129
Regan se removió, incómodo, en el asiento del conductor.
La ropa mojada se le pegaba a la tapicería del asiento, y el calor de su cuerpo empañaba los cristales.
Había estado a punto de perder el conocimiento detrás de la estación de servicio, a oscuras, mientras se vendaba las heridas de bala del hombro y del vientre, aplicándose sobre las heridas ensangrentadas trozos de tela que había arrancado de una manta fina que había encontrado en el maletero del coche.
Se había atado tiras de tela en torno al cuerpo, pasándolas por debajo del brazo y por el cuello.
El mareo, el dolor, no importaban. Tenía que alejarse de allí antes de que instalaran puestos de control en la carretera.
Luego se escondería y ya pensaría en curarse las heridas.
Paso a paso. Sobreviviría. Siempre lo hacía.
Escabullirse del policía en el agua había resultado más fácil de lo que se imaginaba.
Había sentido el impacto de las balas y se había dejado caer entre las olas, y con el jaleo, la gente que corría y el movimiento de las luces, simplemente se había escabullido.
Se había sumergido, había superado los bajíos y se había sumergido otra vez, dejando que la corriente lo arrastrara.
El pánico que había sentido al salir del río a rastras en la orilla opuesta a la de la policía le había recordado aquella noche, hace tanto tiempo. La última vez que había visto a Sam.
Era una noche sin estrellas. Las nubes bajas atravesaban el cielo sobre las copas de los pinos negros, reflejando la tenue luz anaranjada de la central eléctrica.
Era casi como si el tiempo se hubiera detenido.
Entonces tenía diecisiete años, más o menos la misma edad que Sam.
Dos bobos adolescentes caminando juntos a oscuras, hablando atropelladamente, explicándose todo lo que había pasado en el tiempo que habían estado separados. Había mucho que contar.
Regan había medido bien sus palabras. No quería que se le escapara nada que no se atrevería a decir en la vida real. «Te quiero, Sam. Te he echado mucho de menos».
Horas antes habían llegado al río, a su lugar favorito.
Habían ido hasta aquel viejo árbol y se habían columpiado en la vieja cuerda atada a una de las ramas.
Regan estaba contentísimo de que Sam hubiera vuelto, aunque solo fuera por esa noche.
A Sam lo iban a trasladar otra vez por haberle robado el coche a su último padre de acogida para irse de paseo por la ciudad.
Lo mandarían a un centro de asistencia en Nowra unas semanas hasta que lo metieran en otro programa de rehabilitación y luego le buscaran otra casa de acogida.
Aunque Sam desaparecería enseguida de la vida de Regan de nuevo, no iba a ser como la última vez.
Iban a mantenerse en contacto porque ahora Sam tenía un teléfono móvil.
Iban a estar juntos. Un año más y tendrían dieciocho.
Quedarían libres de la tutela del Estado.
Podrían ir donde quisieran, libres del todo.
Regan ya había empezado a contar los días.
Fue Sam quien vio la luz aquella noche. Iban paseando por Henry Lawson Drive, y estaban a punto de cruzar un parque y meterse en Revesby Heights.
Regresarían a la casa de acogida de Regan antes de que se dieran cuenta de que se había escapado.
La luz procedía de la puerta de atrás de una pequeña casa de fibrocemento junto a un parque infantil.
Los dos chicos se sentaron en un par de columpios para pasar el rato y charlar, sin pensar demasiado.
—Es un poco tarde para que el veterinario esté trabajando —comentó Sam, exhalando el humo de su cigarrillo.
—Será un conejo con dolor de barriga —dijo Regan, encendiéndose otro y mirando hacia la puerta—. O un canguro al que se le ha cerrado la bolsa.
—Estás como una cabra —le dijo Sam, empujando su columpio con fuerza.
Regan se rio.
—Un veterinario gana mucha pasta.
Los dos chicos siguieron columpiándose, adelante y atrás, haciendo crujir la estructura de hierro. Al final Regan puso los pies en el suelo y frenó el columpio.
—A lo mejor deberíamos entrar —dijo sonriendo, sin dejar de mirar cómo se balanceaba Sam. Se sacó una navaja del bolsillo de atrás y la abrió con un chasquido—. «¡Dame toda la pasta o me cargo al cachorrillo!».
Sam se rio.
—Lo digo en serio —insistió Regan dándole una palmada a su amigo—. Venga, echemos un vistazo.
—Ni hablar. —Sam frenó con los pies—. Nos pillarían.
—¡Qué va!
—Probablemente tengan cámaras. Guardias de seguridad.
—¿Guardias de seguridad? —Regan se rio con ganas—. ¡Es un veterinario, joder! ¿Quién le roba a un veterinario?
—Exacto.
—Exaaaacto. —Regan agarró a Sam del brazo, sintió su bíceps bajo la camisa. Se lo apretó—. El tipo no se lo esperará. Pillamos lo que podamos y nos vamos a la ciudad. ¡Es una idea estupenda!
—Es una idea de mierda —dijo Sam, y luego se bajó del columpio—. No me interesa. Tengo hierba en casa, y alguien se la tiene que fumar.
—Venga, tío, no seas una nenaza.
—Yo no soy ninguna nenaza —le espetó Sam, furioso de pronto—. Tú eres la nenaza, hablando de atracar negocios como si fueras un gánster. ¿Quién narices te crees que eres?
—No sería mi primer atraco.
—Desde luego que sí.
—Ya lo he hecho antes —dijo Regan, y también se puso en pie.
Algo en su interior se agitó bajo su pecho.
Era como si unos dedos le agarraran el corazón y amenazaran con apretárselo.
Había metido la pata y tenía que arreglarlo.
Pero no podía dejar de hablar. La rabia iba en aumento. No podía perder a Sam. Ahora no.
—Tú no me conoces. No sabes nada de mí, tío.
—Lo que tú digas.
Sam echó a caminar. Regan se puso a temblar. Apretó la navaja tan fuerte que los nudillos le restallaron.
—¡Vuelve aquí! —gritó—. ¡Sam!
Este siguió adelante. Regan se estremeció. Casi sentía algo abriéndose en su estómago, pétalo a pétalo, o ala a ala. Sam giró la esquina y se perdió en la noche. El sonido de sus pasos se desvaneció. Regan intentó tragar saliva, pero tenía un nudo en la garganta.
«Nenaza» .
Se acercó a la puerta de la clínica veterinaria. La luz lo envolvió, iluminándole los dedos mientras empujaba la manilla.