Cuatro buzones #3
—Marisa —dijo Valeria, por primera vez con su nombre de pila—. Hay un hombre que tiene un número de teléfono y unos amigos que no preguntan cómo se llama la gente. Quiere a Elena Soto. Quien le dio el nombre de ella en el bar le habrá dado también el de usted.
La mano que había estado bajo la manta salió de golpe, con los nudillos blancos, y se agarró al borde del sofá.
—Aquí no ha venido nadie —dijo Marisa.
—Todavía.
—Márchese.
Valeria se levantó. Sacó del bolsillo un tique de aparcamiento, arrugado, y le dio la vuelta con la uña. Había escrito en el dorso, con el boli de la placa, un número de nueve cifras que empezaba por seis. Lo puso en la mesa, junto al fotograma, doblado por la mitad.
—Es un teléfono de prepago. No está a mi nombre. Lo he comprado el viernes y solo lo sé yo. —Se abrochó el abrigo—. Si esa chica necesita a alguien que no sea ni Paco ni mi marido, que me llame.
—No sé quién es esa chica.
—Ya lo sé.
Charo la acompañó hasta la puerta y le habló bajito en el rellano, con el paño contra el pecho.
—Perdone. Soy una bocazas.
—No. Me ha ahorrado una mañana.
Valeria bajó dos pisos. En el descansillo del segundo oyó cómo arriba cerraban la puerta y echaban una vuelta de llave, otra, y una tercera.
* * *
Bajó a la calle con la cabeza en otra parte, y por eso tardó en verlo.
Había aparcado a dos manzanas, junto a un solar vallado.
Para llegar al coche tenía que cruzar una calle estrecha de casas bajas, con un bar de menú a mediodía, una tintería y una hilera de coches de residentes.
En uno de ellos, un Ibiza blanco con un golpe en el guardabarros, estaba apoyado un hombre de unos treinta años.
Chándal azul. Cabeza rapada, con una cicatriz blanca en la nuca.
En una mano, una bolsa de pipas. En el suelo, a sus pies, un montoncito de cáscaras, ya grande.
No miraba a Valeria. Miraba el portal de Marisa.
Valeria siguió andando, sin cambiar el paso, con las manos en los bolsillos del abrigo. Pasó por delante de él, a tres metros. Olía a tabaco y a desodorante barato. Lo oyó escupir una cáscara.
A la altura de la tintería, se dio la vuelta.
—Perdone —dijo—. ¿Tiene fuego?
El hombre la miró. Tardó un segundo en decidir si era una pregunta o una excusa.
—No fumo.
—Ya lo veo. Lleva ahí un rato.
—Estoy esperando a un colega.
—¿Y su colega vive en el cuarto A?
No se movió una pestaña. El hombre dejó de masticar, con la cáscara entre los dientes. Luego sonrió un poco, sin ganas, y miró hacia el portal, hacia arriba, hacia la ventana del cuarto, que tenía las cortinas de flores corridas.
—Yo no sé de qué me habla, señora.
—Policía.
—Pues tenga un buen día, policía.
Tiró la bolsa de pipas dentro del coche, por la ventanilla, y se metió detrás del volante. Arrancó a la primera. Valeria dio un paso hacia el capó para leer la matrícula con calma, y él no aceleró hasta que ella la tuvo. Ibiza blanco, 7731 KJP . Giró por la esquina sin poner el intermitente.
En la acera quedó el montón de cáscaras y un paquete de Marlboro vacío, aplastado.
Valeria sacó el bloc, lo apoyó en el capó de otro coche y escribió la matrícula.
Debajo, chándal azul, cicatriz en la nuca, treinta y pocos .
Eran las diez y cuarenta. Un montón de cáscaras así no se hace en diez minutos, y el paquete de tabaco estaba ya blando de la humedad.
Aquel hombre llevaba allí desde la noche.
Lo apuntó también.
Siguió hasta su coche y se sentó dentro sin arrancar. El tráfico de Aluche pasaba despacio por la avenida, camiones de reparto y autobuses vacíos, y por el retrovisor el portal seguía con la puerta abierta y el ladrillo contra ella.
Con la matrícula no podía hacer nada. No tenía acceso a la base, ni a un compañero que mirase sin preguntar. Tenía a Nacho, que no podía tocar un ordenador sin que lo vieran, y tenía una fiscal con una línea directa que no pasaba por ninguna centralita. Eso era todo.
Pensó en llamar a Don Paco. Se sabía el número de memoria, nueve cifras con un seis delante, y el móvil de prepago estaba en su mano.
Pensó en lo que diría una voz educada al otro lado, y en lo que le iba a pasar a la pelirroja del cuarto A desde el minuto en que una policía de baja confirmara que sabía de ella. Dejó el móvil quieto sobre la rodilla.
Se obligó a hacer cuentas, que era lo que sabía hacer cuando no sabía hacer otra cosa.
Diez sobres. Tres buzones.
Quedaban siete. Si quedaban. Si había repartido solo los que tenía a mano, y el resto estaba en una mochila, o en un cajón, o ya en otro buzón de otro barrio donde nadie había escrito todavía en Facebook.
Y quien los repartía había comprado diez porque pensaba repartir diez. A gente concreta. Con un orden.
Valeria escribió en el bloc: Marisa sabe quién. Vigilada desde anoche. Hombre del chándal (¿de Paco?). Y debajo: ¿A quién más?
El móvil de prepago vibró contra su muslo.
Número desconocido. Un mensaje, sin nombre ni saludo, de los que se escriben con un solo pulgar y la puerta cerrada con tres vueltas de llave.
Lleva ahí desde ayer a las ocho de la noche. Mi hermana no baja a por el pan. D íga me qué hago.