Doble filo (Elena Malasangre 2) Lo de Iván #3
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Lo de Iván #3

A las once menos cinco llegó otro coche.

Un Audi negro, con un golpe en el lateral, que frenó de un volantazo delante de la verja y la apartó con el parachoques.

Se abrieron tres puertas a la vez. Primero el bastón de aluminio, golpeando el hormigón.

Después el Cojo. Detrás, sin prisa, los dos chicos de la avenida de la Albufera, el de la capucha y el de la riñonera.

Cabían los tres en un coche. Habían cumplido.

—¿Quién coño es ese? —dijo el Cojo.

Elena, entre los neumáticos, lo oyó con claridad. La voz ronca, el resuello, aquella manera de arrastrar el final de cada frase.

El hombre de la gorra salió de la cabina con la bolsa en la mano izquierda y la derecha cerca del cinturón. Se miraron a doce pasos. Nadie dijo nada durante un rato largo. Se oyó el motor del Audi enfriándose.

—¿Tú qué haces aquí? —preguntó el Cojo.

—Lo mismo que tú.

—Esa bolsa es mía.

—Esta bolsa es de Iván, y Iván es de Zeta.

—Iván me debe tres mil euros.

—A mí me debe dos bultos. —El de la gorra levantó la cartulina con dos dedos, la agitó—. Pero aquí pone Cojo . Qué curioso. Pone Cojo y me han citado a mí.

—Tú me has citado a mí.

—Yo no cito a nadie. Me ha citado un muerto.

—No me hables de muertos, que los tengo de sobra.

—Pues eso.

El chico de la capucha miró al Cojo. El Cojo no lo miró a él.

—Un muerto —repitió.

—Un muerto que escribe. —El de la gorra dio un paso—. Y a ti, ¿quién te ha escrito?

Eso era lo que Elena no había calculado. Que dos hombres que llevaban años sin pisarse los callos pudieran, al mirarse, hacer la misma cuenta a la vez. Si se la hacían bien, se daban la mano, se iban cada uno a su casa y se preguntaban quién había sido. Y a lo mejor llegaban a ella.

El Cojo ya estaba empezando a hacerla. Se le notaba en el resuello.

Elena tenía a la derecha, apoyado contra la pila, un neumático de camión de casi un metro de alto, sin aire. Lo empujó con las dos manos y lo dejó rodar.

Rodó por el hormigón con un ruido hondo, de tambor roto, y chocó contra el Audi.

El chico de la riñonera disparó.

No apuntó a nadie. Disparó al ruido, con las dos manos, dos veces, y la segunda bala le entró al hombre de la gorra en el brazo izquierdo, por encima del codo.

El hombre gritó una sola palabra, y devolvió el fuego sin soltar la bolsa.

Tres detonaciones en el cemento. El chico de la capucha cayó de rodillas con las manos en el muslo.

—¡Para! —gritó el Cojo—. ¡Para, hostia, que…!

El de la gorra ya corría hacia la Berlingo.

Con la derecha tiraba de la puerta y con la izquierda, que le colgaba, aguantaba la bolsa contra el pecho.

El Cojo se le echó encima cojeando y le dio con el bastón en la cabeza, un golpe de lado, seco, que le tiró la gorra.

El hombre soltó la bolsa. Cayó sobre la gravilla.

Rodó, se levantó con la cara llena de sangre, se metió en la Berlingo y arrancó atravesando la verja.

La malla chilló. La Berlingo dio un salto al salir al asfalto y se perdió con las luces apagadas.

El chico de la riñonera se había quedado inmóvil con la pistola apuntando al suelo y la boca abierta. El de la capucha repetía una cosa en voz muy baja, un nombre o una oración. El Cojo se agachó junto a la bolsa, la abrió, miró dentro. Cogió la cartulina y la leyó con los ojos muy cerca.

— Saldado —dijo.

Se quedó un momento así, de rodillas, con el bastón a un lado. Luego levantó la cabeza y miró la explanada vacía, el túnel de cepillos, los neumáticos. Miró, sin verla, hacia el sitio donde estaba ella.

—Esto lo ha escrito una tía —dijo—. Me cago en mi madre. Una tía.

Nadie contestó.

—Ayúdame a levantarlo. —Al chico de la riñonera—. Que se desangra.

Entre los dos metieron al de la capucha en el Audi, con una pierna doblada y la chaqueta apretada en el muslo. El Cojo se llevó la bolsa con las dos manos, como un niño que se lleva la merienda. Arrancó por encima de la verja caída.

Elena esperó diez minutos sin moverse. Un perro ladraba lejos, siempre el mismo. La mano había dejado unas gotas oscuras en el hormigón, en fila, hasta donde ella estaba.

Cuando por fin se levantó, se vio las rodillas negras de grasa y el vaquero abierto en una. Había un chaval con una bala en el muslo y un hombre con otra en el brazo, y los dos habían llegado hasta allí porque ella los había citado.

No dio vueltas a eso. La cabeza no le dio para más.

Sacó del bolsillo el móvil, abrió la aplicación y esperó a que se cargara el mapa. Un punto azul, a tres kilómetros, avanzando hacia el este por la M-40 a ciento diez por hora.

Se lo quedó mirando en la parada, con un trozo de manga atado a la palma y el pulso todavía acelerado.

A las doce menos veinte el punto se paró en una calle de Moratalaz y estuvo allí media hora, el tiempo de que alguien le cosiera un brazo.

A las doce y diez cogió la A-3. Elena volvió a Tetuán sin saber cómo y se sentó en la cama de Nelly con el móvil en la mano y la persiana bajada.

A la una y cuarto el punto cruzaba Tarancón.

A las dos, Motilla del Palancar. Bajaba hacia el mar por la carretera de Valencia.

A las tres y veinte dejó de moverse.

Amplió el mapa con dos dedos. Una calle estrecha del centro, a cien metros de la dirección del Mercado Central que salía en la web de Cítricos del Levante .

El Mercado Central.