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Levanté la vista y me quedé mirando a Whitt a los ojos. A mi alrededor, el aeropuerto había desaparecido. Ni luz, ni ruidos. Solo un espacio vacío en el que estábamos él y yo. Las palabras salían de su boca, pese a mis esfuerzos para frenarlas. Whitt se pasó una mano por el cabello sucio.
—Sam está muerto —repitió.
Las palabras resonaron en mi mente, vibrando, como el eco del tañido de una campana.
Me agarré a la camisa de Whitt. Él me abrazó, rodeándome la cabeza con un brazo, intentando protegerme de los mirones que seguía viendo por encima de su hombro.
No sabía qué hacer. Me frotó la espalda con fuerza, apretando como si quisiera expulsar mi dolor, un dolor que ya me había penetrado en las venas.
Sacudí la cabeza contra su pecho. Tenía los ojos abiertos como platos.
Me aterraba cerrarlos, perder el frágil contacto con el espacio que me rodeaba.
Si me quedaba anclada a ese momento, a la terminal del aeropuerto, si pudiera aferrarme a aquello, a lo mejor no sería verdad.
«No —dijo una voz en mi interior—. Por favor, no os llevéis a mi hermano. Por favor, no quiero quedarme aquí sola. No me dejéis aquí sola».
Mientras las lágrimas se iban acumulando y cerraba los ojos, entendí lo que había sentido desde mi marcha de Last Chance Valley. El malestar, el calor, el mareo. Era Sam.
Se había ido.