Faltan tres hojas #2
—Elena Soto Marín. Veintiocho años. Camarera. —Asintió, como si repasara una lista—. Arturo me la describió con otro pelo y otra cara. Dijo que era una chica que le pedía perdón hasta a las puertas.
—Era.
—Ya lo veo.
Se quedó callado. En la nave solo se oía la paloma de las vigas.
—Samuel Ortega tenía veintisiete años —dijo al fin—. Era hijo de una amiga mía, de las de toda la vida. Me ha llamado cada día de esta semana. No para pedirme nada. Para preguntarme qué se dice en estos casos.
—Yo no lo maté.
—No. Lo mató una barra de hierro que llevaba un hombre muerto de miedo.
Un hombre que estaba allí porque Iván le había dicho que viniera.
Y a Iván, me enteré después, ya lo habían dejado frío cuando me escribió.
—Hizo una pausa—. Es la primera vez en cuarenta años que me cita un cadáver.
Tengo que admitir que lo hizo con buena letra.
Elena sintió que el pulso se le iba a la garganta y lo dejó ir. Lo apuntó, un dato más.
—Pasé tres años leyendo sus mensajes por encima del hombro —dijo—. Se aprende.
—Se aprende —repitió Paco. Y luego, con la misma suavidad, sin cambiar un gramo el tono—: Me va a perdonar que vaya al grano. La libreta.
Ella se despegó del banco, caminó los cuatro pasos que hacían falta, y la dejó sobre la carpeta de él. No más cerca. Retrocedió hasta su sitio.
Paco no la abrió de golpe. La miró un segundo, con el pulgar apoyado en la esquina redondeada de tanto manoseo, y luego la abrió por el final, como se abre un libro de cuentas: por donde se escribe lo último.
Pasó una hoja. Otra. Se detuvo. El dedo siguió el filo de papel que había quedado pegado a la costura.
—Faltan tres hojas.
—Faltan.
—No me gusta que me hagan esperar —dijo, en el mismo tono con el que había hablado de las puertas—. Ni a mí ni a mi gente. Y menos todavía que me quiten lo que he escrito yo.
—No se lo he quitado. Se lo devuelvo. Casi todo.
—Casi.
—Ciento diecinueve hojas de ciento veintidós. Para ser una camarera, tengo buen sentido de la proporción.
Paco levantó los ojos. Algo se movió detrás de las gafas, y a Elena le costó decidir si era enfado o respeto.
—Las otras tres están donde usted no va a ir —siguió ella, y le salió la voz despacio, sin una grieta—. Y hay una copia entera, de todas, en un sitio que no es este ni es mi casa. Si hoy no salgo de aquí por mi pie, esa copia se abre sola.
—Qué moderno. —Cerró la libreta—. Esas cosas se cancelan con una contraseña. ¿La sabe usted, o la sabe otra persona?
—La sé yo.
—Entonces hoy sale usted por su pie. —Dejó las manos sobre la cubierta, planas—. Me alegro. Me habría dado pereza el resto.
Elena no sonrió. Se agarró al borde del banco, para que él no viera cómo apretaba.
—Una cosa antes —dijo Paco—. Una mujer que cuenta como usted vale más en mi mesa que en una zanja. Le pagaría bien. Sin papeles, naturalmente.
—Ya tuve un jefe.
—Le hablo de otra cosa.
—Todos hablan de otra cosa.
Paco rió sin ruido, dos veces, por la nariz.
—Pues dígame lo que quiere.
—Las seis —dijo ella.
—No están en Madrid.
—Eso ya lo sabía.
—Y no están conmigo. Nunca estuvieron conmigo.
—El piso es suyo. U 3B, cuatrocientos. Cuatrocientos euros a la semana con su letra.
—El piso paga. Lo que hay dentro no paga ante mí. —Se quitó las gafas, las limpió con el borde del jersey, se las puso—. Yo cobro, señorita. Yo apunto y yo pago. Hace veinte años que soy un hombre que cuenta. Las mujeres de esa casa son de una letra.
—Z.
—Z.
—¿Quién es?
—Una inicial, como las demás. Nunca le he visto la cara.
A recoger viene un empleado, bajito, con un abrigo largo que no se quita ni en agosto.
—Sonrió con un cansancio muy viejo—. Z. no admite papeles.
Ni libretas, ni correos, ni nombres. Yo llevaba la mía porque soy viejo y no me fío de la memoria de nadie, y porque durante veinte años no ha pasado nada.
Si Z. supiera que esa libreta existe, yo no estaría aquí hablando con usted. Estaría debajo de un puente.
—¿Y R.?
—Esa es una pregunta que no voy a contestar.
Lo dijo igual de suave. Elena entendió que acababa de dar con la única puerta cerrada de verdad, y que si empujaba perdía lo demás.
—Entonces dígame dónde están.
Paco tardó. Sacó de la carpeta un papel doblado en cuatro, lo sostuvo un segundo entre dos dedos y no lo dio.
—Hace tres días, en una finca de Alcira, en Valencia. Pago su gasóleo y su luz, y eso se apunta. Es el sitio donde las tienen mientras deciden adónde las llevan. No sé si seguirán allí. Se mueven cada pocos días, y si usted llega tarde estarán en otra parte, y si llega pronto habrá cuatro hombres.
—¿Por qué me lo da?
—Porque si voy yo, me matan. Y si va usted, la matan a usted. Es una diferencia de matiz que me conviene.
—Qué sincero.
—A mi edad es lo único barato. —Alargó el brazo con el papel—. Cuando las saque, las tres hojas.
—Cuando las saque.
—Vivas. Las seis.
—Es lo que le pedí en el audio.
Elena cruzó el rectángulo barrido, cogió el papel y volvió a su sitio con él cerrado en el puño. No lo abrió. Paco pareció agradecérselo.
—Marisa —dijo ella.
—He llamado a mis hombres esta mañana. Aluche está libre. —Ladeó la cabeza—. Es la parte de mi palabra que puedo cumplir hoy.
—¿Y la parte que no?
—Esa depende de usted.
Se puso de pie, con la mano en la cadera, y se alisó la chaqueta. Recogió la libreta y la carpeta. Tenía el aire de un hombre que se levanta de una sobremesa.