Doble filo (Elena Malasangre 2) Lo de Iván
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Lo de Iván

—Me ha venido una policía —dijo Marisa, sin saludar.

Elena estaba de pie en la cocina de Nelly, con una tostada en una mano y el móvil nuevo en la otra. Eran las ocho y diez del martes. Dejó la tostada en el plato.

—¿Cuándo?

—Ayer. A las diez. Subió hasta el cuarto con la placa en la mano y se sentó en la silla del comedor, de lado, con el abrigo puesto. —Marisa hablaba bajo, con la boca pegada al teléfono—. Cuarenta y tantos. Delgada. Con cara de no haber dormido desde antes de que naciera yo.

La mujer de la terraza. La que había mirado la calle portal por portal y se había parado medio segundo en su mesa.

—¿Qué le has dicho?

—Nada. Que no te veía desde que dejaste el bar. Que no tengo tu teléfono.

—Bien.

—Elena, escucha. Sabe lo de los sobres.

Elena no se movió. En la encimera, la cafetera dejó de gorgotear.

—¿Qué sobres?

—No me hagas eso. —Marisa se rio sin ganas—. Mi hermana abrió la boca. Esa tía se quedó mirándola dos segundos y ya lo tenía. Ha visto el de la asociación de Carabanchel y sabe lo de Pilar, la de Vallecas. Me dijo que alguien compró diez sobres el jueves. Diez, Elena. ¿Para qué compras diez?

—Para que sobren.

—No tiene gracia.

—No. —Elena se pasó la mano por el pelo corto, que todavía se le olvidaba que ya no estaba—. ¿Te ha dicho qué quiere?

—Que si necesitas a alguien que no sea ni Paco ni su marido, que la llames. —Hubo un ruido de papel—. Me dejó un número en un tique de aparcamiento.

—No la llames.

—Si no es por eso. Es por lo otro. —La voz de Marisa se quebró—.

Hay un tío en la calle. Desde el domingo a las ocho de la noche.

Chándal azul, cabeza rapada, con una cicatriz así en la nuca, y un Ibiza blanco.

Se pasa el día mirando el portal. Mi hermana no baja ni a por el pan. El niño no ha ido al cole.

Elena cerró los ojos.

Tres hombres en la nave, cuando ella estaba tumbada junto al lucernario con la mejilla pegada al plástico amarillento. Uno con chándal azul y la cabeza rapada.

Les dije que esperasen en la carretera.

Aluche está libre.

—No se va a ir —dijo Marisa—. ¿Verdad que no?

—Se va a ir hoy.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque se lo voy a decir yo.

Colgó. Se quedó un momento mirando la pared de la cocina, un calendario de una funeraria con una foto de la sierra, y luego se sentó a la mesa con el otro móvil, el que había comprado solo para Paco y que solo tenía un contacto.

Escribió con los pulgares, despacio.

Su gente no ha obedecido. Chándal azul, cabeza rapada, cicatriz en la nuca. Ibiza blanco 7731 KJP. Lleva desde el domingo a las 20:00 en la puerta de la hermana de Marisa. Si no se ha ido antes de las 14:00, la copia se abre esta noche.

Lo envió antes de pensárselo mejor.

Contestó a los cuatro minutos. Elena los pasó mirando cómo se enfriaba la tostada.

Le debo una disculpa, señorita. Ha sido una iniciativa personal que no se repetirá. El caballero estará en su casa antes del mediodía. Gracias por la matrícula. P.

Y un minuto después:

Le recuerdo que Alcira no se queda esperando.

Elena borró los dos mensajes, uno por uno, y guardó el móvil en el bolsillo del vaquero. Del lado donde llevaba la colilla del Marlboro.

Alcira no se quedaba esperando. Tenía una dirección de pluma de colegio de curas, cuatro hombres de día, dos de noche, perros. Tenía diez mil euros de reserva y una cabeza. No tenía coche, ni manos, ni a nadie que supiera conducir una furgoneta sin cámara.

Sacó del bolsillo el ticket del súper, doblado en cuatro y ya blando de tanto abrirlo, y lo alisó sobre la mesa. La lista de hace una semana, con su letra apretada.

1. Sin policía.

2. Sacarlas de ahí antes de que las muevan.

3. Una voz que no sea la mía.

Debajo escribió una cuarta.

4. A quién recoge Z.

Nelly entró arrastrando las zapatillas y miró la tostada intacta.

—Eso no se tira.

—No la tiro.

—Pues cómasela.

Elena se la comió.

* * *

El Cojo no se llamaba Cojo. Se llamaba Ezequiel, según el chat.

Lo ponía una sola vez, en una foto de un albarán que Iván se había guardado por si acaso: Ezequiel — 3.

000 — pendiente. Elena la encontró el miércoles por la mañana, buscando en el móvil sin tarjeta con el wifi del locutorio de Tribulete, la misma cabina del fondo.

Desde el chat, el Cojo hablaba en audios.

Los de Iván, no; Iván nunca había contestado con la voz.

Treinta, cuarenta segundos cada uno, con una voz ronca y un resuello de fumador que se oía antes que las palabras.

Elena los escuchó con los auriculares puestos, de más viejos a más nuevos, y fue anotando en el dorso de un folleto.

¿Y lo mío?

Tú me dijiste que el lunes.

Iván, no me jodas, que estoy siendo educado.

El último era del domingo por la noche, mientras ella volvía de Vallecas con dos papeles doblados en el calcetín. Elena lo puso dos veces.

