Doble filo (Elena Malasangre 2) Cuatro buzones
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Cuatro buzones

Ramiro se anudaba la corbata frente al espejo del recibidor, con la barbilla alta, y la miró a ella a través del cristal.

—Tienes mala cara, cariño.

—Me han dado quince días para tenerla.

—Esa es mi chica. —Se giró y le colocó el cuello de la bata con dos dedos, como se coloca una solapa—. ¿Qué vas a hacer hoy?

—Dormir. Pasear un poco.

—Pasea. Y no leas nada del trabajo, que el doctor Ibáñez ha sido muy claro.

—No he abierto un expediente desde el jueves.

Era verdad. Había fotografiado dos mensajes en un móvil negro, apuntado un nombre en una servilleta y comprado un teléfono de prepago en un estanco de Cuatro Caminos, y nada de eso lleva carpeta.

Ramiro cogió la americana de la silla y se la puso. Algo pesó en el bolsillo interior y la tela se hundió hacia ese lado. Valeria lo vio y miró el reloj de la cocina.

—No me esperes para cenar. Reunión en la Delegación, y esos no sueltan a nadie antes de las diez.

—Vale.

—Descansa. —Le dio un beso en la sien, largo, con el olor del gel de sándalo, y se quedó un segundo con la mano en su nuca—. De todo me encargo yo.

—Ya lo sé.

La puerta se cerró. Valeria contó cuatro minutos en el reloj del horno, de pie, con los brazos cruzados. Ramiro volvía a veces a por el paraguas, o a por las llaves del coche, y nunca avisaba. A los cuatro minutos oyó el ascensor bajar, y a los cinco, el motor.

Entonces se vistió. Vaqueros, jersey gris, las botas bajas y el abrigo oscuro.

Placa en el bolsillo interior, con la servilleta y la tarjeta de la fiscal dentro del forro.

Móvil de prepago en el otro. El suyo, el de siempre, lo dejó en la mesilla, cargando, con la pantalla hacia abajo.

Quien quisiera saber dónde estaba Valeria Cortés ese lunes lo iba a localizar en su dormitorio.

Antes de salir abrió un bloc de espiral que guardaba en el cajón de la plancha, debajo de los paños. Lo había comprado el viernes. Letra pequeña, de lado, tres páginas escritas.

El domingo, de doce a seis, mientras Ramiro se pasaba la mañana en el club de golf y la tarde en la comida de después, ella había estado en una cafetería de Argüelles con el móvil de prepago y un café que se enfrió.

No tenía a Nacho, que no podía tocar un teclado sin que Seguridad Informática lo viera, ni a nadie en Jefatura.

Tenía una cosa que llevaba toda la semana dándole vueltas.

Diez sobres acolchados. La estanquera de Antón Martín los había vendido el jueves a una chica morena, flaca, con un corte en la cara, que no tenía una librería.

Una chica sin dinero no compra diez sobres para mandar cartas.

Los compra para meter algo dentro. Y lo que se mete en diez sobres acolchados, con un muerto en un piso de Embajadores, solo podía ser dinero.

De dónde lo había sacado, Valeria no lo sabía.

Lo había apuntado con una interrogación, y las interrogaciones se contestan buscando.

Escribió en el buscador sobre acolchado cinco mil euros anónimo buzón . Luego, por si acaso, sábado . Luego fue probando barrios, uno por uno, de Embajadores hacia el sur.

A la tercera página salió el primero. Una asociación de familias, con página en Facebook y fotos de talleres de duelo con sillas en círculo.

Esta semana ha pasado algo que no sabemos explicar. El sábado, a primera hora, alguien dejó en nuestra oficina un sobre con 5.000 € en billetes de 50. Sin nombre. Sin nota. Los talleres de este año ya están pagados. Si nos l e es: gracias.

El segundo lo encontró una hora más tarde, buscando por Vallecas, en un grupo de vecinos con mil doscientos miembros y una foto de una iglesia.

Perdonad que escriba esto pero no se a quien dar las gracias.

Ayer sabado encontre detras del felpudo un sobre con mi nombre (Pilar) y cinco mil euros.

Mi Raul lleva un año en el cajon del cementerio de alquiler y yo sin poder pagar la lapida.

Ahora si. Quien seas que Dios te lo pague, yo no se hacerlo.

Doscientas reacciones. Ciento cuarenta comentarios, la mitad de gente que preguntaba si quedaba otro sobre.

Valeria había cerrado el móvil y se había quedado mirando el café.

Dos sobres no probaban nada. Dos sobres iguales, con cinco mil en billetes de cincuenta, entregados el mismo sábado a primera hora en barrios distintos, después de que una chica comprara diez el jueves, eran otra cosa. Eran dos de diez.

Escribió en el bloc, debajo de la lista de compras de Elena Soto: 10 sobres jueves. 2 buzones sábado. ¿Cuántos más? ¿A quién?

Y debajo, subrayado dos veces: Familias (Carabanchel Alto). Marisa (Aluche).

Cerró el bloc, se lo metió en el bolsillo del abrigo y salió a la calle con las llaves del coche en la mano.

* * *

La oficina de la asociación estaba en un bajo de Carabanchel Alto, entre un locutorio y una tienda de colchones, detrás de una puerta de cristal con carteles pegados con cinta.

Talleres de duelo. Martes y jueves, 18:00.

Gratis. Un teléfono. Una foto de un chico de diecinueve años, con una corbata mal anudada, y debajo un nombre y dos fechas.

