Doble filo (Elena Malasangre 2)
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Faltan tres hojas
La copia le llevó toda la noche del sábado.
Ciento veintidós hojas, contadas dos veces.
Elena apoyó el móvil nuevo en una torre de listines viejos que Nelly guardaba debajo de la cama, inclinó la lámpara de la mesilla y fue pasando página por página, con el pulgar sujetando la hoja plana contra la colcha.
Foto, página. Foto, página. A las dos llevaba ochenta.
A las tres y media se le habían dormido las piernas y ya no recordaba cuándo había pensado en algo que no fueran columnas de iniciales.
A las siete subió las fotos desde la cama, con los datos del móvil, a una cuenta de correo que había abierto el sábado por la tarde en el locutorio de la avenida de Asturias.
Sin nombre. Con una contraseña de veintidós caracteres que no escribió en ningún sitio.
La repitió tres veces en voz baja, hasta que le sonó a trabalenguas, y borró las fotos del teléfono.
Luego abrió el último mensaje de Yeny, el de las naranjas, y lo leyó otra vez.
Huele a naranjas y hay una máquina que hace un ruido de golpes cada rato.
El número ya no existía. Había probado a llamarlo cuatro veces, de madrugada, con el sonido quitado y el corazón en la boca, y las cuatro veces una voz de mujer le había dicho que ese número no estaba disponible.
Llevaba tres días sin una línea que la uniera con las seis.
Solo tenía un olor y un ruido. Y desde el viernes, una cita.
Quedaba la libreta, y quedaba decidir cuánta.
Ciento diecinueve hojas decían cuánto. Cuánto entraba, cuánto salía, cuánto le tocaba a cada inicial. Eso Paco lo había escrito para él, y a nadie más le servía. Un contable no apunta lo que no piensa cobrar. Pero había tres que no hablaban de cifras. Hablaban de sitios.
La última, la de la letra más cuidada: Marcelo Usera, 3.
º B , y debajo, sola, la palabra chicas .
La de julio, con una Z. subrayada, un teléfono con prefijo del 96 y, a lápiz, Pinto 6 — vie 22:00 .
La de septiembre, con una R. , seis mil euros y una nota apretada al margen: último vie. , en mano, donde siempre .
Las demás eran para Paco. Estas tres eran para ella. Y para quien tuviera que presentarse en esos sitios con una pistola, o con una placa.
Llevaba dos noches dándole vueltas y siempre llegaba al mismo punto. Devolverle la libreta entera era devolverle la única manera de saber adónde ir, y ella no tenía otra. Se la devolvería, pero no entera.
Las cortó por el pliegue, una a una, con una cuchilla de cartonero que había comprado en el chino de la esquina y la regla de plástico de un carnet de la biblioteca.
Quedó un filo de papel pegado a la costura, de un milímetro, a la altura de cada hoja.
Se veía si uno miraba. Elena pensó que Paco iba a mirar.
Dobló las tres hojas en cuatro, las metió en una bolsa de bocadillo con cierre y la envolvió en cinta de embalar. Esa bolsa no iba a ir en su bolsillo. Un hombre como Paco no necesitaba mandarle que se vaciara los bolsillos. Le bastaba con mirarla.
A las nueve y media se acerco a la cocina. Nelly estaba de pie junto a la cafetera, con los rulos puestos y una bata que Elena no le había visto, de cuadros.
—¿A misa?
—A una reunión.
—Un domingo. Qué gente. —Nelly sirvió dos tazas sin preguntar y empujó una hacia ella—. Beba, que está frío.
Elena bebió. Estaba frío, y se lo tomó entero.
—Hoy no vuelvo para comer.
—Nunca vuelve para comer. —La señora le quitó la taza de la mano—. Guardaré el plato igual.
* * *
Un domingo de octubre, a las diez y media de la mañana, el polígono de Vallecas no tenía a nadie. Ni camiones ni carretillas ni el del mono azul. Persianas bajadas, un cielo del color de la chapa y un perro que ladraba detrás de una valla, siempre el mismo.
Elena se bajó en Portazgo y fue el resto andando, con la capucha puesta y pegada a las paredes.
Rodeó la rotonda por detrás, donde la cajita blanca del poste no la alcanzaba, y entró en la calle de la Fundición por el callejón de atrás, el mismo por el que había salido aquella noche con la mochila contra el pecho.
La arqueta de desagüe seguía en su sitio. Pasó sin mirarla.
De la cinta amarilla quedaba un trozo atado a la farola, desteñido. En la gravilla, dos surcos negros de neumático que nadie había limpiado.
La puerta lateral de la 14 estaba como la recordaba: chapa gris, ni una cerradura. La empujó con dos dedos.
Dentro olía a aceite viejo y a polvo frío.
Una nave larga, de techo alto y vigas negras, con una luz sucia que bajaba de tres lucernarios de plástico amarillento.
Una grúa de puente oxidada sobre sus raíles.
Moldes de hierro apilados contra la pared y un crisol del tamaño de una bañera, volcado de lado.
Un banco de trabajo con un tornillo de banco.
Al fondo, pegada a la pared, una escalera de gato subía hasta una pasarela de reja, y encima de la pasarela estaba la tapa del lucernario del medio.
