Doble filo (Elena Malasangre 2) Lo de Iván #2
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Lo de Iván #2

El jueves compró en una tienda de electrónica de Embajadores un localizador del tamaño de una moneda, con un imán en la tapa.

Veintinueve euros. La dependienta, una chica con un piercing en la ceja, le explicó cómo enlazarlo al móvil como se le explica a una abuela el microondas. Elena asentía. Pagó en efectivo.

—¿Para las llaves? —preguntó la chica.

—Para un coche.

—Ah, para el coche. Qué listo. —Sonrió—. Mi padre pierde el suyo todos los domingos.

Esa noche, al volver, encontró la puerta del cuarto entreabierta y a Nelly sentada en el borde de la cama, con las zapatillas puestas y un paquete envuelto en papel de aluminio sobre las rodillas.

—Yo no entro en las cosas de nadie —dijo Nelly, antes de que Elena abriera la boca—. He venido a dejarle esto.

—¿Qué es?

—Un bocadillo de tortilla. Para mañana, para cuando salga.

—No sé si voy a salir.

—Usted lleva tres días acostándose vestida, mija.

Con los zapatos al lado de la cama, mirando hacia la puerta.

—Se levantó, con una mano en la rodilla—.

Yo trabajé de noche veinte años en una clínica de Guayaquil, y esa postura se la reconozco desde el pasillo.

Lo que sea que vaya a hacer, hágalo con la tripa llena.

Elena cogió el paquete. Estaba caliente todavía.

—Gracias, Nelly.

—Y no vuelva con sangre en el suelo. Que el parquet es de mi marido, que en paz descanse.

—Ya lo sé.

—Pues entonces. —Nelly se paró en la puerta, con la bata cerrada—. Hágalo bien. Y vuelva a cenar.

* * *

El autolavado llevaba cerrado tres años y todavía olía a jabón.

Elena llegó a las nueve y cuarto del viernes, andando desde Congosto, con la capucha puesta y una bolsa de deporte negra, de supermercado, de las que se rompen a la tercera vez.

Una verja de malla, torcida, con un hueco al pie por donde pasó un gato antes que ella.

Una explanada de hormigón con manchas de aceite.

Un túnel de lavado largo, con los cepillos colgando como una arboleda muerta.

Una cabina de cobro de cristal roto con un cartel de PRECIO LAVADO COMPLETO 7 € medio despegado, y al fondo un montón de neumáticos viejos y un camión de reparto sin ruedas.

Midió con los pasos, como había hecho en la 14.

De la verja a la cabina, veinte. De la cabina a los neumáticos, ocho.

De los neumáticos a la salida de atrás, tres.

Dos accesos. En el bolsillo trasero del vaquero llevaba la cuchilla de cartonero, que era lo más parecido a un arma que tenía, y no pensaba usarla.

Dejó la bolsa en la mesa de la cabina, sobre el cristal roto, bien a la vista. Dentro, tres montones de veinte billetes de cincuenta con una goma negra cada uno, y una cartulina doblada en dos, con mayúsculas de molde.

PARA EL COJO. LO DE IVÁN. SALDADO.

Luego se escondió detrás de los neumáticos, boca abajo sobre un trozo de cartón, y esperó.

Una hora larga. El cartón no servía para nada: el frío le subía por el hormigón hasta las costillas.

Se puso a contar las veces que ladraba el perro de detrás de la valla, y cuando se aburrió de contar repasó la lista.

La bolsa. La cartulina. Las dos horas. El localizador, comprobado tres veces con el pulgar.

Lo que podía salir mal tenía una columna entera, y la dejó sin leer.

A las diez y veinte entró la Berlingo.

Entró despacio y con las luces apagadas, rodando sobre la gravilla, y se paró junto a la cabina con el morro hacia la verja. El hombre de la gorra lisa bajó con una linterna pequeña en la mano y una pistola metida en el cinturón, por delante, donde se ve.

Estaba solo.

Se quedó un minuto al lado del coche sin moverse, escuchando. Barrió la explanada con la luz. La luz pasó por encima de los neumáticos sin pararse. Elena aguantó el aire.

Entró en la cabina. El cristal roto crujió bajo sus botas.

Ella ya había contado esto con los dedos.

Treinta segundos, a lo sumo cuarenta, para abrir la bolsa, ver el dinero, ver la cartulina y leerla.

Seis metros hasta la parte trasera de la Berlingo.

El localizador en la mano izquierda, con la tapa quitada.

Salió a gatas de detrás de los neumáticos y cruzó el hormigón pegada al suelo, sin mirar atrás, con las rodillas ardiéndole.

Un trozo de cristal le cortó la palma. No dijo nada.

Debajo del parachoques de la Berlingo había hueco. Metió el brazo hasta el hombro, palpó metal frío y pegó el imán. Oyó el clic. En la cabina, la linterna dejó de moverse.

—¿Quién hay? —dijo el hombre.

Elena se quedó tumbada, con la mejilla contra la rueda trasera. No respiraba. Los pasos cruzaron el cristal, uno, dos, tres, y se pararon a dos metros de su pie.

Se oyó un mechero. El hombre había decidido que el ruido era un gato.

La luz del encendedor le iluminó un momento la cara, y Elena pudo mirarla desde abajo, sin que él mirase hacia abajo. Cuarenta años. Una cicatriz fina en el labio. Una expresión de fastidio muy tranquila, de la de quien acaba de descubrir que alguien le ha hecho perder la tarde.

Se fue de nuevo hacia la cabina. Elena rodó por la gravilla hasta los neumáticos sin hacer ruido. Tenía la mano abierta y goteaba.

En la cabina el hombre leía la cartulina con la linterna.

—Qué cabrón —dijo, en voz alta, hacia nadie.