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La llamada había llegado solo quince minutos después de que Regan entrara en la clínica.
Sam, el gentil y bonachón de Sam. Por supuesto que había llamado a la policía.
Iba de duro, pero no soportaba que a una inocente veterinaria le robaran las ganancias del día.
Desde luego no podía imaginarse la crueldad desplegada por Regan en el salvaje ataque a la pobre doctora Howes.
Sam no era consciente de la perversidad que anidaba en el interior de Regan, que acechaba tras sus ojos, de la oscuridad que crecía en su interior a la espera de que alguien le diera rienda suelta.
Sam no se enteró de la muerte de la doctora Howes y no supo que su llamada había sido la causa de la detención de Regan. Tampoco supo que este fue a la cárcel solo tres meses después, y que, año tras año, no había dejado de pensar en él.
Solo pensaba en volver a encontrarse con Sam, disfrutando de su vida perfecta.
Su plan no tenía fallos, le había dado vueltas una y otra vez, como tejiendo una fina tela de araña que atraparía a Sam antes incluso de que se diera cuenta de la presencia de aquellos hilos invisibles.
Regan lo siguió y esperó hasta que Sam pasó junto a una de aquellas chicas de belleza perfecta, y luego fue atrapándolas, una tras otra.
A veces estaba tan cerca que tenía la impresión de que Sam iba a girarse y lo vería.
Que oiría los chillidos de la chica. A Rosetta, la última, la había capturado a la salida de un callejón solo unos segundos después de que pasara Sam.
Incluso había podido oler el rastro de su colonia.
Se suponía que Linny sería la última. Con ella había decidido hacer algo diferente.
Llevársela al hotel y ofrecérsela, abierta de piernas, para que la viera en todo su esplendor, convertida en un elemento increíble de su plan.
«Esto es lo que he hecho para ti —habría querido decirle a Sam, los dos frente a la chica agonizante—. Esto es en lo que me has convertido».
Pero Linny se le había escapado en el último momento. En su lugar había cogido a Caitlyn. No importaba, porque ella también serviría. Y de pronto la terrible noticia de que Sam también se le había escapado.
No pasaba nada. Si algo caracterizaba bien a Regan era que sabía adaptarse. Casi disfrutaba cuando las cosas se ponían algo caóticas, cuando se torcían. Ese brinco que le daba el corazón cuando sentía que la alfombra se escurría bajo sus pies.
Ahora había descubierto a Harry. Y los planes que tenía para ella dejarían en nada todo lo que había hecho en el pasado.
El dolor lo sacó de sus ensoñaciones. Pegó el brazo al cuerpo y volvió a agarrar el volante, esperando a que se le pasaran los espasmos. Necesitaba salir de la carretera pronto. Aún no había acabado. Tomó la autopista desierta hacia el oeste y apretó el acelerador.