Papel
—Hoy como con el delegado —dijo Ramiro, con media cara llena de espuma—. No me esperes hasta las cinco.
Valeria, apoyada en el marco del baño con una taza de café, asintió. En el espejo, por encima del hombro de él, se veía a sí misma: el pelo sin peinar, la bata, la cara de martes de baja. Un buen decorado. Lo había montado ella.
—Ayer te llamé a las doce y media —siguió él, sin volverse. La cuchilla subió por el cuello, despacio—. Y a las dos. No lo cogiste.
—Lo tenía en silencio. Me quedé dormida en el sofá.
—Siempre lo tienes en silencio.
—Y tú siempre me dices que no lo tenga.
Se rio. Enjuagó la maquinilla y la golpeó contra el borde del lavabo, dos veces, secas. Luego se giró, le cogió la barbilla con dos dedos mojados y le miró un lado de la cara y después el otro, como se mira un coche de segunda mano.
—Mejor color. Anda, descansa.
Se fue a las ocho y diez. Valeria contó los cuatro minutos del reloj del horno y sacó de debajo de una factura de la luz el sobre que llevaba tres días ahí: el parte de baja, copia para Personal, con el sello azul de la Mutua.
El plazo para entregarlo en mano vencía el miércoles.
Ramiro se había ofrecido a llevarlo dos veces.
Las dos veces ella le había dicho que ya lo haría.
El móvil de siempre, en la mesilla, con la pantalla hacia abajo.
A la una y veinte aparcó el Ibiza en la acera de enfrente de la Comisaría Central, entre un vado y un contenedor de vidrio, con la rampa del garaje a la vista.
A las 13:52 salió el Audi negro. Ramiro al volante, solo, con gafas de sol en octubre.
Giró a la izquierda sin mirar atrás. Valeria anotó la hora en el bloc y se quedó tres minutos más, por si volvía a por el paraguas.
El agente de la garita era un chaval de veinticinco años con un grano en la barbilla y cara de haber visto pasar a un fantasma con placa.
—Inspectora Cortés. —Miró la pantalla, luego a ella—. Su tarjeta está suspendida.
—Lo sé. Vengo a entregar un papel en Personal. Avisa a quien tengas que avisar.
—Es que me sale un aviso.
—Pues que salga. Para eso lo han puesto.
Firmó en el libro de visitas con su letra pequeña. Nombre, DNI, motivo: Entrega parte baja. Hora de entrada, 14:03. Se quedó mirando el número un segundo y lo copió también en su bloc.
En Personal, una funcionaria con un jersey lleno de pelo de gato selló el papel a regañadientes.
—Nadie pide copia sellada.
—Yo sí.
Se la devolvió con el sello torcido. REGISTRO DE ENTRADA, 14:09. Valeria la dobló en tres y la guardó junto al bloc. Un papel con sello y hora era lo más parecido a una coartada que da la administración, y salía gratis.
Subió a pie. A esa hora la tercera planta olía a café requemado: la mitad de la gente había bajado a comer y la otra mitad comía delante de la pantalla. Gil, con los pies sobre un cajón abierto y un bocadillo de calamares a medias, levantó la mano libre.
—Qué haces tú aquí, Cortés. Descansa, mujer.
—Vengo por una taza.
—¿Qué taza?
—La mía.
Gil se encogió de hombros y volvió al bocadillo. Junto a su teclado, una carpeta con el nombre de Iván Montero y una palabra a rotulador en la tapa: ARCHIVO. Valeria la vio y no preguntó nada.
Su mesa estaba como la dejó. Eso ya era una información: nadie la había recogido ni usado de aparador. Cajón de abajo: una caja de manzanilla, un paraguas plegable, medias de repuesto, y debajo de las medias un papel cuadriculado, doblado en cuatro, arrancado de un cuaderno de ingeniero.
Lo desplegó con el cajón abierto contra la rodilla.
Valeria:
Esto es lo último que dejo en el cajón, que me siento en una película de espías y ni me han dado una gabardina.
1. Me han puesto a un técnico «de migración de equipos». Se llama Duque y respira por la boca. Está a mi lado desde las doce.
2. Tu tarjeta está suspendida por la baja. A la garita le sale un aviso cada vez que alguien la nombra. Si lees esto es que has venido a entregar el parte, que es el único motivo que cuela. Por eso te lo digo: tráelo en persona.
3. Sitio nuevo. Cuesta de Moyano, puesto de libros de lance con toldo verde, tercera caja empezando por la derecha. «Tratado de contabilidad agrícola, tomo II». Nadie en la historia de España lo ha abierto. Yo paso a las 14:20, al salir a comer. Tú, cuando puedas.
Rompe esto en trozos pequeños. No te lo comas, que es de mala educación y de mala digestión.
Se lo metió en el bolsillo del abrigo. Cogió de la estantería una taza blanca con una grieta que había sido suya durante ocho años y la echó al bolso.
Dos filas más allá, en diagonal, Nacho tecleaba con la espalda recta y los ojos fijos en la pantalla.
A su lado, en una silla traída de otra mesa, había un hombre de cuarenta años con camisa de manga corta y la boca entreabierta.
Nacho no levantó la cabeza. El pie derecho le subía y bajaba bajo la mesa, rápido, como si llevara toda la mañana aguantando las ganas de ir al baño.
El de la boca abierta giró hacia ella sin mover la silla.
