Doble cara (Harriet Blue 2) 128
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Hice caso omiso de mi instinto y me fui con el coche patrulla que había tomado prestado hasta el borde de la colina donde se encontraba la chabola de Jed Chatt.

No puede poner la radio del coche. No podía soportar oír las noticias sobre lo ocurrido en Last Chance solo unas horas antes.

Ni Whitt ni Tox respondían a mis llamadas.

En el momento en que salía del pueblo, un par de personas rodeaban a Vicky, que estaba sentada en la ambulancia, echando un trago de agua que alguien le había ofrecido e intentando superar el shock de haber matado a una persona por primera vez.

Yo habría querido decirle algo que la tranquilizara, que había acabado con una vida para salvar otra.

Confesarle que, aunque los recuerdos nunca desaparecen, y a veces los rostros de tus víctimas vuelven a visitarte en plena noche, el dolor acaba desapareciendo con el tiempo.

Yo ya había matado a gente, y no era lo peor con lo que tenía que lidiar cada día.

Pero en lugar de eso, había dejado a Vicky allí sentada, al cuidado de un paramédico.

Lo superaría. Era más fuerte que yo. Tampoco me había despedido de Kash, que casi de inmediato había ido corriendo a evacuar a todo el que aún permaneciera en su casa para luego intentar localizar el artefacto escondido por Bella.

Sus planes no habían salido muy bien. Su padre había sido su última víctima.

Mientras cargaba el coche con mis pertenencias, uno de los vecinos de Snale me hizo saber que, efectivamente, Kash y los otros agentes habían encontrado un artefacto explosivo bajo una casa en un extremo de la ciudad.

La bomba estaba situada justo debajo de la cama del niño más pequeño de la casa, bajo los tablones del suelo.

Sabía que Kash se encargaría del asunto.

A mí me quedaba un solo tema por resolver, y luego me volvería a casa.

Era mi Día Cero. Por fin podría ver a mi hermano.

Mientras subía los escalones del porche de casa de Jed, sentí cómo me latían las sienes. Supuse que estaría poniéndome enferma. Vaya suerte la mía, haber pillado algo justo ahora que iba a reemprender la lucha por la vida de mi hermano. Llamé a la puerta y una voz dijo que entrara.

La cabaña de Jed había progresado en su transformación para convertirse en una casa familiar.

Me fijé en el mantel sobre la mesa, junto a la ventana, en la pared pintada de negro.

Él estaba sentado al otro extremo de la mesa, sin camisa, con un pantalón de pijama cubriéndole las largas piernas.

Los músculos de los hombros se tensaron visiblemente bajo su piel dorada al enroscar la tapa de un bote de cola.

Tenía un juguete de madera delante, apoyado en una hoja de periódico.

Un patito pintado con un ala recién pegada.

El bebé no estaba por ahí. Era demasiado temprano. Dejé la pepita sobre la mesa con cuidado, para no hacer demasiado ruido. Sabía que un bebé que duerme es un tesoro que hay que salvaguardar.

Jed habló en voz baja.

—¿Qué es eso? —dijo mirando el pedazo de mineral.

—Es una pepita de diez gramos de oro sólido.

El extremo de la ceja izquierda le tembló un momento. Aparte de eso, no mostró ninguna emoción. Volví a coger la pepita y me la quedé mirando, la froté para limpiarle el polvo y le mostré el color amarillo mostaza del metal.

—Hay mucho más —dije—. Anoche, Jace Robit y Damien Ponch murieron en una emboscada intentando sacar el resto.

Encontraron un filón de oro en una cueva a las afueras de Last Chance Valley, y se han pasado meses extrayendo el metal en secreto y almacenándolo.

Dos de sus amigos han sobrevivido a la emboscada.

La policía los ha detenido y ahora están en comisaría interrogándolos.

Calculan que habrán sacado unos dos millones y medio de dólares en oro en los últimos meses.

Pensaban fugarse con el botín, empezar de cero en otro país, una vida nueva.

Jed se quedó pensando. Oímos cómo se movía el bebé en la habitación de al lado. Al cabo de unos segundos, volvió a hacerse el silencio.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —preguntó.

—La cueva está en un terreno que el Gobierno devolvió a tu familia. Es decir, hasta el último gramo del oro extraído te pertenece legalmente.

Le dejé la pepita delante. Se la quedó mirando, con los labios sellados.

—¿Dos millones y medio de dólares? —preguntó por fin.

—Es un hallazgo extraordinario —dije yo—. Totalmente insólito. Probablemente haya más en la zona en la que estaban excavando. Yo no sé de esas cosas. Vendrá a verte un agente, y te dirá qué pasará a continuación.

—¿Y qué se supone que tengo que hacer?

—No tengo ni idea —respondí, y luego me dirigí hacia la puerta—.

Vende la tierra a una empresa minera. Quédatela y extrae el oro tú mismo.

Hazte rico, compra todo el pueblo y redúcelo a cenizas.

Cómprale a tu sobrina su propio bufete de abogados.

O mete de nuevo en la tierra todo el oro que encontraron en la cueva y sigue viviendo tal como vives ahora.

—Me reí mientras me encogía de hombros—. No lo sé.

Jed ya se había olvidado del oro que tenía sobre la mesa. Me miraba a mí, parada en la puerta. Yo me había quedado paralizada. Algo me decía que si me quedaba ahí, en el umbral, en el ambiente fresco de la casa de aquel hombre, todo iría bien. Aquel era un lugar seguro.

Jed se puso en pie, y su expresión hizo que mi conflicto interior se hiciera aún más evidente. Parecía triste al verme marchar.

—No tienes buen aspecto —dijo—. Entra y siéntate.

—No puedo —respondí—. Tengo que irme.

El bebé se puso a llorar en la habitación contigua, pero no le hicimos caso. Nos quedamos mirándonos, ambos queriendo hablar, pero no había nada más que decir. Yo ya había tomado una decisión, quizá equivocada.

Me giré y me fui.