Se quedó quieta junto a la puerta, escuchando. Un goteo, lejos. Una paloma entre las vigas. Nada más.
Luego miró el suelo.
En el centro de la nave, el cemento estaba limpio.
Un rectángulo del tamaño de dos mesas, sin una mota de polvo, con las rayas finas de una escoba.
Alguien había barrido esa mañana, o la noche anterior.
Y en medio del rectángulo, un taburete de madera, y a tres metros, enfrente, una silla de plástico blanca de jardín.
Dos asientos. Una distancia.
—Amuebla las citas —dijo en voz baja, y no le hizo gracia.
Dio la vuelta a la nave sin prisa, por el borde, con la mano rozando la pared.
Miró detrás de los moldes y dentro del crisol.
Tiró de la persiana, que tenía el candado por fuera y no cedió.
Junto a la grúa encontró una colilla aplastada, de Marlboro, con el filtro todavía blanco.
Alguien había esperado allí, de pie, y se había ido.
O seguía cerca.
Elena se agachó, la cogió con dos dedos y se la guardó en el bolsillo del vaquero. No sabía para qué. Hacía un mes no habría sabido ni para qué sirve una colilla.
Antes de subir se paró en el centro del rectángulo barrido y se quedó mirando el taburete.
Paco entraría por la puerta lateral, porque no había otra.
Se sentaría ahí, de espaldas a la persiana y de cara a la pared del fondo, a la escalera, a ella.
Un hombre que arreglaba el sitio de antemano quería ver todo lo que pasaba delante y no preocuparse de lo que quedaba detrás.
Elena se puso en su lugar y comprobó lo que se veía desde allí.
Se veía el banco de trabajo, la pasarela y la escalera de gato. No se veía el tejado.
Subió por la escalera de gato con la mochila a la espalda, peldaño a peldaño, apoyando el pie en el borde para que el hierro no sonara.
En la pasarela el candado de la tapa colgaba abierto de la hembrilla, oxidado, sin llave.
Levantó la tapa. Chirrió. Se quedó con el brazo en alto y contó hasta veinte, y nadie entró.
Salió al tejado.
Era chapa ondulada, tibia, con manchas de óxido y una capa de hojas secas pegadas por la lluvia.
Desde allí se veía la farola, el descampado y los dos accesos de la calle.
Enfrente, la escalera de incendios de la nave donde había pasado tres horas tumbada, la noche del viernes, contando las caladas de un hombre con un cigarro. Le pareció un sitio de otra persona.
El lucernario tenía un casquete de chapa, como un sombrero, con un reborde por dentro que no se veía desde ningún lado salvo desde abajo y pegado a la pared.
Elena sacó la bolsa de las tres hojas, la pegó con más cinta debajo del reborde, a un palmo del borde, y tiró.
Aguantó. Pasó la mano por fuera. Nada se notaba.
Recorrió el tejado hasta el fondo. En la pared de atrás, bajando hacia el callejón, había otra escalera fija, de pates de hierro empotrados, con la pintura comida.
Se colgó de ella con las dos manos, probó el peso, bajó dos peldaños y volvió a subir.
Aguantaba. Estaba a seis metros del suelo, justo encima del sitio donde había vomitado, y no pensó en eso.
Volvió a bajar a la nave, cerró la tapa por dentro con el pie y se limpió las manos en el vaquero.
La silla blanca la dejó donde estaba. Se apoyó en el banco de trabajo, a ocho pasos de la escalera de gato, con la libreta en la mano y la mochila entre los pies, y esperó.
A las doce menos cinco oyó el coche.
* * *
Entró por la puerta lateral y la cerró detrás de él con cuidado, como quien no quiere despertar a nadie.
Sesenta y muchos, pelo blanco peinado hacia atrás, gafas de montura fina y una chaqueta de cuero marrón que le quedaba grande en los hombros.
Venía sin escolta y sin maletín. Solo una carpeta de cartulina bajo el brazo, de las que se usan para guardar facturas.
Se paró dos pasos dentro de la nave y miró el rectángulo barrido, el taburete, la silla blanca vacía.
—Veo que le gusta la puntualidad. —Tenía una voz suave, de profesor que ha dejado de levantarla—. Hoy es una virtud rara.
Elena no se movió del banco.
—¿Cuántos hay fuera? —preguntó.
—Ninguno.
—No le creo.
—Hace bien. —La miró con algo parecido al afecto—. Pero usted me pidió que viniera solo, y aquí estoy.
—Esperaba un hombre —dijo él—. O una voz peor.
—La del audio era mejor.
—Mucho mejor. ¿De dónde la sacó?
—De internet. Nueve euros al mes.
—Qué tiempos. —Se acercó al taburete, lo comprobó con la mano y se sentó despacio, con una mueca de cadera—. Siéntese, por favor. Yo ya no estoy para hablar de pie.
—Prefiero así.
—Como quiera.
Dejó la carpeta sobre las rodillas y cruzó las manos encima. Eran grandes y estaban limpias, con las uñas cortadas rectas. Miró a Elena de arriba abajo, sin descaro, el pelo corto, la sudadera negra, la raya rosa que le quedaba en el pómulo.