Faltan tres hojas #3
—Una cosa más, y no es un favor. Es información, que cuesta menos. Hay una policía que la busca. Cortés. Inspectora. Me cuentan que está de baja desde el jueves.
Elena tardó medio segundo de más en preguntar:
—¿Quién se lo cuenta?
—Gente que me debe cosas. Como todos. —Se encogió de hombros—. Una policía de baja es la peor que hay, señorita. No tiene horario, no tiene jefes mirando y no tiene nada que perder.
Elena pensó en una mujer de abrigo oscuro, mirando una pared en una tele de Bravo Murillo con un ojo que se movía un milímetro. No lo dijo.
—Gracias por venir —dijo Paco. Echó a andar hacia la puerta, cojeando un poco de la cadera, y se paró con la mano en la chapa—. Gracias por la libreta. Y gracias por no haber traído a nadie.
Fuera, sobre la gravilla, dos puertas de coche se cerraron casi a la vez.
Paco no se volvió. Apoyó la frente un instante en la puerta.
—Les dije que esperasen en la carretera —dijo.
Elena ya había cogido la mochila. Estaba en el tercer peldaño de la escalera de gato cuando él añadió, sin elevar la voz, hablándole a la chapa:
—Yo he venido solo. Mi gente no siempre me hace caso.
* * *
Subió la escalera sin hacer ruido y abrió la tapa del lucernario con la palma, despacio, hasta que los goznes dejaron de quejarse. Salió de rodillas y la dejó caer a medias, sin cerrarla, para que no sonara el golpe.
Pegada a la chapa, a gatas, sintiendo cada ondulación en las rodillas, llegó al casquete. Debajo del reborde, la bolsa seguía donde la había dejado. Arrancó la cinta de un tirón, se metió las tres hojas por la cintura del vaquero, contra la piel, y las cubrió con la sudadera.
Abajo se abrió la puerta. Pasos de varios hombres sobre el cemento, no de uno. Una voz joven:
—¿Y la chica?
—Se ha ido. —Paco, sin prisa, con la voz de quien habla desde una silla—. Hace dos minutos. Por la puerta de atrás, que hay una.
—No hay puerta de atrás.
—Pues por donde haya. Salid a mirar a la calle y dejadme tranquilo, que a mí me tiemblan las rodillas.
Un silencio. Elena, con la mejilla pegada al plástico amarillento del lucernario, vio por la rendija de la tapa a los que habían entrado.
Tres. Uno con chándal azul y la cabeza rapada.
Otro con una cazadora de piel corta y la mano metida bajo la axila.
El tercero, más joven, miraba el techo y no encontraba nada que mirar.
Alguien pateó el crisol, que sonó a campana.
El de la cazadora se paró al pie de la escalera de gato y puso la mano en un peldaño.
No supo si Paco mentía para salvarla o para que ella lo creyera. Las dos cosas eran posibles. Las dos le convenían a él.
No esperó a averiguarlo. Los que habían entrado iban a mirar hacia arriba antes que a la calle.
Reptó hasta el borde de atrás, se dio la vuelta sobre la chapa y puso el pie en el primer pate de hierro.
El óxido le dejó la palma naranja. Bajó seis metros con las suelas resbalando, contando los peldaños, y al llegar abajo se pegó a la pared del callejón y se quedó tres segundos sin respirar.
Dentro, alguien abría la persiana de golpe. Un rectángulo de luz le cayó al otro extremo del callejón, sobre el descampado, y se retiró.
Elena echó a andar. No corrió. Siguió por el lado de las naves, con la capucha puesta, sin volver la cabeza, hasta pasar la rotonda por detrás. A los doscientos metros se paró junto a un contenedor de escombros, sacó el papel que le había dado Paco y por fin lo abrió.
Letra inclinada, de pluma, de las que se aprenden en un colegio de curas. Dos líneas.
Finca Los Naranjos. Camino de la Murta, Alcira (Valencia).
Cuatro hombres de día. Dos de noche. Perros.
Lo leyó entero dos veces. Luego, sin saber muy bien por qué, se sacó de la cintura la primera de las tres hojas, la de la letra cuidada, la de Marcelo Usera, 3.º B y chicas , y la puso al lado.
No eran la misma mano.
La de Paco se tumbaba hacia la derecha y cortaba las colas de las letras con un rasgo seco. La de la hoja era derecha, redonda, con las aes cerradas como ojales y una rayita pulcra al pie de cada cifra. Alguien que había aprendido a escribir despacio. Alguien que no tenía prisa.
Elena pasó el dedo por las iniciales de las otras dos hojas. Z. R. Las dos con la letra de Paco. Era la última, y solo la última, la que había escrito otra persona.
Alguien más abría esa libreta. Alguien más escribía en ella. Y Paco, que había contado por escrito durante veinte años, no se la había quitado de las manos.
Alcira. Una hora de tren desde Valencia, y de allí un coche que no estuviera a su nombre.
Dinero tenía. Lo que no tenía era a nadie con quien repartir un trabajo de seis hombres y perros.
Pensó en Marisa, que ya no tenía que esconderse, y en una inspectora de baja que, según Paco, no tenía horario.
Las dos cosas le sonaron igual de lejos.
Detrás, en la 14, una voz empezó a gritar un nombre que no era el suyo. Elena dobló los dos papeles juntos, se los metió en el calcetín izquierdo y echó a andar hacia Portazgo.