Te doy hasta el viernes. Y luego voy a casa de tu novia, que algo sabrá. Y si no sabe nada, la hago saber.

Se quitó los auriculares. En la cabina de al lado, un chico gritaba en quechua a una pantalla.

Iván no había dejado deudas. Había dejado a Elena en medio.

El móvil nuevo vibró sobre el teclado. Marisa.

Se fue ayer a las 12:35. Mi hermana ha bajado a por el pan y ha vuelto con una barra y tres periódicos. Gracias.

Elena escribió: Que nadie salga hasta el viernes. Lo borró. Escribió: Cierra con llave. Lo mandó, y se quedó mirando cómo la palabra entregado se ponía gris.

El resto fue ir a verlo. No a hablar con él. A mirar.

La avenida de la Albufera, a las siete de la tarde del miércoles, era una fila de bares, de tiendas de móviles y de coches mal aparcados.

El bar se llamaba Los Faroles , con la fachada de azulejos verdes y una máquina tragaperras que se veía desde la acera.

Elena se sentó en la marquesina de enfrente con un café de máquina y una revista de crucigramas que no iba a abrir.

El Cojo salió a la puerta a las siete y diez para fumar.

Cincuenta y pico, ancho de espaldas, con una cazadora de cuero y la pierna izquierda más corta que la otra: cada paso se le iba hacia dentro, y se apoyaba en un bastón de aluminio de los que dan en los hospitales, con la empuñadura envuelta en cinta aislante.

Dos chicos jóvenes salieron detrás de él, uno con la capucha puesta y otro con una riñonera cruzada al pecho, y se quedaron a un paso, mirando la calle.

Eran sus perros. Los demás clientes entraban y salían sin hablar con ellos.

A las siete y veinte se paró delante del bar una Berlingo blanca.

Elena no tuvo que mirar la matrícula. 4427 KDL.

Bajó un hombre de cuarenta años, bajo, ancho, gorra de béisbol sin nada escrito y una bolsa de deporte plana, vacía, que llevaba colgada del hombro como una chaqueta.

El Cojo lo saludó con un movimiento de barbilla.

El de la gorra no sonrió. Entró en el bar detrás de él y la puerta se cerró.

Salió a las siete y treinta y cuatro. La bolsa de deporte le colgaba distinta, con un peso que tiraba del hombro hacia abajo. Subió a la Berlingo sin mirar ni a un lado ni a otro.

Elena se quedó con el café frío entre las manos.

Zeta no falla. No tenía nombre. Tenía un sitio, y un coche, y un hombre con una gorra lisa que entraba con la bolsa vacía en bares que no eran de nadie. Cobraba. Y lo hacía el miércoles, en la avenida de la Albufera, a plena luz, porque no tenía miedo de que alguien lo mirase.

Lo apuntó todo en el folleto. Hora de llegada, hora de salida, el peso de la bolsa, el bastón. Lo que más le interesó fue otra cosa, que no apuntó. Se conocían. No se saludaban como se saludan dos hombres que se tienen respeto. Se saludaban como dos que han aprendido a no pisarse los callos.

Dos hombres que se cobran y se pagan. Dos hombres a los que Iván debía algo.

Esa noche, en el cuarto de Nelly, con la persiana bajada y el portátil de Iván sobre las rodillas, Elena tardó dos horas en escribir cuatro mensajes.

El primero era para Zeta. Abrió el chat sin foto, el de los diecisiete meses. Desde el jueves habían entrado tres mensajes sin respuesta. Viernes 22:00. Dos bultos. Contesta. Zeta no falla. Los leyó sin tocarlos. Luego escribió, como Iván, con las mismas tres abreviaturas y el pulgar al final:

estuve jodido. la poli ronda x lo d mi novia. lo vuestro lo tengo. no en pinto q hay ojos. viernes 22:30 autolavado cerrado d entrevias. dejo la bolsa en la cabina 👍

Tardaron seis minutos en contestar.

Va el de siempre.

Nada más. Ni una pregunta.

Elena se quedó quieta. Quien contesta va el de siempre cuando su proveedor ha salido muerto en la prensa, o no ha leído la prensa, o la ha leído y quiere ver quién escribe.

Las dos cosas le valían.

El segundo era para el Cojo. Esta vez no escribió.

Buscó en el móvil de prepago el servicio que le había cobrado nueve euros el mes anterior, pegó el texto en la caja y eligió la voz: un hombre de unos cincuenta, tranquilo, de los que piden perdón antes de pegar.

No se parecía a nadie. Eso era lo bueno.

Iván ya no puede pagarte. Me dejó dicho que lo hiciera yo. Tres mil. El viernes a las once de la noche, en el autolavado cerrado de Entrevías. Dejo la bolsa en la cabina, la recoges tú. Si vienes con más gente de la que cabe en un coche, no hay nada.

Lo escuchó entero con los auriculares. Dos veces. La voz sonaba humana, cansada, casi amable. Se lo mandó desde el chat de Iván como nota de voz.

El Cojo respondió en cuatro minutos, y en el audio se oía la tragaperras al fondo.

¿Y tú quién coño eres? ¿Eres tú la novia? —Una pausa, el resuello—. Me da igual. Si me pagas, me da igual.

Elena apagó el móvil y se quedó mirando la persiana. Contó sesenta billetes de cincuenta de la reserva, tres montones de veinte, y sacó del bolsillo de la mochila las gomas negras que le quedaban de la bolsa de diez. Puso una en cada montón.

Escribió en el folleto 23:00 y 22:30 , con media hora de diferencia, y los rodeó con un círculo.