Cuatro buzones #2
—Charo —dijo una voz desde dentro—. Déjala pasar.
Charo quitó la cadena de mala gana.
La casa era una vivienda de sesenta metros con las cortinas de flores corridas a medias y un olor a sofrito de la víspera.
En el pasillo, una mochila escolar y un balón de reglamento.
Al fondo, en el salón, el sofá con la manta y una almohada con la marca de una cabeza.
Una maleta abierta, sin deshacer, apoyada contra la pared, con la ropa doblada dentro.
En el reposabrazos del sofá, al alcance de la mano de quien estuviera sentado, un rodillo de amasar de madera.
Marisa estaba allí. Sin delantal, sin maquillaje, con una rebeca marrón y el pelo rojo recogido con una pinza de plástico. Más pequeña que detrás de la barra. Tenía el mando de la tele en una mano y la otra metida bajo la manta, y Valeria decidió no mirar qué había debajo.
—Siéntese —dijo Marisa—. O no. Haga lo que quiera, ya que ha subido.
Valeria se sentó en una silla de la mesa del comedor, de lado, con el abrigo puesto.
—Estoy de baja desde el jueves —empezó—. Lo que me diga no va a ningún atestado, no lo voy a pasar a nadie, y mi marido no se va a enterar. Se lo digo porque es verdad, y porque sé que no se lo va a creer.
—Pues no me lo creo.
—Lo suponía.
Charo se quedó de pie en el pasillo, con los brazos cruzados. Valeria sacó el fotograma doblado y lo puso sobre la mesa, hacia Marisa.
—Elena Soto Marín. Camarera, como usted. La novia de Iván Montero, al que encontraron muerto en Embajadores. Hay alguien que la busca y no soy yo.
Marisa miró el papel un momento. El perfil con capucha, la mancha del pómulo.
—No la veo desde que se fue del bar.
—¿Cuándo fue eso?
—Hace unos días. No me acuerdo. Me dijo adiós y ya está.
—¿Tiene su teléfono?
—Nunca lo he tenido.
—Han trabajado juntas.
—Y nunca me ha dado el teléfono. Era muy suya. —Marisa subió el mentón—. Nos tomábamos un café y chao.
Mentía. No lo hacía mal. Contestaba pronto y con pocas palabras, pero Valeria llevaba catorce años oyendo mentir a gente que quería a la persona de la que hablaba, y esa gente tiene una manera de decir nunca que no se parece a ninguna otra. Un poco más de prisa. Un poco más alto.
—Hay un hombre mayor —dijo Valeria— que se llama Paco. Chaqueta de cuero, muy educado, gafas de montura fina. Va a su bar de vez en cuando.
Marisa apretó el mando.
—Va mucha gente al bar.
—Este no pide una caña. Pide un cortado y da las gracias tres veces.
Marisa no dijo nada. Charo, en el pasillo, descruzó los brazos y los volvió a cruzar.
—No sé de quién me habla —dijo Marisa, al fin, más bajo.
—Está bien.
Valeria dejó la mano abierta sobre la mesa y no preguntó nada. Las pausas se llenan solas si uno tiene la paciencia de no tocarlas.
Charo fue la que cedió, de puro cansancio.
—Es que no vive, inspectora. Se lo digo yo.
Desde lo del sobre, la pobre, no duerme, no come.
Se pasa el día pensando que es de la mafia.
—Se acercó a la mesa, retorciendo el paño que traía en la mano—.
Yo le digo que no, que es un milagro, que alguien se ha acordado de ella.
Pero ella, que no. Que eso no se regala.
—Charo.
—¿Qué? Que lo digo yo, que lo vi yo. Cinco mil euros en el buzón. Cinco mil euros, y ella sin querer ir a la policía.
—Charo, hostia, ya.
Valeria no se movió. Tardó dos segundos en hablar, y los empleó en que no se le notara nada en la cara.
—¿Un sobre?
—Un sobre. Acolchado. De los marrones. —Charo miró a su hermana y luego a Valeria, y por fin entendió, un poco tarde, que había abierto algo—.
Lo encontré yo el sábado a las siete y media, cuando bajé a por el pan.
Estaba medio doblado dentro del buzón y se había quedado enganchado en la chapa.
Sin nombre, sin nota. Dentro, un taco así, billetes de cincuenta. Cien billetes.
—El sábado.
—A primera hora. Yo no vi a nadie.
—¿Lo contaron?
—Esa noche. Dos veces.
Marisa tenía la mirada puesta en la manta.
—¿Cómo venían? —preguntó Valeria—. Los billetes.
—En cinco taquitos. Con unas gomas de pelo, de esas negras, una en cada uno. —Charo hizo el gesto con los dedos—. Y todos mirando para el mismo lado, que hasta daba cosa deshacerlos.
—De veinte billetes cada taco.
—¿Y usted cómo lo sabe?
—Porque lo he visto esta mañana. Igual. —Valeria se volvió hacia el sofá—.
En Carabanchel Alto, en la oficina de una asociación de familias, la de los talleres de duelo.
Y hay otro en Vallecas, detrás del felpudo de una mujer que se llama Pilar, a la que se le murió un hijo hace un año y aún debía el entierro.
El mismo día. La misma hora, más o menos.
Cinco mil euros cada uno. Hay una chica que compró diez sobres el jueves, y de momento he encontrado tres.
Esta vez Marisa levantó la cabeza.
—No sé nada de ningún sobre —dijo Marisa.
—Su hermana acaba de contármelo.
—Mi hermana no sabe lo que dice.
—Marisa —saltó Charo—. Que no pasa nada…
—Cállate.
Se miraron las dos. En el televisor, sin sonido, un cocinero con delantal blanco partía un pollo.
Valeria siguió mirando a Marisa, pero lo que veía eran los otros dos buzones.
Una madre a la que se le había muerto un hijo de sobredosis.
Una asociación de familias que enterraban a los suyos por lo mismo.
Y una camarera que había perdido los turnos de noche y después el piso, y dormía en un sofá ajeno con un rodillo de amasar al alcance de la mano.
Ningún sobre había ido a un banco ni a una parroquia.
Quien los repartía sabía a quién le faltaba el dinero, y por culpa de qué.
Y los conocía. De vista, de oídas o de haberlo vivido.
—Le han hecho un regalo —dijo Valeria—. Eso no le preocupa. Lo que le preocupa es que alguien que usted conoce le haya hecho un regalo, y que a ese alguien lo estén buscando.
—Yo no le he hecho nada a nadie.
—Nadie ha dicho eso.
—Quiero que se vaya.