo esa hora. Esa y ninguna otra.

—¿Quién puede purgar una grabación?

—Alguien con usuario en la Sala. O alguien con usuario en otro sitio y un amigo en la Sala. —Bravo se levantó, por fin—. Y cualquiera que consultara esa llamada antes de que desapareciera tiene ahora un problema, aunque todavía no lo sepa.

Valeria pensó en un chaval con las gafas empañadas que había mirado esa llamada de madrugada, con el agua corriendo. Pensó en la nuez subiendo y bajando, y en un hombre con la boca abierta sentado a su lado.

No dijo nada. Bravo tampoco.

* * *

A las 15:34 del jueves salió Noelia Prieto por la puerta principal de la Comisaría Central, y no era la agente en prácticas de ninguna carpeta azul.