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Me quedé todo lo inmóvil que pude, con la mejilla pegada a los tablones del suelo.
Me dolía todo el cuerpo. Tenía el pie de Bella junto a la cara, la tira brillante de su zapato suelta, los tendones del tobillo relajados.
Me giré y vi el teléfono en su mano inerte, con el pulgar aún sobre el botón.
No lo había apretado. El estallido que había oído venía de más arriba, mucho más arriba.
Levanté la vista hasta la barandilla del segundo piso, donde estaba la agente Victoria Snale, con los brazos apoyados en el pasamanos de madera pulida y entre las manos un rifle humeante con el que había disparado un solo proyectil, directo a la cabeza de Bella.
Me puse de rodillas, intentando centrarme. Tenía la impresión de que el suelo se movía bajo mis pies. Kash ya estaba ahí, quitándole el teléfono de entre los dedos a Bella. Lo puso a un lado y se giró hacia mí. Me intentó arrancar la cinta de las muñecas.
—Quítame esto —le imploré—. Quítame esto.
Alguien le pasó unas tijeras y consiguió introducirlas entre mi cuello sudado y las tiras de cinta americana que me apretaban la oreja. Apartó la bomba de la garganta y se la entregó a alguien. Oí que Vicky lloraba. Levanté la cabeza y vi a un joven agente que le quitaba el rifle de las manos.
—La he matado —dijo Snale entre sollozos—. No había matado nunca a nadie.
—Está bien —le decía el agente mientras le agarraba la mano y se la llevaba escaleras abajo—. Todo ha acabado ya.
Me quedé sentada en el escenario junto al cuerpo de Bella, aturdida, y vi a la gente que me rodeaba, sin saber muy bien qué hacer, algunos colgados de los hombros de otros, y más allá, otros parándose justo antes de la puerta para abrazarse.
En las películas habría sido el momento del estallido de alegría generalizada, de alguna frase medio en broma que rompiera la tensión y diera paso a los títulos de crédito, mientras la cámara recorría el pueblo y la imagen se fundía con la de la noche.
Pero a mí el miedo seguía atenazándome los hombros.
No encontraba la fuerza necesaria para moverme.
Kash pareció darse cuenta y se sentó a mi lado, apoyándome una mano en la nuca con delicadeza.
—¿Crees que puedes levantarte?
—Tengo que hacerlo —dije agarrándome de su hombro. Él me rodeó el cuerpo con el brazo y me puso en pie—. Necesito salir de aquí.
—¿Qué? —dijo Kash—. ¿Ahora mismo?
Asentí y dejé que me ayudara a llegar hasta la puerta. Algo en mi interior me decía que aquello distaba mucho de estar resuelto.