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Sentí la tela de la camisa de Whitt tensa entre mis dedos, y en ese momento alguien le tocó el brazo.
—Señor, señora, ¿va todo bien? ¿Puedo ayudarles en algo?
Whitt se separó de mí y se quedó mirando a la azafata que tenía delante como si fuera un extraterrestre, con su americana roja impecable y un maquillaje perfecto.
Habló con ella, hizo gestos. Yo no escuchaba nada.
Me giré y miré los rostros de los hombres y las mujeres que se habían concentrado a nuestro alrededor.
Miré una cara tras otra: una anciana y su marido agarrados a sus maletas a juego; un par de jovencitas con sus mochilas; una familia; un grupo de ejecutivos. Los miré, y no los reconocí.
En otro momento habría pensado en aquellos extraños como «civiles», no policías, miembros de la sociedad.
Mi deber era protegerlos. Eran el motivo por el que me levantaba cada mañana, por el que respiraba.
Esos extraños que me rodeaban, los que pasaban por detrás, subiéndose a sus aviones, subiéndose a sus taxis.
Ahora no eran más que personas sin rostro que se cruzaban en mi camino. Y yo ya no era la Harry buena que luchaba por contener su mitad mala. Había perdido la batalla, dentro de mí solo quedaba oscuridad. Un espacio vacío y oscuro, carente de bondad.
Porque en algún lugar, ahí fuera, más allá de toda esa gente, de la terminal y del aeropuerto, me esperaba Regan Banks.
Ahora era mi único objetivo. A partir de ese momento, si seguía respirando, sería por él.
Ya tendría tiempo de llorar la muerte de Sam más tarde, una vez le echara el guante a Regan.
Tenía que encontrarlo, hacerle confesar lo que había hecho, obligarle a exonerar a mi hermano.
Aún no podía dar rienda suelta a las lágrimas, no había tiempo para eso.
Segundo tras segundo se iba alejando de mí. Y no iba a dejarlo escapar.
Ni iba a dejar que lo atraparan mis colegas, ni Whitt ni Tox, porque ellos podían perdonarle la vida.
Iba a ser mío.
Me alejé por entre la multitud. Para cuando Whitt se dio cuenta, ya me había ido. Era demasiado tarde.