Valeria llamó al timbre a las nueve y cuarto. Le abrió una mujer de sesenta años con un jersey de lana verde y las gafas en la frente.

—Todavía no abrimos.

—Inspectora Cortés. —Enseñó la placa y la bajó enseguida—. No vengo por ninguna denuncia. Vengo por el sobre.

La mujer no preguntó cuál. Miró a Valeria un rato largo, a la cara y luego al abrigo, y se apartó para dejarla pasar.

—Mercedes —dijo—. Yo presido esto. Yo y las sillas.

Había quince sillas de plástico en círculo, un termo de café y una estufa eléctrica que olía a polvo quemado. Mercedes la llevó hasta una mesa de despacho, abrió el cajón de abajo con una llave que llevaba colgada del cuello y sacó una caja de galletas de lata.

—Lo guardo aquí. En el banco no lo quiero meter hasta que sepamos de quién es.

—¿Ha preguntado a alguien?

—A la junta. A mi cuñado, que es abogado. Me ha dicho que si no es robado, es un regalo. Y que si es robado, ya se verá. —Abrió la lata—. Yo no tengo costumbre de pensar mal de quien da, pero tampoco soy tonta.

Dentro estaba el sobre, doblado en tres, con la solapa rota. Marrón, acolchado, de los que se compran en paquete de diez. Valeria no lo tocó. Se agachó, sacó el móvil y lo fotografió desde arriba, y luego a un lado.

Después miró lo que había debajo.

Cinco montones. Billetes de cincuenta, ordenados con la cara hacia el mismo lado, en pilas de veinte, y en cada pila una goma de pelo negra, de las que se compran en bolsa en cualquier farmacia.

No eran nuevos. Eran billetes de calle, blandos, con el color de lo que ha pasado por muchas manos.

De series distintas. Ninguno seguido de otro.

—Los contamos el sábado —dijo Mercedes—. Dos veces. Ni uno más ni uno menos. Cinco mil euros justos.

—¿A qué hora lo encontraron?

—Yo, a las ocho menos veinte. Bajaba a abrir y estaba en el suelo, junto a la puerta, donde se mete el correo. Salí a la calle a ver a quién se lo daba y no había nadie.

—¿Tienen cámara?

—Una vieja, encima de la puerta. Mi sobrino dice que graba dos días y luego se pisa. Le dije que sacase lo del sábado, por curiosidad.

—¿Puedo verlo?

Mercedes abrió un portátil con una pegatina de una cantante. Tardó en encontrar la carpeta. En el vídeo, en blanco y negro, con un contador de hora en la esquina, aparecía la acera, el cristal de la puerta y la mitad de un coche aparcado. A las 06:58, una figura entró por la izquierda.

Capucha. Sudadera oscura, ancha. Guantes de lana.

Una mochila contra el pecho, no a la espalda.

Caminaba con los hombros hacia dentro y las manos metidas en las mangas, mirando al suelo.

Pasó por delante de la cámara sin levantar la cara y la cara no se vio.

Se agachó junto a la puerta, sacó algo de la mochila, lo dobló por la mitad, lo metió por la ranura del correo.

Y se quedó parada.

Cuatro segundos, según el contador. Con la mano todavía en el cristal, mirando los carteles de los talleres, la foto del chico de la corbata, el nombre debajo. Luego se enderezó y se fue por la derecha, sin prisa.

Valeria vio el vídeo tres veces. La tercera dejó de buscar la cara, que no se veía, y miró cómo se movía. La manera de plantar el pie, de ladear el cuerpo antes de agacharse, de volver a meter la mano en la manga.

Había visto esa forma de andar, de lejos, en una cámara sobre un portal con una lucecita roja.

—¿La conoce? —preguntó Mercedes.

—No —dijo Valeria.

Sabía su nombre y su forma de andar, y poco más.

—Si es dinero robado… —empezó Mercedes.

—Si alguien lo reclama, no va a ser por la puerta. —Valeria cerró el portátil—. Guárdelo donde está. Y no se lo cuente a nadie más, ni a su cuñado.

—¿Es peligrosa?

—No lo sé.

Mercedes apoyó una mano en la tapa de la lata.

—Mi Dani se murió con diecinueve años, en un baño, con una goma en el brazo. Hace once. Y yo llevo once años dando talleres en un bajo con sillas prestadas. —Hizo una pausa—. Quien sea, no es peligrosa para mí.

Valeria le dio las gracias y se fue sin dejar su número. En la puerta, al salir, miró el cartel con la foto del chico de la corbata. Contó los segundos. Se quedó cuatro.

* * *

El portal estaba abierto de par en par, con un ladrillo contra la puerta. Los buzones, a la vista: veinticuatro, la mitad con la tapa rota. En el del cuarto A, tres apellidos escritos a boli en una etiqueta y, debajo, pegado con celo, uno más.

Valeria subió a pie. En el segundo, olor a lejía. En el tercero, un televisor con las noticias. En el cuarto, nada, y llamó con los nudillos.

Se abrió la puerta lo que daba de sí la cadena. Una mujer de cuarenta y tantos, bata de cuadros, una toalla liada en la cabeza y los ojos de Marisa en otra cara, más ancha y más cansada.

—Dígame.

—Inspectora Cortés. —Valeria enseñó la placa por el hueco—. Busco a Marisa.

—No está.

—Está en el sofá, con una manta de rayas, mirando un programa de cocina. Lo he oído desde la escalera.

La mujer se volvió medio paso. Detrás, sin verlo, se oyó un clic: alguien bajaba el volumen de la tele.