—Inspectora Cortés. Qué sorpresa. Me han hablado mucho de usted.
—Qué lástima. A mí de usted no me han dicho nada.
Duque sonrió, con los dientes y todo. Nacho siguió tecleando. La nuez le subió y le bajó una sola vez.
En el pasillo se cruzó con Noelia Prieto.
Coleta larga y castaña, uniforme sin una arruga, la carpeta azul apretada contra el pecho.
Se paró en seco. Valeria la miró de arriba abajo solo lo justo: las botas lustradas, un boli azul con el capuchón mordido asomando por el bolsillo de la camisa, y la funda del móvil sobresaliendo del pantalón, con la pantalla encendida.
—Inspectora.
—Noelia.
—Espero que se mejore.
—Gracias. ¿Y tú qué tal? Siempre con carpeta.
La chica sonrió con la mitad de la boca.
—Órdenes del comisario.
—El comisario no está.
—Ya lo sé. Es para dejársela en la mesa. —Bajó la mirada, o la subió hacia un punto cualquiera de la pared, y pasó rozándole el hombro. Olía a vainilla.
Valeria no se volvió. Oyó la puerta del despacho del comisario jefe, que no se cerró con llave, sino con ese ruido blando de las puertas que alguien empuja con la cadera. Eran las 14:27.
En el libro de visitas anotó la salida, 14:31, y el chaval de la garita le dijo que se mejore, inspectora , mirando la pantalla. Ya en el Ibiza rompió el papel de Nacho en veinte pedazos y los fue soltando en las papeleras de tres calles distintas.
La cuesta de Moyano a las tres de la tarde tenía los puestos de libros de lance a medio abrir y un señor dentro de cada uno, leyendo lo que vendía.
El del toldo verde era un viejo con boina que ni levantó la vista del periódico.
Tercera caja empezando por la derecha. Novelas del Oeste, un manual de mecanografía, dos tomos de una enciclopedia agraria y, entre ellos, un lomo de tela verde comido por el sol: Tratado de contabilidad agrícola, II. 1971.
Lo abrió por la mitad. Dentro, doblado en cuatro, otro papel cuadriculado.
V.:
Si lees esto, el tomo II funciona y soy un genio de la clandestinidad. Si no, olvida que lo he escrito.
1. Desde el lunes tengo un usuario «de auditoría». Todo lo que toco queda copiado. Puedo mirar cosas aburridas y nada más. Del buzón ni me acerco.
2. Noelia. El cuadrante del Gabinete cuelga de un corcho, en papel, que es lo único que no vigilan. Pone «Prieto, N. — jueves 15:30 — gestiones». Los tres últimos jueves. El que te dieron la baja salió a las 15:30 y volvió a las 18:10. Esta semana, otra vez. Vuelve peinada distinto.
3. Me dan miedo las cosas que no me dan miedo. Tengo la sensación de que Duque lo sabe todo y se lo está pasando bien.
Contesta en esta misma hoja. Nada de aparatos.
Valeria sacó el bolígrafo de la placa y escribió debajo, apoyada en el lomo de otro libro. Letra pequeña, de lado.
Jueves la sigo yo. Tú ni la mires. No comas nada que te dé Duque.
Dobló el papel en cuatro, lo dejó entre las mismas páginas, cerró el tomo y lo devolvió a su sitio, exactamente donde estaba. El viejo de la boina pasó la hoja del periódico.
—Ese no se vende, señora —dijo, sin levantar la vista—. Está de adorno.
—Ya lo veo.
* * *
El mensaje de Marisa llegó el miércoles a las 07:12, cuando Ramiro todavía estaba en el recibidor buscando las llaves del coche. Valeria lo leyó en el baño, con el grifo abierto y el móvil de prepago pegado al muslo.
Se fue ayer a las 12:35. Mi hermana ha bajado a por el pan y ha vuelto con una barra y tres periódicos. Gracias por contestar. M.
El lunes, a las 11:05, desde el Ibiza, ella había escrito: No abra a nadie. No salgan ninguna de las dos. Si suben, 112 y dicen que hay un hombre amenazando; mi nombre no. La matrícula es 7731 KJP. No le había dicho nada más, porque no tenía nada más.
Ahora lo tenía. A las 12:35 del martes un hombre que llevaba desde el domingo a las ocho de la noche con una bolsa de pipas dejó de mirar un portal.
Los hombres así no se aburren, ni se van por cortesía: obedecen.
Quien lo había puesto allí lo había quitado, y se había dejado convencer de algún modo.
Valeria contó los modos que conocía y se quedó con uno.
Alguien tenía algo con lo que apretar a Don Paco. Y ese alguien no era Marisa.
Borró el mensaje, y el chat, y el número de Marisa de la lista de recientes.
Llamó a la línea directa desde el aparcamiento de un centro comercial de Carabanchel, a las 08:40, con el motor apagado. Descolgaron al segundo tono.
—Fiscalía, no diga su nombre.
—Cortés.
—Ya. La reconozco por la respiración. —Un ruido de papel—. Venga a las diez. Por el garaje. Pregunte por el 4 y diga que va a un recurso.
La sala sin ventanas era la misma, con el mismo cuadro del paisaje que a nadie había gustado nunca. La fiscal Bravo llevaba otro jersey, verde botella, con otro agujero en el codo. Valeria pensó que la mujer los rompía siempre por el mismo sitio, de apoyarse en mesas ajenas.